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Santurce estaba   radiante. Era lunes y el tráfico de las 5 de la tarde hacía de las suyas. El ir y venir de gente era como el latir de la ciudad habitada. En la acera, frente a los letreros de Caney Manufacturing y con la mano en el bolsillo, estaba el sastre Marino Encarnación, con una elegancia que corre  en la sangre y se  sale por los poros.

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