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Actualmente, Robles es uno de los diseñadores más cotizados de la Isla. (Wanda Liz Vega Dávila)

A lo largo de tres décadas de carrera como diseñador de modas, Harry Robles ha  desarrollado un idioma especial  en el que la inspiración y  las ganas de aportar a la industria en su tierra han sido fundamentales.

Actualmente, Robles es uno de los diseñadores más cotizados de la Isla y, ante una situación económica que cada vez se torna más difícil,  explora diversas maneras de llegar a la mujer, acompañándola en momentos importantes de su vida como bodas, galas, graduaciones o quinceañeros.

Proveniente de una familia de escasos recursos, el diseñador de 49 años decidió repasar su historia de aprendizaje y éxitos, que sirve de ejemplo para aquellos que desean abrirse paso en el “glamuroso” y sacrificado mundo de la moda. Ese mundo en el que muchos cierran puertas y deciden competir en vez de apoyar.

¿En qué momento se dio cuenta que trabajar en la moda era su destino?

—Cuando salí de escuela superior, me interesaba estudiar teatro porque hacía teatro en la escuela y fui bailarín entre el 82 y 84, primero con el Ballet Municipal de San Juan y, luego, con Ballet Concierto. Siempre me gustaron las artes, pero luego de conocer la moda a través de mi tía, me empezó a gustar y busqué una escuela de diseño. Fui al Liceo de Arte y Tecnología en Hato Rey, que en aquel entonces daba cursos de costura básica y avanzada y terminé los dos. Al año siguiente, abrieron el Departamento de Moda y me matriculé. No terminé el curso de diseño. Recuerdo que iba a presentar mi primera colección en Julianna’s, pero dos días antes de presentarla me dio varicela. Pude presentar la colección, pero no pude terminar el curso de diseño. Nunca me gradué. Recuerdo que, luego de siete u ocho años, ellos me dedicaron la graduación.

¿Cómo fueron sus primeros pasos como diseñador?

—Conocí a María María, quien trabajaba en la agencia de modelaje Fontecha. Yo les hacía trajes a las modelos y, en aquel momento, costaban 40, 50 y hasta 80 dólares y con eso empecé a comprar mi primera máquina y mi primer equipo de costura. Luego de eso, María tenía un “fitting” de una actividad que se hacía en Washington que se llamaba el Hispanic Designer Gala y se tenía que entallar una colección de Carlota Alfaro que iba a presentar allí. En ese momento, también participaban diseñadores de la talla de Carolina Herrera, Oscar de la Renta, Adolfo y Paloma Picasso. Llegamos a ese “fitting” a la una de la tarde y recuerdo que salí a las dos de la mañana. Le estaban haciendo un vestido a Lucy Pereda. Había muchos empleados en el taller de Carlota. Me la presentaron y nada pasó pero, como a las 10 de la noche, se dieron cuenta que las bordadoras habían bordado las dos mangas para el mismo lado y no en direcciones contrarias, como debe ser.  Yo le dije que sabía bordar. Bordé la manga y, al otro día, tenía trabajo con ella.

¿Cómo fue esa etapa trabajando con Carlota Alfaro?

—Aprendí muchísimo. Es una maestra y aunque mi estilo es más clásico que el de ella, que era muy dramático, tuvo influencia en mis creaciones. Fue una experiencia bien buena porque yo llegué bien dispuesto a aprender, sabía lo que quería y absorbí todo lo que pude. En un momento dado tenía clientas y las atendía allí, en el taller de Carlota. En el 91 fue que me mudé al local que queda al lado. Luego, presenté en el evento Destellos de la Moda en 1987 y, después de trabajar con Carlota, también trabajé con David Fernández, cosiendo a máquina. Entonces me llamó Betza Martorell para trabajar con ella en una marca que se llamaba Ilussions y que se vendía a nivel internacional.

¿Cuál considera uno de los momentos más memorables del inicio de su carrera?

—Presentar en Destellos de la Moda fue lo más importante, allá para el 87. Recuerdo que hice unos bocetos y había un comité que te entrevistaba y decidía quién participaba. Ellos me pidieron dos de los vestidos de los bocetos. Había uno que era en hilo y tenía 20,000 rotos que eran terminados con un bies a mano y lo cosí yo. Me amanecí esos tres días y los llevé en bolsas de basura porque no tenía “cover”. Recuerdo que el diseñador Arnaldo de Jesús llegó con un “rack” lleno de piezas preciosas en hilo y yo pensé que no me iban a coger. Pero cuando yo saqué mi ropa, a ellos les gustó y pude formar parte de Destellos de la Moda, que era el evento más importante de moda en aquel momento.

¿Se considera una persona perseverante?

—Sí. Creo que hay un momento dado que haces las cosas superbien pero no es tu momento porque hay otros diseñadores y, aunque tú seas bueno, tienes que tener paciencia y perseverar porque tu oportunidad llegará. Ha sido así. Recuerdo que, en algún momento, hacía cosas fabulosas y nadie me hacía caso. Uno pasa etapas y, en un momento, vas a tener tu espacio. En aquel momento, estaba Fernando París, Carlota Alfaro, Nono Maldonado y yo estaba empezando. Recuerdo que el diseñador Osvaldo Morales me bautizó como el benjamín de la moda. Uno se sigue esforzando y cuando te das cuenta llega tu momento. Así va a seguir pasando con los que están empezando ahora.

¿Qué es lo que más le gusta de su profesión?

—Me gusta todo. El proceso de hacer un “show”,  en mi taller, me encanta. Después que el traje está hecho, al otro día, no me gusta y empiezo a trabajar en el próximo. Y cuando llega el “show” es peor porque a veces no me gusta nada y es que, como ya lo he visto, el impacto que iba a tener en mí, ya pasó. Hay un momento dado en que me entra miedo y empiezo a quitar cosas.

¿Cuál es el momento más tenso en la producción de un desfile?

—Antes de empezar el “show”, ese momento de vestir a las modelos. Antes era horrible porque una modelo se ponía seis cambios y me ponía nervioso. Pero he bajado la cantidad de cambios que presento. Mi primera colección fue de 90 trajes, la segunda de 75 y se han ido bajando hasta que ahora son de 38 a 40 y trato de que una modelo solo tenga dos cambios.

¿Cómo es trabajar con las clientas?

—Las mujeres no son fáciles. Pero uno aprende a bregar con ellas. En el momento en el que me encuentro puedo decidir si quiero hacer algo o no. No es porque sea malcriado sino porque no voy a hacer nada feo que me identifique a mí como diseñador. Si vienes donde mí, tienes que confiar en mí. No es como antes, en los 70 y los 80, que llegaba una clienta y el diseñador la vestía como él quisiera. Ahora la mujer cambió, trabaja y tiene necesidades. Se sienta contigo y te dice lo que quiere. Tienes que escucharla, estudiar sus gustos y sus necesidades. Hay que dialogar y llegar a un acuerdo. Le empiezo a explicar y viene el proceso de un  traje de “toile” , yo hago el traje en otra tela para que la clienta se vea y hay gente que no quería entallarse y sale entallada y se ven bien. Cuando llegan a mí, en este momento saben lo que quieren, les gusta mi ropa y están buscando lo que uno hace.

Dentro de su estilo clásico, ¿cómo ha evolucionado?

—Evoluciono porque le doy toques modernos a la ropa, puedo hacer algo sexy, algún elemento raro y puedo convencer a algunas clientas de ponérselo. Siempre estoy al tanto de lo que pasa en la moda dentro del estilo clásico y de lo moderno, de las texturas, los colores y todo lo

que está pensando. Siempre hay que mantenerse al tanto de la moda, yo creo en mi estilo pero hay que reinventarlo. Dentro de tu clasicismo tienes que variar, que reinventarte.

Con el paso del tiempo, ¿cómo ha visto el cambio en la moda?

—Como diseñador puedo ver una ropa bonita, pero puedo notar desde afuera si está bien terminada o no. La ropa no tiene que estar forrada para estar bien terminada ni tener miles de detalles hechos a mano, pero si cae bonita es porque hicieron un buen patrón y un buen entalle. Eso no solo se ha perdido aquí sino en todos lados. La alta costura ha ido en bajada y no por no hacerla, sino porque también es muy cara. Son muchas situaciones que pasan. Antes, los diseñadores tenían alta costura y también muchas líneas. Pero la alta costura es costosa. Una chaqueta Chanel de alta costura puede comenzar en $30,000, porque te la hagan allí. A nivel internacional, un trabajo de alta costura debe tener al menos 1,500 horas de trabajo. Es una obra de arte y para hacerlo en Europa tienes que tener unas licencias. En los 80, un taller de alta costura podía tener 125 empleados y la mitad los pagaba el gobierno y la otra mitad la compañía.

¿Cómo el mercado de novias ha venido a transformar y a ampliar las oportunidades para usted y otros diseñadores en medio de la crisis?

—Este desarrollo de mi línea viene como respuesta a la crisis económica. Siempre he hecho vestidos novias, pero eran novias que venían porque me conocían, les había hecho trajes antes y sabían que el traje iba a quedar bien. Sin embargo, la gente que no me conocía, no se atrevía porque un traje de novia es muy importante y también muy costoso. Ahí decidí hacer una colección, porque la gente la puede ver. La que se lo puede medir, se lo mide y las que no, vienen y miran la tela y el estilo. Eso les da confianza porque ya ven el traje y se convencen porque están viendo algo concreto. Las novias siempre se van a seguir casando. Entonces, hago mi colección de novias una vez al año y me va muy bien.

¿Cómo ve el ambiente en que se van formando los nuevos diseñadores en comparación con esa época en la que daba los primeros pasos en la moda?

—En esa época de los 80 había mucho talento, muchas bordadoras y muchos diseñadores que hacían detalles elaborados. Antes era bien fuerte. Tenías que conocer bien las técnicas para competir. Fue una época muy bonita, que no la hay ahora. Ahora, hay mucho talento en el diseño, pero no se prepara a la gente para bordar y no se le pone tanto énfasis a las terminaciones. En aquella época, había mucha competencia y se esforzaban por hacer cosas bien hechas.

¿Está en sus planes abrir una tienda?

—No. En un momento me hicieron acercamientos algunas tiendas, pero eso sería competir conmigo mismo. Yo les dije que podía hacer una línea pequeña para vender en alguna tienda fuera pero no aquí mismo porque estaría compitiendo conmigo mismo. Puede ser que cuando me mude tenga piezas hechas y a precios más económicos. Ya sé lo que hago. Estoy cómodo.

¿Ha pensado mudarse de la Isla o internacionalizar su línea de ropa?

—Podría hacer otras cosas, ser más ambicioso, pero el miedo mío es desprenderme y caerme por estar haciendo otras cosas. Tengo un “standing” y lo cuido porque sé lo que estoy haciendo. No me cierro las puertas, pero me siento cómodo aquí y siempre estoy pendiente a la moda en colores y texturas, dentro de mi clasicismo.


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