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El maestro Pabón, director emérito de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico estuvo al frente de la misma al acompañar al solista invitado Johannes Moser. (Suministrada)

El sexto concierto del Festival Casals 2018 -a 62 años de su creación- marcó un hito en la historia de la música puertorriqueña: el debut del maestro Roselín Pabón en el podio en el marco de este magno evento, después de 40 años de trayectoria con la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico.

Dejamos a los investigadores la pregunta de si además de Guillermo Figueroa, algún otro puertorriqueño ha sido invitado a dirigir.

El maestro Pabón inició la velada con una bella orquestación del primer director de nuestra Sinfónica -el argentino Juan José Castro-, de la Romanza para piano “Una página de mi vida”, del compositor coameño José Ignacio Quintón.

La orquesta supo responder a las sutilezas del arreglo, logrando una lectura vivaz del estilo romántico-impresionista de la pieza, correspondiente a la época en que fue concebida.

Acto seguido, advino a escena el violonchelista Johannes Moser para uno de los momentos cumbres programados para esa noche por el célebre maestro catalán Josep Pons, a quién Pabón sustituía. Moser -proveniente de una familia de músicos de raíces germano-canadienses-, con su presencia por primera vez en los escenarios de la Isla, protagonizaba el “Concierto para violonchelo en si menor”, la número 104 del fecundo catálogo del compositor checo Antonin Dvorak, que es sin duda una de las más brillantes creaciones del mundo occidental.

Desde el exquisito tema inicial en el registro grave de los clarinetes de los profesores Kathleen Jones y Emmanuel Díaz, se pudo percibir el ambiente de empatía y solidaridad de los músicos con los dos artistas invitados, en un momento especial para la carrera de todos ellos.

De aquí en adelante, este imponente movimiento que amplía la tradición de la forma Allegro de sonata, fue un deleite colaborativo: el segundo tema pentatónico fraseado en su grandiosidad por el maestro Benito Díaz en la trompa principal; la entrada del violonchelo solista; y el desarrollo temático de las combinaciones de ambos temas fluyeron con la frescura y el sentido de dirección de la mejor interpretación del género sinfónico.

El segundo movimiento “Adagio ma non troppo” sonó apacible en la tonalidad de Sol Mayor, para luego llenarse de melancolía con la cita la canción “Lass mich allein” (Dejadme quieto), producto de la infinita capacidad melódica del propio Dvorak.

El tercer movimiento fue otra filigrana de comunicación de las secciones orquestales bajo la batuta del director Roselín Pabón con el prodigioso solista Johannes Moser, para cerrar con la cadenza final, donde la partitura -revisada ante la muerte de su querida Josefina Kaunitzova-, Dvorak vuelve a desarrollar los dos temas de la canción mencionada.

De la cuarta de las sinfonías de Brahms con que cerró el programa se puede afirmar que fue una lectura profesional de otra obra que por buena que sea, ya resulta predecible tanto al público como para los intérpretes. Faltan por presentar músicas de compositores como Sibelius, Barber, Tosar o Brouwer, y alguna obra de George Crumb o de Webern, que Zubin Metha tocara en unos de sus primeros conciertos en este mismo festival.


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