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Lo único enteramente negativo que se puede decir de “América”, la adaptación cinematográfica de la novela de Esmeralda Santiago que estrena hoy, es que es un drama social enteramente necesario.  El que tenga alguna duda de esto, está ciego a los titulares que a menudo retratan la violencia doméstica constante que hay hacia la mujer puertorriqueña.

Pero claro está, el peso social de la violencia y las mejores intenciones no llevan a lograr un buen filme, pero afortunadamente éste no es el caso de “América”.

El largometraje de Isla Films es una producción íntegra, de entera efectividad, que se destaca por evadir sermones y panfletos sobre varios temas relevantes a la sociedad puertorriqueña moderna. La fusión de todo esto, junto con la calidad del trabajo actoral y técnico, le entrega al público una experiencia cinematográfica completa.

El filme representa una evolución cinematográfica para las tres mujeres que han protegido la producción con su talento: la productora Frances Lausell, la directora Sonia Fritz y la actriz protagónica Lymari Nadal (“Ladrones y mentirosos”, “American Gangster”). 

Para Lausell, una de la pocas productoras que tiene el privilegio de constantemente enfrentar el reto de hacer el cine puertorriqueño, el filme demuestra que las lecciones aprendidas con sus producciones previas (“Manuela y Manuel”, “Miente”) no han pasado desapercibidas  y el peso total de todos los aspectos del filme es un tributo a sus esfuerzos.

Para Fritz, la película es un brinco de años luz de sus varios esfuerzos como directora (“El beso que me diste”), algo que logra con sus excelentes colaboraciones con el elenco y todos los jefes de departamento en especial Willie Berríos (director de Fotografía), Mailara Santana (Diseño de Producción) y Daniel Hamuy (Compositor de la Partitura Musical). El canvas visual y emocional de su dirección protege y eleva la temática de la cinta.

Y el eje dramático de todo esto es el trabajo excepcional de Lymari Nadal. Después de haber registrado notablemente con su trabajo en “Ladrones y mentirosos” y haberse codeado con Ridley Scott y Denzel Washington, en un rol que se limitó sólo a su presencia escénica; la actriz toma el rol titular de este filme para demostrar que puede asumir el peso de un papel protagónico y que posee el tipo de talento natural para las cámaras que no se puede enseñar en ningún sitio. La delicadeza de su actuación le hace justicia a cualquier persona que haya quedado sometida a cualquier tipo de atropello.

Lo peculiar de esta producción es que todo este talento ha sido vertido sobre una historia cuya escala dramática es limitada y aún así se siente como una experiencia emocional completa.

El filme comienza mostrando la rutina cotidiana de la protagonista, que alterna entre tener dolores de cabeza por las aventuras románticas de su hija adolescente y tener dolor físico mucho más fuerte cuando su pareja no queda satisfecha con sus acciones.

Aunque el guión no especifica cuánto tiempo lleva América atrapada en esta situación, las cosas escalan lo suficiente como para que ésta decida escapar de Vieques hacia Nueva York. Una vez allí, la protagonista hace todo lo posible por construir una vida que le permita convivir en paz con su hija.

Aunque la cinta toca una temática que es relevante ahora, la producción tiene ecos cinematográficos de los filmes que durante la época de oro del cine de Hollywood convirtieron a actrices como Bette Davis, Greta Garbo, Joan Crawford y Katherine Hepburn en estrellas. Cierto es que estos dramas sociales lentamente se fueron diluyendo en el tipo de producción que luego fue catalogado como melodrama y que en el panorama moderno abrió los pasos para las telenovelas y las “películas de Lifetime”. 

Aunque  no es una producción perfecta, el ritmo del filme tropieza en el clímax y la resolución de la historia, es un verdadero triunfo que la película y el talento que carga no pueda ser minimizada con estas etiquetas fáciles y unidimensionales.
 
 


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