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Con su apoyo al arte, Tony Bechara se ha labrado un nombre en instituciones de Nueva York. (horizontal-x3)
Con su apoyo al arte, Tony Bechara se ha labrado un nombre en instituciones de Nueva York. (GFR Media)

Nueva York - Las libretas, como las de Tony Bechara, revelan secretos. En el estudio de este artista en Manhattan, Nueva York, las libretas muestran filas de brochazos rojos y negros: son los colores que el artista eligió para sus cuadros.

Como parte de su proceso, Bechara crea un ‘grid’ o cuadrícula con cinta adhesiva. Con esa cinta, él construye sus cuadros. Bechara dice que su proceso es “muy compulsivo”, pero agarrándose simultáneamente al azar.

“Uno no sabe muy bien qué va a pasar porque no solamente estoy trabajando uno a uno (los espacios). Pero en la próxima etapa hay que quitar esta cinta y cubrir la parte que he pintado. Estoy pintando a ciegas porque lo que está debajo del ‘tape’, no lo veo”, explica del proceso en el que quita y pone la cinta adhesiva mientras aplica color. Así sigue hasta que cubre el lienzo.

El azar es parte de esa conversación creativa. “Durante el proceso el cuadro se empieza a revelar, se va pintando y me sugiere cuál debe ser el próximo paso”, dice este sanjuanero radicado en Nueva York con una trayectoria de cuatro décadas.

Una de sus obras que hizo entre guiños de azar y una visión de danza, la pintura sobre madera “Bayadère”, (1982) ha servido de tema para la vigésimo primera gala anual del Museo de Arte de Puerto Rico (MAPR) que se efectuará el sábado, 2 de junio y lleva por lema “Sé parte del lienzo”.

A través de su producción, Bechara ha seguido las posibilidades del arte abstracto y la geometría. Su bagaje incluye filosofía, economía y leyes, y es en Nueva York, adonde llegó en los setenta, que ha cultivado su arte.

“Es difícil y caro vivir aquí (Nueva York)”, reconoce, “es complicada la vida, especialmente para los artistas. Pero para ese diálogo con uno mismo y otros artistas, todavía el mejor lugar es aquí”.

Con su apoyo al arte, Bechara también se ha labrado un nombre en instituciones de la ciudad y fue una figura instrumental para que la artista Carmen Herrera, nacida en 1915 en Cuba, tuviera en 2016 una exhibición en el Whitney.

Bechara no solo es miembro de la junta directiva del Museo del Barrio sino que tiene el título de director emérito de este cuerpo que dirigió durante 15 años.

“Mi compromiso es total. Ayudo en todo lo que pueda, dando de mi trabajo, de mi conocimiento, de mi dinero”, comenta de esa institución que representa un “barrio” cada vez más global.

Para Bechara, el Museo del Barrio es fundamental en Nueva York, especialmente ahora, “en un momento súper interesante para manifestar las culturas latinas y latinoamericanas, la puertorriqueña y las del Caribe”.

Aparte de su compromiso con el museo, Bechara pertenece a la junta del Brooklyn Academy of Music (BAM) y Studio in a School, una organización que promueve el arte en escuelas públicas de la ciudad.

“Siempre he pensado que como artista no me considero un ‘enfant terrible’, un bohemio que vive pintando y cortándome la oreja como Van Gogh. A mí me interesa participar en actividades sociales y tener una perspectiva comunitaria”.

Bechara espera ir a la gala del MAPR y en su vuelta a la isla, ver a su familia. Tras el huracán María, la realidad de Puerto Rico le pesa.

“Después de esa tragedia estoy decepcionado que Puerto Rico no haya tenido su propia preparación para poder manejar un incidente de tal escala, por lo menos para mantener la luz prendida”, afirma.

Pese a la tristeza que le provocan las secuelas de María, Bechara dice admirar el carácter puertorriqueño y su manera de enfrentar esa nueva realidad con optimismo.

El “accidente divino”

Acercándose a sus cuadros en las paredes, Bechara cuenta que trabaja actualmente entre cuadros negros, rojos y magentas.

Si bien muchos trabajos de Bechara representan una suerte de fiesta de colores y brillantez, su obra plástica se ha vuelto más monocromática, corriente que en 2008 se recogió en la exhibición “Minima Visibilia”, en el MAPR.

Pero junto a sus pinturas más recientes -entre ellas una con una veintena de tonalidades de negro con toques azules y púrpura- en una esquina están un broche, un collar y una pulsera, entre otras joyas. Esas piezas resultan de su colaboración de hace unos años con el diseñador español Chus Burés.

Otro de sus experimentos más recientes es el de repensar la cinta adhesiva que ha acompañado su faena. En lugar de botar ese ‘tape’ lleno de color con el que ha construido sus piezas, Bechara ha compuesto cuadros con esas sobras. Todavía no las ha exhibido pero comenta que hay coleccionistas que quieren adquirir esas piezas.

Bechara saltó de la pintura figurativa, eligió lo abstracto, un puntillismo moderno, la pixelación y dejarse fascinar por todo lo que ama del arte.

Su cuerpo de trabajo también guarda relación con el deseo de no perder la capacidad de sorprenderse. Buscar el “accidente divino”, precisamente, es otro de los motores de su producción.

“Lo mismo en la ciencia como en el arte se progresa casi siempre por un desvío accidental”, dice al evocar los orígenes de la penicilina.

“Siempre estoy en búsqueda de ese descubrimiento accidental. Los descubrimientos accidentales tienen que ser reproducibles si no, se quedan como accidentes. Pero si tienes un proceso estricto y lo sigues y se te revela algo accidental, sabes cómo reproducirlo”, afirma acerca de ese momento eureka.

Sus nuevas obras compuestas de ‘tape’ están encerradas en cajas de acrílico que preservan el proceso del cuadro. Quizás sean, dice, un “accidente divino”. Son piezas que representan, a su entender, el proceso, el alboroto y el caos, contraponiéndose a la nitidez y la precisión de sus anteriores piezas.

“La idea de repetir y repetir lo que uno sabe hacer no es para ser artista, es para hacer otra cosa: fabricante. Y uno siempre está buscando el ‘how to push the edge’”, finaliza aludiendo al que ha sido su trayecto, entre certezas y experimentos.


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