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Cuando tenía 21 años presenció el parto de su mejor amiga, quien dio a luz en su casa asistida por parteras. El bebé llegó al mundo en el agua al compás de los cánticos de los monjes tibetanos, contenidos en un CD, y en aquel ambiente espiritualmente poderoso fue testigo de uno de los milagros más antiguos de la historia: traer vida al mundo. Allí supo al instante que eso era lo que quería hacer con su vida. Quería ser partera. Doce años después, Vanessa Caldari ya ha asistido alrededor de 200 partos.

Antes de aquel día que marcó su vida, Caldari estudiaba baile en California, pero siempre tuvo la inquietud de que quería hacer algo más con su destino. Sentía que necesitaba desarrollarse íntimamente y hacer algo para la comunidad. Y descubrió que ambas cosas las podía lograr como partera. “El parto es la práctica más espiritual que hay”, asegura.

Y en su primera experiencia como aprendiz primaria, Caldari lo confirmó. Usó su intuición y puso en práctica todo lo aprendido durante sus estudios y de sus años como aprendiz de parteras experimentadas. “Me fui en el viaje de conectar con el ser divino de la mamá y ella parió superbien, hasta sin dolor”, cuenta. Tan agradecida estaba aquella madre que de nombre le puso a su bebita Vanessa.

Así, Caldari descubrió la gratificación de servir a los demás. Pero para poder lograr esto ha trabajado también en conseguir su propia paz interior. Ha aprendido a manejar su diario vivir con tranquilidad y a estar preparada en todo momento para cuando uno de los nacimientos que espera se den. Además, estudió enfermería, está haciendo la maestría en salud pública y asegura que será estudiante toda la vida porque nunca se para de aprender.

Y si a Caldari le quedaba alguna duda de que su misión vital era ser partera, con la experiencia que vivió durante su propio parto hace 8 años la misma se aclaró. Luego de largas horas de alumbramiento, que las sintió como días casi, Caldari se vio forzada a abandonar su hogar donde esperaba su bebé pues surgieron complicaciones y quería asegurarse de que todo saliera bien. Poseedora de la experiencia, se tuvo que encomendar a otras manos que le hicieron sentir impotente y vivir una experiencia desagradable en el hospital, según cuenta. Recibió trato deficiente del médico, sus peticiones no fueron respetadas, tuvo la impresión de que hasta se burlaron de ella y de que no le tenían consideración.

Más aún, mientras el bebé estuvo bajo observación no le permitieron quedarse junto a él para lactarlo y tuvo que dormir en su carro en el estacionamiento del hospital para poder ir a alimentar al niño cada 3 horas. “A los profesionales de salud le falta tacto emocional. La partera se especializa precisamente en eso porque la medicina tiene que tener todos los componentes: cuerpo, mente y alma”, asegura.

Tras esta frustrante vivencia, pensó en todas aquellas madres que viven estas situaciones en los hospitales, desprovistas de información, de conocimiento sobre sus derechos como mujeres y con la idea de que el parto es una experiencia dolorosa y traumatizante en ocasiones. Esto le motivó a fundar una organización sin fines de lucro y le llamó Mujeres Ayudando a Madres (MAM). Este nuevo proyecto se convirtió en su nueva misión de vida, con el que espera educar a las mujeres de todas las clases sociales sobre la humanización del parto.

Con MAM y como partera, persigue el objetivo filosófico de que un parto humanizado hace a las familias crecer y puede cambiar el paradigma de vida de un niño para siempre. “Uno está sembrando semillitas para mermar los otros problemas sociales, pues se logra que la mujer se apodere de la experiencia del parto y que la familia se envuelva. Y según algunas teorías esto puede ir mermando rasgos de violencia en el niño”, dice.

Entre los partos que ha asistido, uno de los que se le han quedado más grabados fue el de su hermana, que se dio en una casa de playa en la Poza de las Mujeres en Manatí, lugar que se piensa era lugar de encuentro entre las parteras de antaño. En aquel sitio lleno de misticismo, mientras recibía a un nuevo miembro de su propia familia, sintió el espíritu de su padre fallecido. “Al sentirlo allí presente, hice la conexión entre la vida y la muerte. Me hizo falta su presencia y lloré”, recuerda.

Luego de tantos sucesos enriquecedores y piedras en el camino, ahora se enfoca en educar a otras mujeres con su organización. En estos meses está en espera de cuatro criaturas preparadas para llegar al mundo y Caldari será una de las primeras que les dará la bienvenida. No obstante, mientras asiste a otras madres en sus partos, también ansía volver a estar encinta otra vez. “Quiero tener otro bebé y seguir una vida llena de luz. Para eso vine a este mundo, para ayudar a la gente”, concluye.


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