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Con la franquicia de San Juan, Edgar Martínez conquistó cuatro campeonatos y un título de bateo. (GFR Media)

Edgar Martínez lució con el madero en todos los niveles que participó durante su carrera como pelotero profesional.

Sin embargo, sepa usted que en los comienzos de su trayectoria en la liga invernal puertorriqueña, Martínez confrontó problemas para realizar ajustes ofensivos mientras militaba con los Metros de San Juan.

Fueron unos primeros pasos irregulares en la carrera de un pelotero que el próximo martes podría ser seleccionado para formar parte del Salón de la Fama del béisbol.

No fue hasta su quinta campaña con los Metros que Martínez comenzó hacerse justicia con el madero luego de promediar .227 en la temporada 1984-85, .207 en el 85-86; .102 en el 1986-87 y .170 en el 1987-88.

“Hubo un tiempo que me busqué un lío con el difunto Che Condé (gerente general) porque Edgar estaba bateando punto bicicleta (término beisbolero que se refiere a un promedio muy bajo)”, recordó Mako Oliveras, quien dirigía a los Metros para entonces.

El dueño de la novena para esa época era Ernesto Díaz González.

“Se molestaron conmigo y me preguntaba por qué lo seguía jugando. Yo les dije: ‘porque yo soy el que hace la alineación aquí’”.

Oliveras, considerado uno de los mejores mánagers del béisbol invernal, fue la primera persona que dirigió a Martínez en la liga local. La insistencia de Oliveras en mantener en juego a Martínez tenía su base.

El doradeño venía de ganar el título de bateo en la Liga de la Costa del Pacífico con la novena de Calgary —filial Triple A de la organización de los Marineros de Seattle— en el 1985 con un robusto promedio de .353.

Incluso su producción en las Menores desde que debutó en el 1983 siempre fue de manera ascendente.

“Querían que lo sentara y yo dije que no... que iba a seguir jugando. Al otro año bateó sobre .400”, agregó Oliveras.

Martínez no vio acción en la isla en la campaña del 1988-89, pero en la temporada siguiente se destapó, por fin, ante su gente.

Finalizó con promedio de .424 con tres jonrones y 25 remolcadas para ayudar a los Metros a conquistar el cetro nacional, el segundo en seis temporadas. Martínez compartió el premio de Más Valioso con su compañero Carlos Baerga. Fue la primera de dos ocasiones que Martínez promedió sobre los .400. Lo hizo en la campaña del 1993-94, pero no cualificó por los turnos.

“Nadie pensó que sería el bateador que fue. Aquí empezó a dar trasas de eso”, prosiguió Oliveras.

El hoy retirado dirigente tuvo muchos motivos para pensar que Martínez se convertiría pronto en un jugador de Grandes Ligas. Su trabajo como mánager de la novena de Edmonton (Triple A) le dio otra oportunidad de seguir la carrera del próximo miembro del Salón de la Fama.

“No es que sabía, pero me lo olía. Proyectaba que era un buen bateador. Yo lo veía jugar en en Triple A. Yo estaba en Edmonton (dirigiendo) y él estaba en Calgary. Yo me preguntaba: ‘¿cómo a este tipo todavía no lo han subido?’”

Buenas manos

Oliveras indicó que desde los inicios de su carrera, Martínez demostró grandes aptitudes defensivas, las que obligaron al dirigente a apodarlo “Mano Santa”.

“Defensivamente le decía ‘Mano Santa’. Nunca lo vi hacer un tiro malo a primera base. Nunca lo vi fallar. Era buenísimo en tercera base. Era un tipo que jugaba la pelota sin mucho alarde, ecuánime. Ahora todo el mundo tira el bate; Edgar era lo contrario. Se mantenía siempre en la misma raya. Nunca demostraba emociones. Era disciplinado hasta el cielo”, apuntó Oliveras sobre Martínez, quien por problemas en las rodillas no pudo seguir desempeñándose en la antesala.

Martínez tuvo su primera oportunidad en las Mayores en el 1987, pero fue en el 1989 cuando subió de forma definitiva iniciando una gloriosa carrera con los Marineros que se extendió hasta su retiro en el 2004.

“No pensaba que sería un Salón de la Fama. Pero ofensiva y defensivamente era de lo mejor. Era tan bueno como Brooks Robinson”, sostuvo Oliveras, recordando al otrora antesalista de Baltimore y miembro del Salón de la Fama.

“Me siento sumamente orgulloso que ese chamaquito que comenzó conmigo en el béisbol profesional y está ahora a las puertas de donde todo el mundo quiere llegar, y son pocos los que llegan. Definitivamente él debió estar mucho antes. Se le hizo justicia y estoy orgulloso que ese muchacho de Maguayo con el que primero jugó en Puerto Rico fue conmigo. Me lleno la boca de eso”, concluyó Oliveras.


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