Nota de archivo: Este contenido fue publicado hace más de 90 días

Los que pasaron por el salón de clases de Luis Hernández Cruz quizás, más que aprender a pintar, lo que tomaron fueron lecciones de cómo vivir. Se educaron en observar las decenas de tonos de un color, en escuchar los sentimientos de la música de Sibelius, en releer con otros ojos a Baudelaire, en mirar el firmamento y ver una pintura abstracta, y en imaginar un mundo después de la inmensidad del mar. 

Transitar por el universo con intensidad, crear a raudales y contagiar su entusiasmo por cada cosa que le rodea es para él tan natural como respirar. Todo esto, unido a cuatro décadas de una sólida trayectoria artística, le ha añadido una línea más a su vasto currículum. 

Hoy, a las 5:30 p.m., durante su Trigésima Novena Colación de Grados que se llevará a cabo en el patio del Cuartel de Ballajá, la Escuela de Artes Plásticas (EAP) lo reconoce con un Doctorado Honoris Causa, por su labor como profesor y artista. Desde su fundación, la Escuela ha honrado a José Alicea, Lorenzo Homar, Julio Rosado del Valle, Rafael Tufiño y Augusto Marín. 

“No ando buscando honores, pero para mí tiene mucho significado esta distinción, porque fui del grupo inicial de profesores de la Escuela, entre los que se encontraban Arnaldo Mas, Río Rey y Lorenzo Homar. En ese momento, también trabajaba con Ricardo Alegría en el Instituto de Cultura Puertorriqueña”, rememora el pintor, quien obtuvo un bachillerato en Artes de la Universidad de Puerto Rico en 1959 y una maestría en Artes Plásticas de la American University en Washington, D. C. 

“Eso fue como para 1968. Enseñé de todo: teoría del color, pintura básica… y, aunque también di clases en la Universidad de Puerto Rico, estuve vinculado a la Escuela por más de 15 años”.

Antes de trabajar en la EAP, Hernández Cruz fungió como profesor de Humanidades de la Facultad de Estudios Generales de la UPR (1961-1963) y presidió la sección de Artes Plásticas del Ateneo Puertorriqueño (1966-1971). 

En 1969 regresó a la UPR, donde permaneció hasta su retiro del magisterio en 1993. Durante el transcurso de esos años desempeñó distintos cargos en el recinto riopedrense, entre ellos el de profesor de Bellas Artes de la Facultad de Humanidades, profesor del Departamento de Artes Plásticas, y director interino tanto del Museo de Antropología, Historia y Arte (MAHA) como del Departamento de Artes Plásticas. En 1995, abandonó el retiro por cinco años para dirigir el MAHA. 

“La labor académica la puede hacer cualquiera, pero cuando uno va más allá de impartir una clase y lo que haces es influenciar, es otra historia. En mis cursos acentuaba el vocabulario del siglo XX, la abstracción. Casi toda la generación de abstractos conoció el movimiento en mis clases. Y aunque los discípulos se convierten en espíritus independientes, ya que crean sus propios discursos, es el ambiente del salón donde se les presenta lo nuevo”.

Hernández Cruz se queda pensativo unos minutos, toma unos sorbos de whiskyy continúa.  

“Este reconocimiento también es bien importante porque es una consagración para el arte en Puerto Rico, ya que reconoce el arte abstracto”.  

Como uno de los pioneros de la abstracción en la Isla, su labor no solo se evidenció en su cátedra y en su obra, sino en la creación del Grupo Frente (1977) y del Primer Congreso de Artistas Abstractos (1981).

Retomando la figuración

La mayoría de sus discípulos reconocen en él a un artista incansable. Admiran su capacidad de trabajo y su espíritu inquieto e ingenuo, que no cesa de estudiar, investigar y maravillarse.

Por todo eso, conversar con Hernández Cruz es entregarse a una vorágine de sensaciones. Es un arte en sí. Normalmente, sus pensamientos surgen a borbotones y cambia de un tema a otro con gran facilidad, sin olvidar el que dejó en el tintero, que a la menor provocación retoma.  

Entonces interrumpe nuestra plática sobre el magisterio para decir con contagioso entusiasmo: “Tienes que ver lo nuevo. Estoy pintando a todo lo que da”,  mientras nos abre la puerta de su estudio, donde cohabitan una lluvia de intensos colores y figuras en atrevidas acciones.

Su más reciente obra conjuga la figuración con una geometría influenciada por el arte pop, que sugiere varias lecturas. Dependiendo de la distancia y el ángulo en que se mire, se descubre una nueva pintura. A través de un plano de miles de coloridos cuadrados de ½ pulgada por ½ pulgada, se percibe la figura de una mujer desnuda.

“Mírala desde acá, ¿ves? Nunca sé lo que va a salir. Pinto el fondo figurativo, pero cuando pinto los cuadritos es una sorpresa. Parece que los nuevos movimientos me han hecho retomar la figuración, pero íntimamente ligada a un diseño abstracto”. 

A sus años, la modestia no forma parte ni de su vocabulario ni de su vida. Y si vamos a ver no tiene por qué serlo. Sus casi 50 exposiciones individuales y sus más de 100 colectivas, reconocidas local e internacionalmente, le otorgan ese privilegio. 

“Fui una influencia en la juventud, al ser el primero en traer y cultivar la modernidad aquí. Olga Albizu comenzó la labor y la continuó Rosado del Valle, pero ninguno enseñó. Cultivarla es otra cosa y convertirse en el maestro de ella es más aún. Más peso tiene si la respaldas con una obra artística seria, continua, de búsqueda profunda, en la que has trabajado en diversidad de medios y con cantidad de materiales”.

Su éxito combina mucho de talento y disciplina. “Donde menos te lo imaginas tienes una experiencia estética. Pero para ello tienes que viajar y viajar, observando todo lo que se te presente. Soy como una esponja, capto y me llevo lo que descubro”, dice.  

Ya está intranquilo. Su mirada nos dice basta de preguntas. Así que ahí lo dejamos, solo, navegando en ese bello mundo que ha creado en el que reina el arte, la buena música, la infinita lectura, el verdor de sus bonsáis, la mejor conversación interna y, sobre todo, ese fluir de pensamientos que pronto pasarán de lo abstracto a lo concreto. 


💬Ver 0 comentarios