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A continuación un Vidas Únicas del tenor publicado el 9 de julio de 2009:

Con cara de niño, complexión delgada, cinco pies con cinco pulgadas de estatura y 23 años, Carlos Aponte despista a cualquiera; nadie sospecharía que cuenta con casi una década de experiencia profesional como tenor. Ni siquiera el metal de su voz lo delata cuando arranca a hablar sobre su precoz aventura musical a los 16 años con la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico.

“Yo canto desde los tres años”, revela el santurcino, mientras recuerda que sus primeros juguetes fueron micrófonos, en los que balbuceaba cánticos aprendidos en la Parroquia Resurrección del Señor en Río Piedras. “Ya yo sentía que iba a ser cantante”.

Pese a que no hay músicos en su familia, el primogénito de padre boricua y madre costarricense aprendió de sus parientes a apreciar salsas, baladas y rancheras, aunque fue su abuela paterna quien introdujo a Aponte a la ópera. Ambos escuchaban las producciones de “Los Tres Tenores”, que unían a Luciano Pavarotti, José Carreras y Plácido Domingo.

“La primera canción que escuché cantada por un tenor fue ‘Granada’, por Plácido Domingo”, rememora Carlos, que, de niño, nunca imaginó que su destino final sería interpretar música clásica. Pero ahí lo llevó su empeño en ingresar a la Escuela Libre de Música. Tan claro era su objetivo de desarrollarse como cantante que confiesa haber salido mal a propósito en los exámenes de admisión a otros planteles especializados.

Aponte logró entrar a la Libre de Música a los 12 años, pero no resultó ser como esperaba. “Yo creí que iba a cantar música popular, pop, balada y aprender a bailar. Cuando llegué y me dieron una partitura con texto en italiano, yo dije: ‘¿En qué me metí? ¡Qué hice!’”, cuenta el joven, que entonces no tenía ni idea de leer música.

El choque entre sus expectativas y la realidad fue brutal, pero no minó su pasión por el escenario. Durante una estadía en Costa Rica, le insistió tanto a sus tías que quería cantar, que lo llevaron a un restaurante. “Había un concurso de karaoke esa noche y con la canción que gané fue con ‘Granada’. Me gané una botella de ron, a los 12 años”, narra entre risas. “La botella la recibió mi tía, pero la abrí a los 17 años. Guillaíto dije: ‘Voy a probar mi premio’”.

Ya en undécimo grado, luego de haber pulido sus destrezas y participado en una audición, cantó con la Orquesta Sinfónica, bajo la batuta de Roselín Pabón, en el Centro de Bellas Artes de Santurce. “El primer ensayo y ese primer concierto fueron cruciales”, expresa Carlos, que tenía 16 años. “Al sentir esa ola de sonido y sentimiento que me arropaba: me sentía tan pequeño y a la vez tan grande. No lo podía creer”. La emoción que lo invadió al interpretar el “Villancico yaucano”, “Granada” y “O sole mio” le hizo encaminarse decididamente hacia la música clásica.

Esta presentación le abrió las puertas a más recitales, óperas y conciertos en Borinquen, Estados Unidos y Costa Rica. Otras oportunidades llegaron de forma inesperada, como cuando sustituyó en 2005 al tenor Antonio Barasorda en el espectáculo “Bomba sinfónica”, de William Cepeda. “Como Barasorda canceló el día antes del concierto, William me llamó a las 10:00 a.m. y preguntó: ‘¿Carlos, puedes venir a la 1:00 p.m. a casa a aprenderte la pieza? A las 5:00 p.m. es el ensayo con la orquesta y a las 7:00 p.m. es el ‘performance’ en Bellas Artes’”, cuenta Carlos, quien aceptó enseguida. “Nunca he tenido miedo a tirarme esas maromas”.

Tampoco teme hacer cambios drásticos en su vida, como cuando decidió no terminar el bachillerato en el Conservatorio de Música en 2007, donde había ingresado tres años antes, para estudiar comunicaciones en la Universidad del Sagrado Corazón. Dejó el Conservatorio “por rebelde, porque ya había cantado con la Sinfónica, con coros de ópera y para el presidente de Costa Rica, Oscar Arias”. Agrega que “siempre buscaba más y sentía que me estaba estancando. Quería experimentar otras cosas”.

Una llamada que hizo a este diario para anunciar su participación en un recital lo hizo decidirse por las relaciones públicas. El editor que atendió a Carlos le dijo que publicaría la información de la actividad si le enviaba un comunicado. “Yo le envié algo más o menos, y cuando llamé para saber si lo había recibido, él me dijo: ‘No, esto no es un comunicado’. Tuve que llamar a los organizadores del recital para que lo hicieran porque yo no sabía”, recuerda respecto al momento en que se dio cuenta de que debía aprender a promocionarse correctamente si quería triunfar como artista.

Actualmente, Carlos combina su trabajo como relacionista público de una galería de arte con participaciones en recitales, conciertos, bodas y cocteles. En su tiempo libre “janguea” en la Placita de Santurce y lo mismo escucha a la soprano María Callas que a los rockeros Enanitos Verdes.

A la vez continúa puliendo una potente voz que, aunque parece no combinar con su imagen juvenil, podría llevarlo tan lejos como el mayor de sus sueños.


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