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Aparte de sus proyectos individuales, Danilo Pérez recorre el mundo como integrante del Wayne Shorter Quartet. (Archivo/ GFR Media)

Entrevistar a Danilo Pérez es una experiencia sin igual. Las extraordinarias vivencias que han marcado su carrera, la sencillez con la que las relata, su alegría contagiosa y su generosidad convencen a su interlocutor de que la conversación podría durar largas horas, sin decaer en ningún momento.

Natural de la zona de Monte Oscuro, en Pueblo Nuevo, Ciudad de Panamá y residente de Boston –la mayor parte del año- y Quincy, Massachussetts, Pérez ha vivido su vida a cabalidad. A sus 52 años, no solo se ha establecido como uno de los pianistas de jazz más importantes del momento, integrando durante 16 años el cuarteto de Wayne Shorter, uno de los genios del género, sino que ha hecho mucho más.

Ha dejado una profunda huella social en su tierra, con el triple esfuerzo de un festival, una Fundación que lleva su nombre y un club de jazz, todos dedicados a la educación y el rescate de los jóvenes de escasos recursos. También le ha dado un nuevo nivel de proyección a las músicas folklóricas del mundo, al crear el Instituto Global de Jazz en Berklee College of Music, donde no solo se enseñan los instrumentos tradicionales como el piano o el saxofón, sino otros menos usuales como el ud griego, el arpa –y el cuatro puertorriqueño.

En entrevista con El Nuevo Día, Pérez –a quien se le dedica la edición de 2017 del Puerto Rico Heineken Jazz Fest, del 23 al 26 de marzo- habló sobre los orígenes de su iniciativa social, sus experiencias con Wayne Shorter, sus grabaciones más celebradas y el músico que más admira entre todos los que ha conocido, y que es boricua.

Orígenes del “Movimiento”

Aunque nunca consideró seriamente dedicarse a una profesión que no fuera en la música, Pérez estudió Electrónica para complacer a su madre, quien estaba preocupada porque tuviera una carrera “formal”. Pero desde muy pequeño había sido influenciado por su padre, quien “siempre estaba en una línea muy creativa” y, como educador, utilizaba la música en su currículo de enseñanza.

“Lo que he aprendido es a unificar todo lo que hago, encontrarle un propósito”, dice. “Wayne Shorter me dijo una vez, ‘Danilo, debes componer y escribir música como quieres que el mundo sea. No hay razón para que no lo hagas. La música es un reflejo de lo que uno quiere en la vida’. Mi padre también me decía, ‘uno tiene que trabajar en lo que uno sueña’ y servir a los demás. Para mí es un todo. Encuentro inspiración en cada una (de sus facetas, como músico, educador y activista social). Para mí son como reportes que uno se entrega a sí mismo”.

“Una de las razones para establecer la Fundación fue darle formalidad al trabajo que venía haciendo desde que me fui de Panamá en 1984, que me había prometido compartir con mis compatriotas, en lo relacionado al acceso a una buena educación”, relata Pérez. “Comenzamos de manera informal con un proyecto que se llamó Jamboree. Fue una locura colectiva en la que me ayudaron mi padre y otras personas. El primer año fue muy difícil, vimos que no alcanzaba para cubrir las pérdidas que vendrían”. Incluso llegó a temer que perdería el apartamento que había comprado junto con su esposa Patricia.

Pero no cedió en sus esfuerzos y con el tiempo, el Jamboree se transformó en el Festival. “Y cuando nos dimos cuenta de que el Festival era un medio para darle continuidad a las actividades educativas, hicimos la Fundación. Todo es como un movimiento, básicamente”.

“El tema nunca fue hacer un negocio, sino un evento que beneficiara a mi gente. Esa ha sido siempre la dinámica, tener una plataforma educativa y creativa de primer mundo. Resulta lindo, viene gente de toda América Latina y hay una inclusión social maravillosa, gente pudiente, gente de escasos recursos, se unen a compartir juntos y con grandes artistas. No hay nada que cambie más a la gente que tener un tú a tú con grandes artistas. Herbie Hancock me lo comentó una vez, al decirme ‘este festival le ha dado otro significado a la palabra ‘jazz’, has logrado que la gente lo relacione con la palabra ‘calidad’”. En el evento no solo se ofrece música, sino también clases de baile, de pintura y terapias musicales, en las que la esposa de Pérez es especialista.

La última fase del “movimiento” fue establecer el club de jazz. “Nos dimos cuenta de que, después de que se preparaban tan bien, no había lugares donde los jóvenes pudieran desarrollar lo que habían aprendido. Por eso nos metimos en el tema del club, para dar oportunidades y a la vez generar salario. Se completa así el ciclo. Sus vidas cambian radicalmente. Tenemos casos extremos de muchachos que vienen de lugares dominados por pandillas y se han salvado a través de la música”.

“Yo veo un gran porvenir en la nueva red que se va a formar en Latinoamérica”, manifiesta Pérez. “Hemos estado trabajando en la República Dominicana y Chile, donde están usando nuestro modelo”.

“Panamonk” y sus discos más celebrados

Cuando salió en 1996, el disco “Panamonk”, en el que Pérez une los ritmos folklóricos panameños con la música de Thelonious Monk, fue elogiado por la crítica como una de las mejores grabaciones de jazz existentes. El pianista recuerda la experiencia con mucho cariño, más aún con el reciente fallecimiento, el pasado 13 de marzo, de Tommy Lipuma, el productor del mismo.

“Esa experiencia de trabajar con él fue maravillosa”, afirma. “Me dijo ‘vamos a hacer un disco espontáneo’. Para aquel entonces, estaba trabajando en una gira con Wynton Marsalis en la que tocábamos la música de Monk. Sentí esa música como algo bien sincopado, como si fuera un tremendo son montuno o un tamborito panameño. Los mejores trabajos que he hecho los hice con Tommy Lipuma, quien también me conectó con (el legendario arreglista) Claus Ogerman”.

Posteriormente, en grabaciones como “Motherland”, “Providencia” y “Panamá 500”, el pianista extendió su concepto de fusiones musicales.

“En el tema ‘Panama Blues’, de ‘Motherland’, empecé a trabajar la combinación del blues con el folclor. Era una búsqueda concreta de tradiciones folklóricas latinoamericanas con el jazz. Quise reencontrar esa conexión que existe y es clarísima. Yo lo llamo ‘la nueva Latinoamérica’, aquella del que se muda a Estados Unidos pero no olvida sus raíces y se reencuentra. Es algo orgánico y único en su forma”.

El músico que más admira

“Hay una lista larga, pero siempre lo digo, vivo agradecido de la persona que me conectó con el jazz”, expresa Pérez con evidente alegría. “Un día mi padre y yo vimos a la Sonora Ponceña y nos quedamos con la boca abierta cuando oímos a Papo Lucca. No puedo expresar esa sensación. A los 6 años mi padre me había hecho transcribir el solo de ‘Ñañaracaí’. Empecé a aprender frases de él, luego de Bud Powell y Bill Evans, así como del panameño Víctor Boa, que mezclaba el jazz con el son”.

Asegura haber aprendido de todas las leyendas con las que ha tocado o compartido, tales como Dizzy Gillespie, Roy Haynes, Herbie Hancock y McCoy Tyner, entre muchos otros. “Yo soy bien abierto y global. (El vocalista) Jon Hendricks me hizo un curso avanzado de la historia del jazz y de Paquito D’Rivera aprendí la importancia de conocer los estilos latinoamericanos y de que suene orgánica la mezcla”.

Experiencia con Wayne Shorter

Formar parte del cuarteto de Wayne Shorter, a quien muchos consideran el último genio del saxofón de jazz, ha sido una de las experiencias capitales en la vida del músico panameño, no solo en términos musicales sino de visión de vida.

“Ha sido una bendición, eso es claro”, dice Pérez. “Una de las grandes lecciones la tuve tan pronto me uní al grupo (que completan John Patitucci en bajo y Brian Blade en batería). Cuando entro estaba esperando una rutina normal, viendo qué tema íbamos a ensayar. Ahí llegó la primera sorpresa. ‘No se puede ensayar lo desconocido’, me dijo Wayne. Yo me dije, ‘What?!’ Me quedé asustado y terminé agotadísimo la primera presentación. La mayoría del público se fue. Fue un choque, nunca había tenido una experiencia así en mi vida. No había nada preparado, fue alucinante. En la próxima presentación, en (el festival de jazz de) Newport, seguía asustado”.

Poco a poco, sin embargo, fue comprendiendo con Shorter que lo importante no es el aplauso, sino la experiencia, “estar preparado para lo desconocido. Fue un crecimiento para mí, el poder darme cuenta de todo de lo que humanamente tenía que estar pendiente. En cierto sentido, me reconectó con mi padre”.

“Wayne me decía, ‘estás preocupado por la música, cuando lo que tienes que hacer es ser valiente y acumular historia en tu vida. Tienes que vivir, para tener más historias que contar’”.

Las enseñanzas de Shorter vinieron a cristalizar en una ocasión en la que el cuarteto estaba haciendo una presentación en Dinamarca, en la que había una machina o carrusel de caballitos junto a la tarima en que estaban tocando. “Él me había dicho, ‘no toques la música, toca tu vida’. Y en ese momento se me ocurrió que yo quería tocar los caballitos. Empecé a hacer unos acordes extraños, fuertes, en el piano y Wayne me miró sonriente y me dijo ‘Yes! Por primera vez lo has logrado’”.

“Todas esas enseñanzas vienen de su base budista, que le hace a uno preguntarse qué está haciendo aquí” en la vida. “Ahora hay entre nosotros un sentimiento familiar, como si él fuese un padre o hermano”.

El Jazzfest

Pérez luce muy entusiasmado con su presentación el próximo sábado 25 de marzo en el Puerto Rico Heineken Jazzfest, en Bahía Urbana, para la cual lo acompañarán varios de sus amigos puertorriqueños.

“Son gente que ha tenido impacto en mi vida”, subraya el músico, “como Danny Rivera, que es mi cantante favorito. Lo acompañé cuando tenía 14 años en Panamá. Fue una experiencia maravillosa, a la que le debo mucho de mi decisión de seguir con la música. También estará David Sánchez, con quien tenemos mucha historia, pues venimos del movimiento de los 90 juntos. Todo lo que está pasando hoy, David y yo estuvimos en la vanguardia. También Miguel Zenón, quien fue estudiante mío y es parte de la extensión de este movimiento”. Ben Street estará en el bajo, Nate Winn en batería y Román Díaz en la conga, así como su esposa Patricia Pérez como vocalista. “Voy a presentar un par de cosas nuevas, esto va a ser súper arriesgado”, comenta.

Posteriormente, una multitud de proyectos lo ocupará durante el resto del año y más allá: una grabación con una big band, otra con cantantes y una tercera con su trío; una gira titulada “Panamonk revisitado”; un concierto a tres pianos, junto con Marcus Roberts y Chucho Valdés; y varias presentaciones con el cuarteto de Wayne Shorter.

“Pero, ¿sabes qué?”, concluye el músico riendo, “me siento súper inspirado para los próximos cuatro años (con la elección de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos). Ahora es que los inmigrantes y los latinos vamos a probar quiénes somos, más que nunca. Voy a hacer música con sabor a curry y a falafel, y a todas esas especias”.


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