Nota de archivo: Este contenido fue publicado hace más de 90 días

Crónica de una pasarela puertorriqueña (vertical-x1)
Las modelos no son las únicas que desfilaron antes, durante y después del desfile de la modista Carlota Alfaro en el evento San Juan Moda. (André Kang)

Un mar de blanco espera por la Maestra en el ballroom del Hotel San Juan. Sillas blancas, una enorme pasarela alfombrada en el mismo color y cortinas perladas servirían de marco para que  Carlota Alfaro, gran dama de la ‘haute couture’ puertorriqueña, presente su línea Primavera-Otoño en el San Juan Moda 2015, y la crema de la industria de la tela y el hilo está presente para ver, y para que los vieran allí.

La antesala del salón de baile del hotel está repleto de personas de todas las edades, y de todos los estilos de vestir. 

Hay desde mahones y camisas de botones y manga larga sacadas por fuera del pantalón hasta un modisto dominicano en pantalones negros con diseños floridos por los lados y un individuo luciendo lo que solo podía ser descrito como un ajuar digno del armario de Paquirri o Manolete, o de una fiesta de Halloween.

Ropajes que le ganarían al usuario burlas en la calle o el trabajo son lucidos con gusto. 

El ‘fashion show’ de la octogenaria diseñadora no ha comenzado, pero en el vestíbulo hay muchos caminando como pavos reales en la pasarela imaginaria.

Se ven desde elegantes trajes de noche en las mujeres hasta faldas escocesas entre los hombres.

Las modelos que caminarán la alfombra blanca ya están tras bastidores y el área parece la zona de pits en una carrera Fórmula 1. Un inmenso vestido de novia cuelga de un armario movible cerca del centro de la caseta donde las modelos se  desvisten y visten, probándose las piezas con las que caminarán la franja de alfombra blanca. Algunas salen en sus mahones rotos y blusas, descalzas o en sandalias, para practicar su caminata. Si el salón y la pasarela blanca son el marco de Carlota la artista, las modelos, algunas adolescentes, son su lienzo.

En el vestidor, las chicas son transformadas con dramático maquillaje y complicado ‘coiffure’. Cuando terminan de arreglarles el cabello y pintarles el rostro, cada modelo parece congelada en una expresión facial. Algunas lucen seductoras, otras continuamente malhumoradas.

Pero tras bastidores todo tiene un aire ficticio. Para una persona ajena a la industria, el show pierde parte de su magia cuando se pasa detrás de la cortina. Es como mirar dentro del sombrero del mago y encontrar el recoveco donde esconde el conejo que sacará en el momento culminante de su acto.

El precio de la exclusividad

El San Juan Moda es un evento exclusivo. No se venden boletos. Se entra por invitación de uno de los modistos exhibiendo. Esta temporada sobrepasan la veintena. Muchos más quieren participar pero no son incluidos. 

“¡La lista de la gente que nos escribe para participar!”, dice en parte como lamento, en parte con orgullo, Carlos Bermúdez, uno de los organizadores de San Juan Moda 2015.

Ese es uno de los paradigmas del espectáculo: si dejas que todos participen, nadie viene. La percepción de exclusividad vale oro en la industria del hilo yaguja.

Mientras los más de 600 invitados consumen cocteles y se toman ‘selfies’  en la recepción, las puertas del salón de baile continúan cerradas.

La escena detrás de la pasarela es de caos controlado. Continúan los ajustes de último momento a la veintena de ajuares que presentará esta noche la diseñadora de diseñadoras.

En una esquina del ‘backstage’, Carlota luce atenta pero tranquila a pocos minutos de comenzar el show. 

Lleva puesto un vestido estilo bata en tela fina y de muchos colores, que luce elegante menos por sus líneas y más porque la que lo tiene puesto es Carlota Alfaro, la maestra de maestros. Lleva su ya legendario recorte de pelo corto, pero voluminoso.

La modista estudia con detenimiento cómo lucen sus lienzos vistiendo sus creaciones. Se detiene frente a una de las modelos. Le hala un poco hacia arriba el escote del traje. Lo mira. Hala el escote un poco más. Mira de nuevo y con gesto de aprobación pasa al próximo lienzo caminante.

El ‘mecánico’ de las modelos

Una figura llama la atención en el salón de vestuario. Un hombre joven, con espejuelos, un recorte muy a la moda y las uñas de las manos pintadas de negro. Lleva puesta vestimenta utilitaria -pantalones negros y ‘t shirt’ azul marino- mientras dirige y prepara a las modelos. Es enfático pero amable en sus instrucciones, que son continuas. Falta poco por empezar y en los ‘pits’ trabajan a todo dar.

El muchacho es Joseph Da’ponte, estilista en jefe de todo el show, algo así como el mecánico en el pit de las modelos.

“¿Y la novia?”, pregunta Joseph mirando alrededor del lugar. Divisa a una chica maquillada y con un peinado ‘pompadour’ que incluye corona y velo, pero en mahones y blusa. 

“Quítate todo. Menos el velo”, le ordena Joseph. Y la chica se desviste y se mete en el traje de novia con cola de sirena. 

“Mis amores, vénganse para allá”, le indica Joseph a un puñado de modelos en trajes formales y vestidos cortos, todos en brillantes colores que recuerdan a la última etapa creativa de Henri Mattisse. 

El show ya está a punto de empezar. 

Afuera, los invitados comienzan a entrar poco a poco. Se supone que fueran 500, pero este es el show de Carlota Alfaro y tuvieron que traer sillas adicionales para acomodar a los 658 fashionistas que se presentaron para presenciar la puesta en pasarela de la Maestra.

Un batallón de divas de la tercera edad son de las primeras en entrar. El grupo, que incluía una dama en silla de ruedas, se sentó en primera fila para ver de cerca la acción.

Otro de los primeros grupos en entrar llama la atención. Está compuesto en parte por un puñado de guardias penales uniformados. Escoltan a nueve reclusas de mínima seguridad que fueron invitadas a San Juan Moda como parte de un programa de reintegración a la libre comunidad que trabaja el Departamento de Corrección y Rehabilitación en conjunto con los organizadoresde la feria de belleza.

Poco a poco siguen entrando los invitados. Debajo de cada silla hay una pequeña pero llamativa bolsa roja de la tienda Novus. Es el famoso ‘goodie bag’. Contiene una curiosa combinación de regalos: sobres de muestra de cremas, un pequeño ‘pouch’ de sangría, otro de la bebida Gasolina, un panfleto de un anticonceptivo femenino,  y varias hojas promocionales.

Poco después de que todos los invitados tomaron asiento, dramática música de chelo anuncia el inicio de la puesta en pasarela.

Una a una las modelos salen del umbral entre las cortinas blancas y caminan la pasarela tan larga que parece pista de aterrizaje. 

Las modelos salen primero en una serie de ceñidos trajes blancos de falda larga y en franjas angulares que alternan tela transparente y tela decorada en patrones delicados. Luego las modelos exhiben trajes holgados en colores vino, azul y amarillo, que cuando caminan las hacen lucir como nubes de colores. 

El público aplaude sonoramente, intentando mostrar la efusividad de los fanáticos en una pelea de boxeo, a la vez que tratan de mantener la fina conducta de clase alta, como los aficionados en un partido de tenis en Wimbledon. 

Lo próximo en escena lo son vestidos sofisticados, algunos color esmeralda, otros carmesí, también vino y dorado. 

Los aplausos aumentan. 

Entonces Carlota bota la sutileza por la ventana y exhibe trajes de noche en colores brillantes como las obras finales de Mattise. Algunos esmeralda, otros azul, con faldas acampanadas y  estolas  con adornos  de flores del mismo color y tela.

La última pieza fue el traje de novia con adornos plateados y cola de sirena, uno de los perennes toques clásicos de la Maestra.

La chica, con un ramo de flores en mano, se detiene al final de la pasarela por varios segundos, creando gran expectativa. 

El público aplaude. Aplaude más. Y aplaude más aún cuando desde el área de frente a la pasarela sale un modelo en tuxedo de boda que camina hasta la novia, le toma la mano y la besa. Entonces le remueve con facilidad la cola al traje de novia y la modelo gira para mostrar la nueva silueta de la pieza. Drama digno de Carlota. 

Los novios se regresan tras bastidores. Entonces salen todas las modelos, recibidas por otro estruendoso aplauso. Las chicas se detienen en filas paralelas en la pasarela. 

Viene el punto culminante. Carlota Alfaro sale de tras bastidores y se presenta ante el público por primera vez en la velada. Camina a paso lento, pero por sí sola. Llega al final de la pista de alfombra blanca y con una sonrisa de alegre satisfacción abre ambos brazos, como conductor de sinfónica al final de un espectáculo. Como diciendo, “para esto vinieron. ¡Aquí me tienen!”.

El público se pone de pie y aplaude. Carlota mira a una de las divas de la tercera edad en primera fila. La dama le dice “¡espectacular!”.


💬Ver 0 comentarios