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Esa voz es lo primero que uno registra. Aun si la observas de cerca no confirmas que se trata de la veterana actriz Idalia Pérez Garay hasta que no escuchas la firmeza, la suavidad y la dicción correcta combinadas en dosis iguales. Ese timbre y ese tono solo pertenecen a ella.

“Ay sí, me reconocen por la voz”, acepta risueña, sentada con la espalda muy recta, caracterizando a la Idalia actriz, “a veces estoy en una fila y la gente me dice, ‘esa voz yo la conozco’. Me pasa todo el tiempo”.

Idalia está contagiada. No hay dolor ante la noción de que ese deseo de caracterizar otras personas frente al público es “como una abejita que te picó y te contagió para siempre”. “Y no hay antídoto”, dice aliviada de no poder librarse del virus de la actuación que ha marcado su persona y su relación con el entorno.

“El teatro ha sido una ventana al descubrimiento del mundo”, explica, “los actores aprenden a conectarse con la energía interior y universal porque son observadores. Y cuando pasa te desprendes de ti mismo, aprendes a ser generoso, tolerante con tus juicios porque comprendes por qué las personas son como son”.

Su espalda ya no está recta. Se acomoda en el sofá. Se desprende de la actriz y aparece una mujer llamada Idalia que vive por y para la actuación. Todavía hoy. Tantos años después del comienzo en la década del sesenta.

“Ser actor no tiene que ver con la celebridad, ese concepto es todo lo opuesto a lo que es la actuación. Las palabras fama y notoriedad no tienen nada que ver con el arte. El verdadero artista está en una búsqueda constante de sí mismo y de lo que sucede en el mundo”, reconoce con las manos que ayudan a enfatizar sus pensamientos, con los ojos que abre al máximo para subrayar una idea.

Dicta el veredicto de que “el mundo del teatro es fascinante” no solamente después de actuar sino tras ser “directora, vestuarista, utilera, productora, después de barrer el escenario, pegar botones y resolver problemas”. “Pero ojo, no he hecho luces ni escenografía”, confiesa.

Cuenta que contaban

Su infancia la pasó encerrada en un apartamento en Nueva York, a donde se trasladaron sus padres, María de los Ángeles y Osvaldo Rey. Pasaba los días inventando historias con su hermana Flora, conocida publicista, guionista y realizadora del patio.

“Somos uña y carne”, describe esa relación fraternal, “las dos caras de una misma moneda. Nos llevamos poco tiempo así que crecimos con los mismos juegos y dando rienda suelta a nuestra imaginación. Escribíamos cuentos, hacíamos películas, transformábamos la casa en un gran escenario”.

Las hermana la genética y el deseo de contar historias. “Exacto, es un juego, para nosotras es diversión. Siempre estamos hablando de teatro, de cine, de historias que podríamos hacer”, narra, y agrega que sobre el tintero se mantiene el deseo de contar la historia de ambas abuelas, llamadas Flora, y con ellas la vida de una familia de lamontaña y otra de la costa que se trasladan a Santurce.

“Todavía puede ser un cortometraje. Se va a llamar ‘Las dos Floras’”, comparte sueños.

El teatro

La vida le dio esa hermana y el teatro le dio otro, José Félix Gómez. Para muchos es imposible desligar el nombre de ambos desde que grabaron en la memoria colectiva de los puertorriqueños a los hermanos Morrison de la famosa obra de Luis Rafael Sánchez, “Quíntuples”. Hace 27 años que la trabajan juntos.

“Estamos hermanados en la vida y en el escenario. Hemos codirigido, actuado, producido, administrado, hemos sido colegas en la Universidad, yo hasta le di clases allí. Claro, la diferencia de edad es poca solo le llevo cinco años”, aclara sobre esos asuntos de cronologías que prefiere mantener secretos.

“Son tantos años y tantas obras juntos que ya somos un matrimonio teatral y duradero. Sus hijos son como mis ahijados, me dicen tití. Con él y con Teatro del Sesenta ha sido una vida maravillosa”, sostiene satisfecha.

Aunque esa vida no ha estado exenta de dilemas. No podría, entonces, llamarse vida.

“Fue difícil todo lo de Pedro Navaja con Teatro del Sesenta”, acepta y revisita un suceso que en la década de los ochenta enfrentó antiguos modos de hacer teatro con la realidad de los derechos de autor de la obra deluxe que la compañía mantuvo de modo ininterrumpido en cartelera a lo largo de un año y medio.

“(Al principio) eran los setentas y pertenecíamos a una generación que quería cambiar el mundo”, rememora, “tomábamos decisiones juntos sentados en el piso, todos cobrábamos lo mismo, era un mundo utópico y romántico con cierta estructura que nos ayudó a generar buenos proyectos por 16 años en el Teatro Sylvia Rexach, en Puerta de Tierra. Y el lío con los derechos de autor de Pedro Navaja cambió la manera de formalizar las cosas, fue un caso legal emblemático”.

Una huelga de actores, la apertura del Centro de Bellas Artes en Santurce y “el escalamiento de la violencia” acabaron con el sueño de la sede sanjuanera de Teatro del Sesenta.

Al dejar la casa, la compañía teatral logró importantes puestas en otros teatros de la Isla como “Puertorriqueños”, “Ay, Carmela” o “Quién le teme a Virginia Wolff”, entre otras.

“Sufrimos mucho pero aprendimos mucho también porque seguimos trabajando juntos. (El desenlace) lo atribuyo a nuestra juventud, a no ver con claridad, a ser tan apasionados y tirar palos a ciegas, como les sucede a los políticos y al país entero. Después de eso nos fuimos a tomar talleres legales y a aprender a hacer planes de negocios”, cuenta cual sobreviviente de una batalla campal.

Otra gran lección fue dejar atrás vivencias negativas; es un mandamiento que aplica a su vida.

“Que no me digan nada malo de los actores, somos gente bien buena. Los mejores amigos que he tenido son actores; la clase teatral puertorriqueña es bastante unida. Si ha habido alguna discusión con alguno yo la olvido y sigo para adelante porque eso fue en el teatro y porque tengo una gran capacidad para la desmemoria. Uno no puede estar pegado al pasado, hay que hacer adaptaciones en la vida”, recomienda.

Sube el telón

“Este es el fémur. Este, el hueso de la cadera. Este es parte del cráneo”. Una madre recién acaba de recibir los huesos de su hija secuestrada años atrás. La acompaña su otra hija, quien le recuerda que ella todavía está viva.

La madre es Idalia en la obra “Tres grados bajo cero”, en la cual compartió créditos con René Monclova y Cordelia González. Es solo uno de cientos de ejemplos en los que ha sido otra persona y ha vivido otra vida.

“Uyy qué horrible. Hacer ese personaje me daba un dolor en el pecho terrible y en los ensayos lloraba muchísimo. Pero los actores, aunque inseguros por naturaleza, tenemos un lado con una metodología de trabajo que te permite estar en los zapatos de otro frente al público. Siempre salimos a flote, siempre salimos al escenario a ganar, tú no sales a que te coman los leones”, propone.

Se sacude el personaje de encima con premura gracias al sentido de la “ubicuidad” que les permite “estar en dos sitios a la misma vez”. “Tú creas una verdad escénica y luego te desprendes de ese personaje que te duele. Si no, te vuelves loco”, asegura y menciona a “Juana”, de “Tiempo muerto”, como otro rol drenante.

Esto y otras cosas las aprendió de maestros influyentes como Luisa Géigel, quien en la universidad le recordó que sería más feliz como actriz que como escultora, Lucy Gaspar, Dean Zayas, Myrna Casas, Gilda Navarra o Maricusa Ornés, “quien me enseñó a proyectar la voz”.

“Tuve grandes maestros, no me quejo, y muchos actores influyeron en mi vida como Jacobo Morales, Braulio Castillo, Sandra Rivera, Madeline Willemsen, Esther Sandoval, Lucy Boscana, Sandra Rivera o Victoria Espinosa. Qué bueno ha sido tenerlos cerca”, celebra.

También ella se ha relacionado con sus alumnos, a quienes ha considerado “colegas” puesto que después han compartido profesionalmente y hasta la han dirigido como es el caso de Gilberto Valenzuela, Edwin Ocasio o Ulises Rodríguez. En el 2006, y luego de 38 años de labor en el Departamento de Drama de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, Idalia se retiró.

“Me desvinculé rápido, nunca miré para atrás ni me dio dolor, y eso que pasé allí los mejores años de mi vida porque era mi segundo hogar”, asegura, “pero la vida sigue y no me detengo. He tomado talleres de actuación en Estados Unidos y aquí de pintura, de yoga, de metafísica, de canto, de francés. Yo me la paso estudiando porque todo me sirve para la actuación”.

Y para enseñar, otra legítima “vocación”. Mantener contacto con aspirantes a actores es su talismán, su fuente de juventud. “Estar con ellos me da esperanza”, revela antes de culminar la plática con una sonrisa.

Una vida

-Nació en Santurce el 18 de junio

-Estudió Drama en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y estudios postgraduados en el Colegio Schiller en Estrasburgo, Francia.

-En la UPR fue profesora de actuación e historia del teatro por 38 años. De 1994 al 2003 dirigió el Departamento de Drama y se retiró de la institución en el 2006

-Es directora artística de Teatro del Sesenta.

-Estrenó en la década del 80 el clásico Quíntuples, de Luis Rafael Sánchez, junto a Francisco Prado aunque luego lo hizo famoso con José Félix Gómez.

-Recibió premio a la Mejor Actriz de Teatro del Círculo de Teatro de Puerto Rico por:

“¡Ay, Carmela!”, de José Sanchis Sinisterra (2003)

“Puertorriqueños”, de José Luis Ramos Escobar (1999)

“Orquídeas a la luz de la Luna”, de Carlos Fuentes (1996)

“Tiempo muerto”, de Manuel Méndez Ballester (1986)

“La buena mujer de Se-Chuan” de Bertolt Brecht (1973)

-Fue guionista del largometraje “Hay hombres para todas” (2008)

-Actuó en cortometrajes como:

“Cayo” (2005)

“Fuego en el alma” (2002)

“La guagua aérea” (1991)

“Los dos mundos de Angelita” (1980)

-Participó en los unitarios

“Ángeles perdidos” (2006)

“Cuerpo del delito” (2004)

“Bala perdida” (2003)

-Ha dirigido, escrito y producido obras como:

“Un enemigo del pueblo”, de Henrik Ibsen (2006)

“Cartas de amor”, de Andrew Gurney (2002)

“El humor de Dios”, de CJ García (2000)

“Piscolabis”, de Flora Pérez Garay (1997)

“La pasión según Antígona Pérez”, de Luis Rafael Sánchez (1991)

“Fulgor y muerte”, de Joaquín Murieta (1989)

“Cuentos del Decamerón”, de Bocaccio (1986)

“El Sr. Galindez”, de Eduardo Pavlosky (1983)

“El Pagador de Promesas”, de Alfredo Díaz Gómez (1982)


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