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A mediados de los 90, cuando aquí y afuera salían bandas de rock en español hasta de debajo de la piedras, Tito Auger, el líder de Fiel a la Vega, que para aquel entonces asomaba cabeza por primera vez, analizaba el panorama más o menos en estos términos: “Los que van a sobrevivir son los que escriban canciones con sentido”.

La profecía cristalizó el sábado en la noche. Dieciocho años después de su debut, y cuando llevaban por lo menos diez años en un silencio casi absoluto, Fiel a la Vega logró reunir en Bahía Urbana en San Juan a unos 5,500 “fieles” que corearon a voz en cuello cada una de sus canciones, en un impresionante recital de más de tres horas de duración que demostró que es verdad eso de que las canciones con sentido son las que mantienen su lustre a pesar del paso del tiempo.

Es que la fuerza de Fiel a la Vega está en las canciones. O sea, esta banda no es producto de laboratorio ni sus miembros son unos bonitillos que bailan a lo Chayanne, ni tuvo nunca a su favor un operativo de relaciones públicas y que, salvo por un corto periodo, tampoco contó con el respaldo de una disquera multinacional.

Lo único que tiene Fiel a la Vega es lo único que debería importar: las canciones. Y a Fiel a la Vega eso le sobra. Y le sobra porque Auger es un letrista excepcional, un poeta de pies a cabeza que sabe tocar la fibra más íntima de su audiencia y produce ramilletes de imágenes poderosas como un mago saca conejos de un sombrero; porque Ricky Laureano es un guitarrista de raza cuyos solos, barnizados siempre en sentimiento, no tienen nada que envidiarle a ningún rockero clásico y porque los hermanos Jorge y Pedro Arraiza constituyen una sección rítmica bien aceitada que hace brillar el genio de los otros dos.

En fin, que Fiel a la Vega es una banda pura y genuina, cuyo cimiento no es otro que el talento de cuatro panas que un día decidieron juntarse para hacer música para sí mismos y se toparon, tal vez para su propia sorpresa, con que a otros también le gustaba. Esa banda sin pretensiones fue la que se presentó, y cautivó como si no hubiera pasado un día desde que guardaron silencio. Llegaron caminando a la tarima en sus t-shirts y mahones, sin fuegos artificiales ni piruetas de ninguna índole, y simplemente se pusieron a tocar.

Y le siguieron más de tres horas de entrega tras entrega de esas canciones fenomenales que, como guiadas por un algoritmo, van tocando todo lo que inquieta al que lo escucha: la lucha personal por probarse a uno mismo; la pasión invencible por la patria maltratada; la polarización y algo también de las relaciones sentimentales, aunque de manera absolutamente distante de los clichés y sentimentalismos que tanto abundan en la música de hoy y de siempre.

Así, el sábado en la noche se oyeron con fuerza, entre muchas otras, “La prosperidad” y su crítica a nuestra idea de progreso; “Al frente” y su mirada a la polarización en que vivimos; “El panal” y su relato de la interminable lucha obrera; “Una plegaria más”, con la que se identifica todo el que ha soñado con algo que parece imposible y las enternecedoras “Encontrarte es una historia que hoy deberían publicar” y “Elipsis de una fuga”, que fue una de las mejor recibidas en la noche.

Momentos especiales hubo muchos, pero estos que le siguen, quizás, más que otros: “Banderas” y el bello solo de armónica de Auger; “Cositas así”, que tiene esa línea estremecedora que dice “toma el oro, déjame al alba”; “Septiembre / Río Piedras”,  y su “cada cual trae sus razones revisadas por Dios”; “Salimos de aquí”, casi un himno de la generación de Fiel a la Vega; el clásico de clásicos, “El Wanabí”, otra canción que le habla al oído a los que sueñan con lo que le dicen que es imposible y el inolvidable grito de “!Esto es un carjacking!” con el que empieza “Los superhéroes”, esa aguda crítica a la mentalidad del colonizado.

El público coreó hasta el cansancio. Y es que cada canción de Fiel a la Vega hace que cada cual sienta que se le habla especialmente a él o a ella sobre todo lo importante en la vida, en especial de ese fervor patriótico que los boricuas tenemos latiéndonos bien hondo y que, por nuestras desgraciadas circunstancias históricas, no siempre nos atrevemos a manifestar.

Fueron, en fin, más de tres horas de intensas emociones a las que no le sobró ni un instante. Tanto así, que la banda terminó, ya desmontaban los instrumentos y algunos seguían frente a la tarima esperando más. De hecho, por mucho rato el ambiente quedó impregnando de hambre de Fiel a la Vega. De hambre de más y de hambre de pronto.


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