Nota de archivo: este contenido fue publicado hace más de 90 días.

Una fotografía cortesía de Matt Siefker muestra a Erin Griffith cortando su propio fleco, con la asesoría en línea de una estilista, en San Francisco, el 9 de abril de 2020. (Matt Siefker vía The New York Times)
Una fotografía cortesía de Matt Siefker muestra a Erin Griffith cortando su propio fleco, con la asesoría en línea de una estilista, en San Francisco, el 9 de abril de 2020. (Matt Siefker vía The New York Times)

Por Erin Griffith

San Francisco — A los más de veinte días desde que se dio la orden de quedarse en casa en San Francisco, con las barberías y los salones de belleza cerrados, me resigné a dejar crecer mi fleco. Pero mi esposo, Matt, quien no se había cortado el cabello en casi dos meses, estaba amenazando con raparse.

Había pasado semanas tratando de ocultar sus mechones disparejos y descuidados en sus videollamadas: usaba auriculares enormes y se sentaba lejos de la cámara en las sombras. Sin embargo, esas medidas eran solo provisionales. Al cabello no le interesa que estemos refugiándonos en interiores durante quién sabe cuánto tiempo. Solo sigue creciendo.

Entonces, me enteré de los cortes virtuales de cabello. Caitlin Collentine, mi estilista del salón Wabi Sabi Beauty, me envió un correo electrónico con una oferta. Por 55 dólares, dijo, nos podría guiar para hacer un corte por medio de una videollamada.

No era el servicio más disparatado que se haya intentado reinventar en línea desde que empezó a propagarse la pandemia del coronavirus en Estados Unidos. En el transcurso de la semana pasada, he sabido de un triatlón virtual de Ironman, una búsqueda virtual de huevos de Pascua y citas rápidas virtuales, mientras que mis colegas han informado sobre baños de bosque virtuales, ultramaratones en los patios traseros y “antros en la nube”. Hasta los plomeros en Ohio y Florida han ayudado a sus clientes a reparar sus propias tuberías averiadas de manera remota.

Un corte de cabello hecho por una principiante con orientación profesional sonaba mejor que un esposo calvo. Yo pagué 20 dólares para recortarme el flequillo.

Una parte de mí pensó: “¿Qué tan difícil puede ser?”. Imaginé que el corte quedaría tan bien que saldría de la cuarentena con otra medallita por sobrevivir a la pandemia (las otras son hornear pan y jugar Super Mario Odyssey). Tal vez podríamos convertirnos en esas personas que se cortan el cabello en casa.

Sin embargo, la parte más realista de mí esperaba adquirir un aprecio más profundo por la magia que conjuran los genios de la peluquería. Han surgido historias de “coronacortes” que salen mal en las redes sociales, celebridades como Riz Ahmed y Pink han compartido fotografías de sus intentos fallidos caseros.

“¿Alguien más se hizo un corte de cabello tipo #QuédateEnCasa que se salió de control?”, escribió Ahmed hace poco en Instagram junto a una fotografía de su cabeza recién afeitada.

Si el corte virtual de Matt terminaba siendo un desastre, así se vería él también. El riesgo no era tan alto.

Nuestro primer reto fue conseguir la rasuradora eléctrica y las tijeras para cortar el pelo. En las tiendas de nuestra zona ya estaban agotadas, y en todos los sitios que consulté en línea estaban disponibles hasta dentro de varias semanas. No debió sorprenderme; el país entero está cortando su propio cabello. Le pedimos ambas cosas prestadas a un amigo (desinfectadas, las recogimos y las entregamos sin ningún contacto).

El segundo reto fue no cortarnos los dedos.

Collentine empezó nuestra llamada por FaceTime y tomó fotografías con una tableta de la cabeza de Matt, vista de frente, de perfil y de atrás, las cuales usó como referencia. Me mostró cómo sostener la rasuradora correctamente (con la mano relajada en forma de cuna, no con el puño muy apretado en forma de garra que yo estaba haciendo) y en la fotografía de la cabeza de Matt señaló dónde debía rasurar.

Esa parte fue sencilla. Como nuestra rasuradora solo tenía el aditamento para cortar cabello más largo, tuve que trabajar mucho más con el peine y las tijeras.

Los estilistas hacen que parezca fácil manejar un peine y unas tijeras, pero yo terminé retorciendo mis muñecas y mis dedos en ángulos extraños para hacer bien los cortes.

En general, Matt estaba entretenido con todo esto, pero también percibí que estaba un poco preocupado, sobre todo cada vez que yo decía: “¡Ups!”.

Ver y escuchar las instrucciones de Collentine mientras Matt me observaba y opinaba se sintió un poco como aprender a conducir con mis padres en el auto.

“Mueve el peine un poco a la izquierda. La otra izquierda. Intenta sostenerlo así. Más perpendicular. Hacia su cabeza. OK, corta ahí. Bueno, así también funciona. ¡Lo estás haciendo muy bien!”.

Le pregunté a Collentine si cuando veía a la gente inexperta titubear con las tijeras sentía la necesidad de atravesar la pantalla e intervenir. Puede llegar a ser “un poco exasperante”, respondió.

Pero la hacía valorar más sus habilidades. Sugerí que los estilistas y los barberos cobraran al menos el triple por su primera ronda de cortes después de la cuarentena. Es oferta y demanda básica.

Al principio, corté la parte superior del cabello de Matt con tanto cuidado que apenas se notaba la diferencia. Después, repetí el proceso con más seguridad y quedó mucho más corto.

Algunos de mis tijeretazos quedaron muy parecidos a un corte de hongo, pero Collentine me mostró cómo integrarlos ingeniosamente con una técnica llamada cortes en punta. Resulta que el cabello es bastante maleable.

Mi aumento de confianza —ahora que sabía lo suficiente para ser peligrosa— creó sus propios desafíos. Mientras tijereteaba cada vez más rápido, sintiéndome casi como el joven manos de tijera, no tardé en cortarme los dedos. Por suerte, las tijeras estaban demasiado romas y baratas como para crear una herida permanente.

El resultado, una vez que Matt lo estilizó a su gusto, fue una mejora satisfactoria. Cabe señalar que él no puede ver cómo quedó la parte de atrás ni tampoco sus colegas en las videollamadas. No creo que nos convirtamos en personas que se cortan el cabello en casa una vez que las barberías vuelvan a abrir sus puertas.

Collentine también me ayudó a arreglar mi flequillo descuidado para que cayera de lado con un estilo menos ambicioso y poco exigente. Después de que lo separé, peiné y recorté, ella examinó los resultados y me sugirió algunos ajustes. (Habría sido útil tener un espejo para cortar mi propio cabello, pues es difícil ver lo que estás haciendo en una pequeña pantalla de video).

Ahora me siento motivada a dedicarle un poco más de tiempo a mi cabello cada mañana. Como nos enseñó “Fleabag”, el cabello hace la diferencia entre un día bueno y uno malo.