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El jardinero de los Mellizos de Minnesota quiere inspirar a la juventud de Puerto Rico

Guayama. - El 2017 fue un año grande para el béisbol puertorriqueño en el plano colectivo e individual, y entre los peloteros que sonríen al mirar hacia atrás figura el jardinero guayamés Eddie Rosario.

En su tercera temporada en las Mayores, Rosario se consagró superando sus marcas personales en casi todos los renglones ofensivos, incluyendo promedio de bateo (.290), jonrones (27) y empujadas (78).

Es por esto que, al igual que los demás peloteros de la nueva cepa de estrellas boricuas en las Grandes Ligas, Rosario llegará a los entrenamientos primaverales, que iniciarán esta semana, con altas expectativas de cara a la temporada 2018.

Y para añadirle a esas expectativas para la venidera temporada, el veloz jardinero será uno de cinco boricuas que jugará ante su público cuando sus Mellizos de Minnesota se midan a los Indios de Cleveland en una serie de dos partidos el 17 y 18 de abril en el estadio Hiram Bithorn de San Juan.

Durante una reciente visita que hizo a su natal Guayama en sus vacaciones, Rosario, quien reside en el estado de Florida, conversó con El Nuevo Día sobre sus expectativas para este año, a la vez que repasó sus inicios en el béisbol.

La pasada temporada fue brillante para varios boricuas. ¿Cuánto significó para ti la actuación que tuviste?

—Anhelaba tanto una temporada como la que tuve. Y gracias a esa temporada, después del huracán, mi familia se mantuvo fuerte. La familia se puso a ver el juego de playoffs (duelo de wild cards entre Minnesota y los Yankees de Nueva York) en un sitio que era el único abierto aquí en Guayama, y también es de la familia. Ese negocio se llama “El Manicomio”. Yo estaba tranquilo porque sabía que le iba a traer felicidad a las personas que estaban aquí. Y más con el jonrón que di. Estaban tristes, no había agua, no había luz… se tenían que ayudar para poner un plato de comida. Ese momento de felicidad, de mi éxito, es lo más que ellos anhelaban. Siempre se lo gozan cada momento, y yo me lo gozo al saber que los hago felices a ellos.

¿Piensas que ya convenciste a la gerencia de que te tienes que quedar en el equipo grande y no estar subiéndote y bajándote de las ligas menores?

—Ese era el deseo; demostrar al equipo que yo sí pertenezco a ese nivel. Ahora mi carrera se va a mantener más larga por la confianza que ya tengo, la confianza que me dio el equipo.

¿Hay confianza de parte de la gerencia?

—Sí. Ellos me admiran mucho en el sentido de que si ellos necesitan a alguien en un momento clave, ellos quieren que yo esté ahí. Dicen que soy el hombre que no tiene miedo, que no se paniquea. Puede estar el parque cayéndose y me vas a ver a mí tranquilo, como si nada estuviera pasando.

Fue un solo juego de playoffs ante los Yankees. Es obvio que te quedaste con las ganas de seguir jugando en octubre...

—El que me conoce sabe que no soy conformista. Puedo tener todo en la mano y no... Más aquí, que como sabes, la gente en Puerto Rico es o de los Yankees o de Boston. Y yo siempre me crié en un ambiente que era antiyankees, así que tenía esa motivación. Ya he estado en lo del Clásico Mundial, con dos medallas de plata en representación de Puerto Rico, pero no había sentido unos playoffs de Grandes Ligas, que es donde muchos peloteros no llegan. Algunos tienen 20 años de carrera y ni cerca llegan. Yo me sentía privilegiado con eso. Lo que hice fue disfrutar.

Jugaste en Puerto Rico en 2013 una ronda del Clásico. ¿Cómo piensas que comparará con los juegos en la isla representando a tu equipo de Minnesota?

—De ese Clásico tengo un flashback que nunca se me va a olvidar. Hay una jugada aquí mismo en el Hiram Bithorn contra Venezuela… El juego estaba por una o dos carreras, nosotros adelante. (Marco) Scutaro da un fly contra la pared, yo voy corriendo, cojo la bola y choco contra la pared. El grito de la fanaticada que salió en ese momento: ‘wuuaaaaaaaaaaaa’, eso nunca se me va a olvidar en la vida. Fue tan fuerte, que el parque tembló. Ese es uno de los momentos más bonitos que tengo de mis recuerdos de Puerto Rico. Pero jugar un juego de Grandes Ligas en Puerto Rico es lo que quisieran muchos peloteros.

El momento para esos juegos de Minnesota en la isla parece el mejor, por la presencia tuya, de José Berríos y de Kennys Vargas.

—De verdad que sí. Antes tú mencionabas los Twins y nadie tenía idea. Ahora la fanaticada sabe de los Twins por nosotros (los boricuas). Yo mismo me sorprendí, pero pienso que es una oportunidad buena para demostrarle a los niños y a la juventud quién es uno, que vean de dónde salió uno, y ellos van a ver que sí se puede.

La actualidad que vive la franquicia de Minnesota es grande después de esa clasificación en a la postemporada en el 2017. ¿Cómo se vivió entre los jugadores?

—Yo cambié mucho al equipo mentalmente. (La gerencia) No nos hacían sentir como de Grandes Ligas. Nos hacían sentir como novatos todavía. Yo trataba de hablarle a los latinos. Como quien dice, era el cabecilla. El equipo se había dado por derrotado a mitad de temporada. Nosotros mismos hicimos un meeting y dijimos, ‘vamos a meter mano y hacerle ver a esta gente (la gerencia) que nosotros podemos y no estamos eliminados’. Y yo creo que los mismos jefes nos dieron la fuerza de demostrarle a ellos mismos que nosotros sí podíamos, que tenían que confiar en nosotros los peloteros jóvenes.

Cuando llegaste a Grandes Ligas en 2015, y jugaste en playoffs en 2017, ¿recordaste tus años en los parques de Guayama?

—Sí. Yo he tenido mis tropiezos. No se me ha hecho fácil el camino. Antes de que yo saliera de aquí, los scouts no llegaban acá a Guayama. La gente jugaba pelota por diversión. Nadie tenía en su mente un sueño de que iba a llegar a Grandes Ligas. Y mis papás me llevaban a Caguas para que mi talento se viera. Creo que gracias a eso es que pude salir de aquí de Guayama. Mucha gente me veía como talento de Grandes Ligas, pero no lo creían. Pero yo siempre lo creí; siempre creí en mí. Nunca fui negativo y nunca me quité. Aquí en Guayama yo le cambio la mente a las personas. Les enseño que sí se puede. Yo tenía dos caminos; el camino malo o el bueno. El camino bueno era la pelota y decidí irme por el camino bueno. Y gracias a Dios todo ha salido bien, como uno esperaba.

¿Tenías algún otro pasatiempo cuando crecías en el barrio?

—Jugaba pelota con mi hermano, Kevin Rosario. Él fue la clave de que los dos nos desarrolláramos juntos, y él fue mi competencia. Me enseñó a ser el mejor, pero no a humillar a tu compañero ni a tu amigo. Yo jugaba ahí, en el patio. Hacíamos de cada lado un parque de pelota. Mi abuelo, que en paz descanse, se molestaba porque él tenía una guagua pública, y cada vez que jugábamos pelota, decía que le íbamos a romper un cristal con la bola. Jugué baloncesto también, y pienso que eso fue lo que me desarrolló mi estatura, agilidad y velocidad.

¿Qué sientes cuando vuelves a tus raíces en Guayama?

—Cada vez que llego aquí me da felicidad, ya que este es mi pueblo, mi hogar, es donde siempre quiero estar. Allá puedo tener de todo, pero aquí es que tengo los momentos felices, donde comparto. Hay a veces que uno tiene de todo pero no se llena; no tiene lo que uno está buscando. Y aquí en Guayama con la familia y las amistades, uno lo que encuentra son buenos momentos. Aquí siento la felicidad.


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