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Detroit salió de su bancarrota en 18 meses, después de un proceso expedito. (Archivo)

“Déjeme saber si puedo ayudar”.

En el otoño de 2013, unos seis meses después de que el gobernador de Michigan, Rick Snyder, declarara a Detroit en estado de emergencia, Mariam C. Noland, presidenta del Community Foundation for Southeast Michigan (CFSM), y el juez Gerald E. Rosen coincidieron en un “deli” cercano a la corte donde se decidía el futuro de la meca automotriz.

En aquella conversación casual, Noland se hizo disponible al juez Rosen -quien servía como mediador principal en el proceso de bancarrota de Detroit- sin saber que aquel encuentro sería el principio de un nuevo comienzo para una ciudad que por años solo había experimentado calamidad.

“Creo que ese ha sido el mejor momento de la filantropía”, dijo Noland al relatar los eventos que hicieron posible el fin de la quiebra de Detroit.

Siendo el colapso más grande del mercado municipal, con una deuda de unos $18,200 millones, Detroit salió de su bancarrota en 18 meses, después de un proceso expedito, considerado por muchos -a excepción de bonistas, aseguradoras y asesores- como un modelo a seguir a la hora de lidiar con crisis fiscales en los Estados Unidos.

“La gente en Detroit estuvo en negación por décadas, renuente a confrontar la realidad y tuvimos que trabajar con eso durante el proceso de quiebras, pero puede resolverse”, dijo Rosen. Un análisis reciente del Instituto de Manhattan concluyó que si bien la fórmula adoptada por Detroit y que se dio a conocer como “la gran negociación”, no debe aplicarse al pie de la letra, el modelo podría servir en lugares como Buffalo, Chicago, Cleveland y St. Louis. Estas jurisdicciones también encaran problemas de recaudos y deficiencias significativas en sus respectivos planes de pensiones, lo que pone en jaque la prestación de servicios públicos.

Un voto de confianza

“Lo que las fundaciones nos dieron, aparte de mucho dinero, fue un voto de confianza. Después de eso, de repente, muchas personas dieron un paso al frente y el proceso tomó vida propia”, indicó por su parte Rosen, quien dejó su banca como juez federal de distrito en Detroit el mes pasado.

A Rosen, cuyos bosquejos y diagramas en torno al proceso de bancarrota ahora forman parte de la colección de arte que ayudó a conservar en manos del Instituto de Artes de Detroit (DIA, en inglés), se le adjudica en gran medida el plan de ajuste de deudas que el juez Steven Rhodes aprobó para Detroit.

Entre otras cosas, el plan concebido bajo la dirección de Rosen y aprobado por Rhodes hizo posible que Detroit redujera a la mitad sus obligaciones de deuda asegurada y no asegurada; permitió que se reanudaran servicios básicos como la electricidad en las calles y aseguró el pago de las pensiones a jubilados con un ajuste de apenas 4.5% y recortes en el gasto de salud.

El plan incluyó además un programa de mejoras permanentes que supone una inversión de unos $1,500 millones a 10 años y ha servido de aliciente a la inversión.

Para los bonistas y otros acreedores, sin embargo, Detroit no fue una buena experiencia. Los bonistas de obligaciones generales del gobierno citadino recuperaron 74 centavos de cada dólar, mientras de los bonos limitados, pero también con garantía constitucional, solo recuperaron 34 centavos de cada dólar invertido. En tanto, los bonistas que poseían deuda emitida por la compañía de aguas de la ciudad recibieron la totalidad de lo invertido. Esto, según documentos del plan de quiebra y de los gobiernos de Detroit y Michigan.

El rol de las fundaciones

Noland y Rosen, junto a Neal Hegarty y Nick Deychakiwsky, vicepresidente y oficial “senior” de Programas, respectivamente, para Mott Foundation, conversaron con Negocios acerca de los eventos que cambiaron el rumbo de Detroit y que a su vez representan un hito en la historia de las fundaciones en los Estados Unidos.

“Casi todas las fundaciones otorgaron las subvenciones más grandes de su historia porque se entendió que ese apoyo podía ayudar a salvar no solo los pensionados, sino a una comunidad. Pienso que eso también se puede encontrar en Puerto Rico”, sostuvo Noland.

Hace poco más de una semana, los entrevistados estuvieron en Puerto Rico por invitación de la Red de Fundaciones, alianza que integra a siete de las entidades filantrópicas más importantes de Puerto Rico.

“Nos acercamos a personas de varias fundaciones en las ciudades de Detroit y Flint para entender cuál podría ser nuestro rol en la crisis de Puerto Rico”, dijo el presidente de la Red, Rafael Cortés Dapena.

“Las situaciones no son exactamente las mismas pero también hay similitudes, por lo que queríamos que conocieran a Puerto Rico, no para copiar lo hecho por ellos sino para recibir su insumo y aprender”, agregó el abogado y también presidente de la Fundación Ángel Ramos.

De acuerdo con José Luis Díaz, quien preside la Coalición Una Sola Voz, si bien el sector filantrópico y de organizaciones sin fines de lucro en la Isla es pequeño, el llamado tercer sector puede jugar “un rol inmenso” en contribuir a la implementación de las soluciones que decida la sociedad puertorriqueña.

“Necesitamos entender que todos tenemos que ser parte de la solución. Sabemos que va a ser difícil y las soluciones tendrán que ser fuera de la caja. Si algo he aprendido de lo que pasó en Detroit y Flint es que debe haber una agenda común”, dijo Díaz.

El caso de Flint

De acuerdo con Hegarty, “la tragedia” que vive Flint, una ciudad a poco más de 60 millas al noroeste de Detroit, es precisamente el precio que ha pagado la gente por no contar con un plan coherente de desarrollo.

Flint -que al igual que Detroit, había sido declarada en estado de emergencia financiera por el gobierno estatal- acaparó titulares por la contaminación de su sistema de agua potable con altos niveles de plomo. La poblaciónde Flint ronda 95,000 personas.

La crisis sanitaria se produjo una vez Flint se desconectó del sistema de acueductos de Detroit y utilizó el agua del río que lleva su mismo nombre, un cuerpo de agua contaminado por todo tipo de desechos industriales por más de un siglo, para suplir el líquido a la población. El cambio de la toma de agua se hizo para reducir costos. La decisión, empero, ha supuesto un impacto adverso todavía impreciso, pero de seguro más alto que los ahorros que perseguía la ciudad. El año pasado, el gobernador Snyder informó que la crisis de agua en Flint había resultado en una baja de 4% en el ingreso personal de sus habitantes.

“Esa crisis se produjo por no tener una visión hacia el futuro y por atender los problemas desde el nivel de la contabilidad y de recortar el presupuesto, exponiéndonos a un riesgo mayor”, dijo Hegarty. Agregó que la asignación de unos $140 millones en fondos federales para reparar la infraestructura de acueductos es un primer paso para la transformación de la ciudad que se ha puesto en marcha.

Sin descuidar los proyectos que ha llevado a cabo en Flint por casi un siglo, la fundación para la que trabaja Hegarty aportó $10 millones a “la gran negociación” que el juez Rosen articuló para Detroit.

“Fue por el liderato del juez (Rosen) y del equipo que creó, que tuvimos la oportunidad de invertir en el futuro sustentable de la comunidad y de la gente de Detroit. No solo fue poner una curita para resolver un problema y eso fue un cambio de paradigma para nosotros”, dijo Hegarty.

“La Gran Negociación”

Cuando era claro que Detroit no podría pagar su deuda pública y a los pensionados sin un disloque en los servicios públicos, la firma Houlihan Lokey -que asesora a los acreedores en la renegociación de la deuda de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) de Puerto Rico- junto a otros acreedores sugirió vender la colección de arte del DIA.

Para Rosen, esa alternativa era inaceptable, pues a su juicio, la historia de Detroit ha estado llena de episodios donde se “canibaliza” el presente, “hipotecando el futuro”. Así las cosas, Rosen procuró que en el proceso de mediación se protegieran los pensionados y se mantuviera la colección de arte en manos de los ciudadanos.

El juez tomó la palabra a Noland y una semana después, gracias a la gestión de la líder de la CFSM, Rosen tenía en sus oficinas a los ejecutivos de las fundaciones más grandes de Estados Unidos, entre ellas Ford, Kellogg, Kresge y Knight.

Al entender la situación, explicaron Rosen y Noland, quedaron atrás muchas de las inquietudes que surgieron entonces. Entre ellas, las premisas de que las fundaciones no trabajan en conjunto y no existen para resolver asuntos fiscales o hacer las funciones que competen a los gobiernos.

En total, las 12 fundaciones que participaron de “la gran negociación” aportaron $366 millones para comprar la colección del DIA, dinero que fuepareado por el gobierno estatal. El DIA comprometió otros $100 millones y otras entidades hicieron lo propio hasta reunir poco más de $800 millones. La suma, que apenas era una décima parte de la valoración de la colección del DIA, se utilizó para aportar al pago de pensiones.

Aparte de dinero, la llegada de las fundaciones, según Rosen, también dio credibilidad y confianza al proceso, forzando a los acreedores, aseguradoras y hasta las uniones a hacer concesiones y sentó las bases para la recuperación económica de Detroit. Esto, una vez diversas empresas decidieron invertir en la ciudad.

Un “tour” de Detroit

Según Rosen, si bien Puerto Rico no adoptaría iguales enfoques para lidiar con su crisis, el proceso de negociación en Detroit requirió de movidas poco comunes pero muy efectivas.

Por ejemplo, Rosen y luego Rhodes llevaron a bonistas, abogados y hasta jueces de otros estados en un “tour” de la ciudad para que estos vieran directamente los escollos que experimentaban los residentes, pero también las oportunidades de recuperación que podían gestarse.

Algunos de los acuerdos que impulsó Rosen (y que luego se identificaron con números como si fueran las nuevas actualizaciones de los sistemas operativos de un celular) se consumaron fuera de la corte. Tal fue el caso del recorte de 26 centavos de dólar que recibieron los bonistas en la barbería donde se acicala Rosen y que fue reseñado repetidamente por la prensa de la ciudad automotriz.

La clave es confianza

“Creo que lo importante en Puerto Rico, como pasó en Detroit, es crear un proceso donde puedan trabajar juntos, que tenga credibilidad y que dé confianza a la gente de que se encontrará un camino de futuro. Un proceso donde la gente pueda dejar a un lado el cinismo, la desconfianza, los intereses propios y los fantasmas de fracasos pasados”, dijo Rosen. “Creo que Puerto Rico puede encontrar su gran negociación”, insistió.

A preguntas de Negocios acerca de cuán difícil fue la negociación con los bonistas y demás acreedores, Rosen aceptó que aún cuando las negociaciones se llevaron a cabo mediante un proceso de mediación (cosa no vista en procesos de bancarrota), el proceso fue difícil, intenso y sin pausa. Anticipó que lo mismo le espera a Puerto Rico.

“Las negociaciones serán muy fuertes, con esperanza, pueden ser parte de un proceso (de recuperación) más amplio, que estén a cargo de profesionales y que no sea personal”, dijo Rosen.

“Puedes crear un litigio en las cortes y llevar años y años en eso, pero eso tampoco es muy productivo. Los únicos que ganan en los litigios son los abogados y se dedican los pocos recursos que hay a litigar el pasado”, advirtió Rosen al tiempo que subrayó que, desde su óptica, la bancarrota de Detroit no se trató de llegar a transacciones monetarias, sino de decisiones que afectan a las personas.


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