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Ganador del Certamen de Cuentos de El Nuevo Dia (horizontal-x3)
El cuento, escrito por el estudiante de Producción y Mercadeo para la radio, capturó la atención del jurado por el manejo del suspenso (Tony Zayas)

Con su cuento “Cuatro estaciones”, el joven Andrew Merz Díaz se alzó como el ganador del Certamen de Cuentos de El Nuevo Día el pasado miércoles.

El cuento, escrito por el estudiante de Producción y Mercadeo para la radio, capturó la atención del jurado por el manejo del suspenso, la magia de la cotidianidad y el buen uso de la alternancia entre lo vivido y lo que se pretende vivir.

Publicamos íntegro el escrito ganador: 

Cuatro estaciones

Por Andrew Merz

La probabilidad de que seas tú quien dé el primer paso es de una en un par de millones. 

Es una ilusión pensar que la muchacha bonita en el asiento frente al mío en el tren vaya a tomar la 

iniciativa y hablarme. Peor aún es pensar que existe alguna posibilidad de que me encuentre 

atractivo. Quizás si la miro, si consigo que nuestros ojos se encuentren una que otra vez, entienda 

la indirecta. Después de todo, ese es el lenguaje de las mujeres: las indirectas. Tal vez, entonces, 

me lea la mente, vea lo intrigado que me tiene, sonría y decida cambiarse de asiento; decida dar 

el primer paso hacia descubrir que la timidez se me va cuando me siento cómodo. Puedo ser 

divertido si me conoces; a veces hasta interesante, si te esfuerzas. Por supuesto, no vas a recibir 

mis señales si ni siquiera me has mirado... 

Faltan cuatro estaciones para la última parada. Cuatro estaciones que me quedan para 

asumir valentía y hablarte –asumiendo que no te vas a bajar antes de tiempo. Rayos, espero que 

no.  

En la primera estación, me di cuenta de lo hermoso que es tu pelo rojizo, y que, 

combinado con tu cárdigan color esmeralda, pareces un adornito de Navidad. Sí, sí… es raro este 

tipo de analogía, lo sé, pero es lo primero que me viene a la cabeza. Hasta su textura –como tejida 

a mano por tu abuelita, (aunque es más probable que la hayas comprado en una de esas 

megatiendas que están de moda ahora)– me recuerda al frío placentero del invierno. Te imagino 

como una persona que pasa las navidades en el campo. (Tienes cara de chica de ciudad, pero 

también un no sé qué que me dice que tu familia viene del campo). Ya te veo acercándote a la 

mesa donde está la comida, quitándole la tapa de papel de aluminio al arroz con gandules y 

sirviéndote dos cucharones, acompañados con una doble porción de lechón. Todo esto mientras 

los vecinos en la fiesta se preguntan: ¿Cómo rayos come tanto y se mantiene tan flaca? Y me 

imagino yo, a tu lado, preguntándome lo mismo, tratando de descifrar el misterio. No el de cómo 

mantienes tu cuerpo después de unadieta navideña intensa, sino el de qué te fascina, qué 

requisitos tengo que cumplir para hacerte feliz. ¿Qué cosas te hacen pensar, qué te inquieta, qué 

te intriga...? Tantas cosas que me gustaría saber de ti. Por cierto, ahí desde tu asiento opuesto al 

mío, no me dices nada. 

El conductor del tren anuncia que nos acercamos a la próxima parada y enseguida 

despierto de mi pequeña fantasía. El tiempo corre y no estoy listo. Solo se me ocurre pedirle al 

cielo que no te bajes aquí. Necesito más tiempo. 

Me preocupa que no puedo dejar de mirarte. El tren se detiene poco a poco en la segunda 

estación y no te he soltado de mi vista. Debería mirar hacia otro lado, pero no puedo, y me 

avergüenzo de mí mismo por sentir temor de perder a alguien que ni conozco, alguien que no me 

ha dirigido ni la mirada. Ya me daba cuenta de lo incómodo que sería si levantaras la vista y te 

encontraras con mi mirada acosadora, pero no me diste tiempo de desviar la vista. Nuestros ojos 

se encontraron por primera vez. Las mariposas en mi estómago sintieron mariposas en sus 

estómagos, y me obligué a bajar la vista y fingir que escribía un mensaje en el celular. Me 

imagino que sabes que te he estado mirando todo este tiempo, y me siento como la persona más 

estúpida en este vagón; en todo el tren, probablemente.  

Las puertas se abren, gente sale y gente entra, y yo sigo escribiéndole a nadie, con la 

mirada fija en el celular. No me atrevo ni a invitarte a mi visión periférica. “Precaución, 

cerrando puertas”, anuncian las bocinas, y no es hasta que oigo que se cierran por completo que 

me atrevo a alzar la vista. Sigues aquí, veo tus zapatos. Nervioso, muevo mi vista hasta tu rostro 

y nuevamente nos encontramos. Esta vez sonreíste. Me sonreíste. Te sonrío enseñando la menor 

dentadura posible –todo lo contrario a ti. El tren continúa su marcha y me doy cuenta de que solo 

tengo dos paradas más. En ese momento me percato de las personas que entraron al tren. Entre 

ellas hay un viejo con varios ramos de rosas, que va de asiento en asiento ofreciendo su 

mercancía. Por alguna razón la sonrisa sigue en mi rostro. Una alegría inexplicable florece en mi

corazón como las rosas que vende el don. Quiero comprarle una, ir donde ti con ella en mano y 

hablarte, pero no. O sí, pero sin la rosa. Eso sería muy raro.  

Muy bien, decidido. Me voy a presentar (sin la rosa).  

Ya mismo. 

No es hasta que llegamos a la tercera estación que me percato de que no he hecho nada 

desde la última parada hasta acá, embobado por el regalo de tu sonrisa y traído de vuelta a la 

realidad por el sonido de las puertas al abrirse. Aún no me he atrevido a hablarte. Veo que el 

viejo de las rosas se baja para abordar el tren al otro lado de la plataforma, probablemente porque 

allá hay más gente.  

Volteo a tu asiento y sigues ahí, tan impresionante como hace unas cuantas estaciones, con tu pelo candente como el sol y tus pecas como arena al pie del mar de tus ojos. Y mi

determinación, como las olas, viene y va. En momentos creo que estoy decidido en llegar a ti y 

sonreírte, extender mi mano y revelarte mi nombre, y de paso conocer el tuyo, pero ese ímpetu se 

desvanece como la espuma.  

Solo queda una estación y ya no tengo la falsa confianza que siente uno cuando deja algo 

para última hora. No sé cómo el yo del pasado –de dos estaciones atrás– confió en el yo de dos 

estaciones adelante para que tomara acción. Ahora siento más temor que nunca.  

El tren emprende su marcha hacia la última estación. Es ahora o nunca. (Pienso en todas 

las veces en que tuve estas dos opciones y escogí la segunda.) No puedo darme el lujo de un 

arrepentimiento más. Lo voy a hacer.  

Alzo mi rostro y te miro, pero solo hasta que me percato de que también me miras. 

Aparto la vista hacia el mapa al lado de la ventana y, cuando siento que estoy a salvo, te vuelvo a 

mirar. Ahora veo que haces rápido inventario de tus cosas, preparándote para salir cuando el tren se 

detenga, y te imito. Nuestro tren entra al túnel hacia la última estación, donde sé por experiencia 

el tiempo que toma desde la entrada del túnel hasta que se detiene: unos doce segundos, lo que 

significa que me quedan menos de diez.  

Nueve. Ocho. 

Me levanto de mi asiento y ya estás de pie.  

Cinco. Cuatro. El tren ya redujo su velocidad casi por completo.  

Dos. Uno. Ya estás frente a las puertas cuando se abren, y yo a unos pasos detrás. Esta es 

mi última oportunidad y siento más nervios que nunca.  

Cero.  

Sales del tren e inmediatamente te diriges a la derecha. Mi resolución de hablarte es como 

una hoja caduca a punto de desprenderse de su árbol, mis nervios como brisa de otoño. Salgo y 

me volteo hacia la izquierda, caminando hacia la salida opuesta y aceptando que no me atreveré 

a acercarme a ti. Con cada paso que doy me alejo más, te pierdo más. El tren que desbordamos 

juntos siguió hacia adelante y ya nada nos une. No quiero mirar atrás. No me consideré lo 

suficientemente valiente para acercarme. ¿Y si me rechazabas? Pensándolo mejor, no importa; el 

no hacer el acercamiento fue un rechazo automático. Tonto que soy, ya es muy tarde para 

epifanías. O quizás no. 

Me toma más energía de lo usual voltearme hacia donde estás. Aunque estás lejos, todavía te veo.


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