Meechot Marrero es una de nuestras cantantes líricas más destacadas.

Meechot Marrero es menuda, delgada, juvenil y en pocos minutos de conversación revela -con gestos y comentarios- su personalidad divertida. Difícil imaginar de qué manera se engrandece cuando empieza a entonar melodías en cualquier idioma, llenando el espacio de un sentimiento profundo. Pero a eso se dedica Meechot. Es soprano y usa ese poderoso instrumento que lleva dentro de su cuerpo pequeño para capturar la atención de quien escucha. 

Criada entre Corozal y San Juan, hija de una pareja de maestros -ella de ciencias y él de música- educada en el Coro de Niños de San Juan y en el Conservatorio de Música de Puerto Rico, hasta que llegó becada a la Universidad de Yale para hacer su maestría en canto, esta puertorriqueña de 29 años es hoy una de nuestras cantantes líricas más destacadas. 

Hace tres años, sin saber alemán, empacó sus cosas para aceptar un puesto en una de las casas de ópera más prestigiosas del mundo: la Ópera Alemana de Berlín (Deutsche Oper Berlin). 

Aunque le fascina vivir en Europa y su trabajo es un sueño hecho realidad, Marrero extraña Puerto Rico a rabiar. Por eso estos días está feliz. Visitó la isla para participar del concierto inaugural de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico, que conmemora en esta jornada sus seis décadas de fundada. 

El repertorio que cantó la soprano quedó compuesto por varias de las piezas más importantes del musical “West Side Story”  y forman parte del homenaje al músico y compositor Leonard Bernstein, figura clave en el desarrollo de la música de los últimos 50 años.  

 “Es una participación sumamente especial porque voy a compartir el escenario con Joel Prieto, un amigo y colega con el que no había tenido la oportunidad de colaborar. A su vez, el otro solista,   Luis Miguel Rojas, fue una de las primeras personas en el Conservatorio que me dio la oportunidad de presentarme con la orquesta y como solista”, sostuvo la solista invitada.

Marrero regresó hoy, domingo, a Berlín, donde retomará una exigente rutina de trabajo que este año incluye su debut en cuatro roles principales. A su vez, interpretará otro rol principal en una producción nueva de “Candide” por Bernstein que se presentará en la Komische Oper Berlin.

El año pasado, la boricua hizo su debut en un papel principal (aunque más pequeño) con el personaje de Adele en  “Die Fledermaus”, dirigida por el reconocido tenor mexicano Rolando Villazón. La soprano todavía está saboreando el placer de haber conquistado este reto, pues se trató de un voto de confianza que -sin ella pedirlo y mucho menos esperarlo- le dieron sus jefes, quienes estaban en primera fila evaluando su desempeño.

No es casualidad que haya podido manejar los nervios y la presión enorme que supuso ese momento. Además de contar con una preparación excelente para hacer su trabajo, la vida ha venido preparándola para vencer miedos. Incluso, vencer el miedo a vivir de la música fue  lo primero que tuvo que hacer para estar donde se encuentra hoy. 

“A mí siempre me gustó la música”, contó. Sin embargo, cuando tuvo que escoger una carrera se dejó llevar por el discurso que troncha tantas aspiraciones artísticas: que iba a morirse de hambre. 

Como también le gustaba muchísimo la ciencia -gracias a la influencia de su madre, maestra de esta materia- se fue a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras a estudiar biología, con la meta de ser doctora. Un día, cuando estaba en su último año de bachillerato, se infectó con la bacteria que estaba investigando en el laboratorio. Nada la curaba porque esa bacteria era resistente a antibióticos y se alimentaba de su propia carne. Después de visitar a varios especialistas llegó hasta la oficina de un cirujano que ese mismo día la operó de emergencia. Estaba a punto de perder la mano o quizás parte del brazo. 

“Antes de entrar a la cirugía le dije a mi mamá que yo siempre había querido estudiar música pero no lo hice porque tenía miedo. Miedo a vivir de la música porque me decían que era difícil, que no iba a pasarla bien. Dejé que esas ideas me llegaran a la cabeza”, relató.

Tan pronto se recuperó empezó desde cero, matriculándose en el Conservatorio de Música de Puerto Rico. Allí se enamoró de la ópera, género que había conocido  durante sus  12 años de estudios en el Coro de Niños de San Juan. 

“Para mí, la ópera es una de las formas de arte más completas porque involucra más de una forma de expresión. Tiene aspectos de expresión visual, auditiva, básicamente es una de las pocas artes que involucra todos los sentidos. Y esa es la cosa más importante para un artista, desenvolverse y entregar todo su ser. Con la ópera se logra”, sostuvo. 

Marrero considera que el susto que pasó a causa de la bacteria fue “un bofetón” que le inyectó valentía y le enseñó a creer todavía más en sí misma. Ambos valores son vitales para mantener una  carrera artística tan exigente como la suya. 

Gracias a aquella experiencia en el laboratorio también es más arriesgada. Por eso, cuando ya había terminado su maestría en Yale y tenía ofertas de trabajo en Estados Unidos decidió participar de una competencia organizada por la  Opera Foundation en Nueva York. El premio a los ganadores de este concurso era  una oportunidad laboral  en una de cuatro de las casas de ópera más  prestigiosas en Europa. 

“Yo no tenía ninguna expectativa. No pensaba que era posible ganar, pero tampoco tenía nada que perder”, recordó.

El día de la competencia Marrero sentía, sin embargo, una energía muy positiva. Se fue bailando a tomar el tren, escuchando música de Celia Cruz, y cuando llegó cantó como si estuviera en la casa de un amigo, súper tranquila y sin ninguna presión.

La audición, que suele ser un momento drenante porque el artista tiene un   máximo de aproximadamente  diez minutos para demostrar de lo que es capaz, no le pesó.  

Al poco rato de haber salido de la audición le notificaron que había sido una de las ganadoras. Le ofrecieron mudarse a Berlín e inmediatamente dijo que sí. 

“Esta compañía ha creído en mí como nadie lo ha hecho y me ha dado la oportunidad de desarrollarme de una manera extremadamente especial, rodeada de artistas de alto reconocimiento, con una exposición que jamás pensé o pensaba que iba a tener en muchos años”, dijo. 

A donde quiera que va a cantar, Marrero se identifica primero como puertorriqueña y luego como soprano. Su agradecimiento por la isla es inmenso debido a que aquí recibió una educación musical sólida, que hoy valora más que cualquier otra experiencia en su formación. Y esto lo afirma tras haber sido la primera boricua en ganar una beca completa para hacer su maestría en la escuela de música de la Universidad de Yale. 

 Además, la intérprete considera que su alegría contagiosa es parte de su  herencia boricua que la hace diferenciarse positivamente en el ambiente artístico del que forma parte. 

En el futuro, Marrero afirma que volverá a Puerto Rico porque se siente en deuda con el país y quiere aportar al desarrollo de la gente talentosa que, igual que ella antes de su cirugía de mano, duda de iniciar una carrera en las artes. Sabe que si no hubiera vencido su miedo, se hubiera arrepentido. 

“Estoy haciendo lo que siempre quise hacer, que al principio no, me atreví”, aseguró quien al cantar se siente simplemente “llena”.


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