How to Feed a Dictator, Witold Szablowski. Londres: Penguin Books, 2020. (Suministrada)

En este recuento de las preferencias y costumbres alimentarias de cinco dictadores del siglo 20 -Saddam Hussein, Idi Amin, Enver Hoxha, Fidel Castro y Pol Pot- los seis cocineros entrevistados (dos en el caso de Fidel Castro) nos acercan a la intimidad doméstica de los gobernantes, mostrándonos sus excentricidades. Los cinco tiranos persiguieron y mataron a muchos de sus adversarios, pero para sus cocineros, todos menos uno fueron jefes benignos y agradecidos. La excepción fue Enver Hoxha, quien mantuvo sojuzgada a Albania bajo un régimen estalinista durante 41 años, de 1944 a 1985.

El autor es un periodista polaco que a lo largo de varios años viajó a los países de los dictadores para entrevistar no solo a sus cocineros sino también a numerosas personas que proveyeron el contexto histórico del momento. El libro consiste, pues, de testimonios puestos en contexto. Su organización es original: como un menú, se divide en desayuno (por el cocinero de Saddam Hussein); almuerzo (por el de Idi Amin); comida (por el de Enver Hoxha); cena por los de Fidel Castro y postre a cargo de la cocinera de Pol Pot, quien también provee las cuatro “meriendas” intercaladas.

El más terrible de los dictadores, Idi Amin Dada, gobernó férreamente a Uganda de 1971 a 1979 y mató entre 100,000 y 500,000 ugandeses. Ayudante de Milton Obote, Primer Ministro de Uganda tras la independencia del país en 1962, dio un golpe de estado en 1971 y asumió la presidencia. Aún hoy se recuerda su crueldad y se habla de que comía carne humana. ¿Era cierto?, le preguntaron a su cocinero, Otonde Odera, a quien apreciaba al punto de regalarle un Mercedes. Tras una pausa, Odera respondió: “nunca lo vi hacerlo”. Tampoco vio en las cocinas del dictador carne alguna de origen desconocido. Reconoció, sin embargo, que Idi Amin se encerraba solo por largo rato con los cadáveres de sus enemigos.

Abu Ali, el cocinero de Saddam Hussein, quien gobernó represivamente a Irak entre 1979 y 2003 y cuyas fuerzas de seguridad mataron a unos 250,000 iraquíes, lo describe como un hombre jovial, allegado a su familia y a su ciudad, Tikrit. Podía ser generoso si le gustaba la comida, pero castigaba al cocinero cuando no le gustaba o estaba de mal humor, obligándolo a devolver el importe de los alimentos.

Enver Hoxha fue el más desagradable de los cinco dictadores y el más problemático para su cocinero, a quien obligaba a hacer una auto-crítica diaria junto con los otros empleados de palacio. Hoxha no podía ingerir más de 1,500 calorías al día, con lo cual Mr. K. (no quiso dar su nombre) debía ser muy creativo. La hermana del dictador le enseñó a cocinar como lo hacía la madre de ambos, con lo cual salvó su vida y, posiblemente -dada la cantidad de personas que Hoxha mandó a matar- salvó muchas más al suavizar el talante del dictador.

Fidel Castro fue, al parecer, todo lo contrario: poco exigente y dispuesto a comer lo que hubiera. Se había acostumbrado, en la Sierra Maestra, a cocinarse, sobre todo espaguetis. Allí empezó a cocinarle el miliciano Erasmo Hernández. Luego lo haría también Flores, entrevistado cuando ya sufría de demencia por lo que no aportó mucha información. Erasmo contó, sin embargo, muchas historias sobre el Comandante: la ira de su propia madre cuando nacionalizó la finca de su padre; su fascinación con la vaca Ubre Blanca por su alto rendimiento de leche y sus platos favoritos, el lechón asado y el mantecado.

El recuento más extraño de todos, es el de Pol Pot, líder de Camboya de 1963 a 1997, a cuyo marxismo-leninismo rígido y doctrinario se atribuye el genocidio que acabó con una cuarta parte de sus compatriotas. Yong Moeun, su joven cocinera, lo describe, sin embargo, como una persona amable, suave, complaciente, a quien llamaban “Hermano Pouk” (que significa colchón, porque tenía fama de calmar a todo el mundo). Lo sirve con entusiasmo y gratitud e incluso deja entrever que estaba enamorada de él (a pesar de que ambos estaban casados con otras personas).

Gran parte de la fascinación del libro es el recuento de los métodos y trucos culinarios de los chefs. También interesan sus vidas. Su oficio, después de todo, podía ser muy peligroso, dada la sospecha perenne de que podían envenenar a sus jefes.