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Unas 200 familias puertorriqueñas aún están refugiados en hoteles de Florida Central. (horizontal-x3)
Unas 200 familias puertorriqueñas aún están refugiados en hoteles de Florida Central. (Carla D. Martínez/ Especial para El Nuevo Día)

Kissimmee, Florida - Unas 200 familias puertorriqueñas que huyeron de Puerto Rico luego de que el huracán Maria destruyera el país el 20 de septiembre aún viven refugiadas en hoteles de Florida Central.

Estas familias, de las 500 originales que recibieron vales para tener este alojamiento temporero, lograron que su estadía se extendiera hasta mediados del mes de febrero.

El portavoz del Centro de Asistencia Multigubernamental que el gobierno de Florida mantiene en la ciudad de Orlando, Ronnie Rivera, explicó que el resto consiguió vivienda, se albergó con familiares o regresó a Puerto Rico.

El Nuevo Día dialogó con tres de estas familias que siguen refugiadas y cuyas historias reflejan las diversas realidades y retos que enfrentan muchos de los puertorriqueños que salieron a buscar una mejor calidad de vida.

Son las crónicas de quienes dicen estar encaminados a cumplir su meta y el contraste de otros cuyos anhelos se han tornado en pesadillas.

Sueña por un techo seguro

Este año, el 14 de febrero no será un día de chocolates y pétalos rojos para Desiree Torres, de 31 años, y quien llegó a Kissimmee hace tres meses desde el barrio Guardarraya en Las Piedras.

Esa es la fecha que aparece marcada en un “vale” de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) como el último día que ocupará en la habitación de hotel en la que vive desde el 7 de noviembre y que comparte con tres hijos de 13, ocho y dos años. Fue el documento que le dieron el día que llegó al aeropuerto de Orlando tras acudir al Centro de Asistencia.

“No sé si después de ese día vamos a tener que dormir en la calle. Cocino y no puedo ni comer pensando dónde dormirán mis hijos y no sé si era mejor quedarme en Puerto Rico, aunque fuera comiendo las comidas que nos daban los militares”, dijo la mujer quien se trasladó a Kissimmee luego que el huracán María destruyó su vivienda y todas sus pertenencias. “Toda mi ropa cayó sobre los árboles de mangó del vecindario”, contó.

Cuando salió de la Isla, laboraba para una reconocida línea aérea y su plan era transferirse a una plaza que la misma empresa abrió en Orlando.

Quería ahorrar para conseguir un apartamento pequeño. Pero la plaza se canceló. Otro día, la llamaron de otra empresa aérea y el día de la entrevista solicitó un taxi para llegar al aeropuerto. “El taxista me pidió $72 por el viaje. En Uber eran $45. No tenía el dinero. No pude llegar”, contó.

Anticipando la posibilidad de quedar sin techo, narró que acudió a un albergue. Pero le indicaron que debía esperar de 30 a 90 días tras lo cual le dejarían saber si tenían espacio. “¡Yo no tengo ese tiempo! Me dijeron que, si tenía carro, pues que me quedara a dormir dentro con mis hijos”, aseguró.

Ha tratado de ingeniárselas paragenerar ingresos. En una ocasión se le ocurrió freír empanadillas en la pequeña cocina del apartamento. Las vendía a dos por $5. Luego amplió el menú y ofrecía carne frita con tostones. Los interesados tenían que apuntarse en una libretita y ella lo despachaba poco a poco. “Con el dinero pagaba el taxi para llevar los nenes a la escuela pues en ese momento no estaban registrados en el servicio de guaguas. En pagar transporte gasté mucho los primeros días”, dijo al aclarar que luego logró que le ofrecieran el servicio.

Pero su pequeña empresa gastronómica no duró mucho. La administración del hotel la regaño y le advirtió que ese tipo de negocio estaba prohibido allí. “Ahora sigo cocinando, porque ¡cocino bien rico papá!, pero lo hago para unas familias que hay aquí que no le dieron cupones y le preparo la cena. No cobro por eso. Lo hago de corazón, aunque tengo mis necesidades lo hago pues en la unión está la fuerza”, dijo.

Sigue buscando un empleo que le permita pagar un cuido para su hijo de dos años pues, explicó, al momento no tiene a nadie de confianza a quien encargarle al pequeño. Por lo demás, la joven tiene ayuda para comprar alimentos y tiene cuidados médicos a través de Medicaid. “Es la incertidumbre por un techo seguro lo que me quita el sueño”, contó mientras colaba un aromático café. “No lo cuelo con la media pues eso genera bacterias”, comentó.

Desiree dijo que su madre la ha llamado desde Puerto Rico invitándola a regresar a la Isla. “¡Con lo malo que están las cosas allá! Con todo y la incertidumbre, aquí me siento un poco más segura”, dijo. “No pierdo la fe de que antes de esa fecha pase algo”, dijo.

Mejores servicios para el pequeño Christian

Su apartamento en el residencial Luis Lloréns Torres en San Juan superó la furia del ciclón María, pero la falta de servicios básicos ya comenzaba a complicar su rutina diaria dominada por Christian, un nieto de cinco años que sufre del síndrome del niño sacudido.

María Báez, de 53 años, contó que el menor fue sacudido violentamente por un familiar, lo que le provocó daño cerebral.  Desde el incidente, el Departamento de la Familia y un tribunal determinaron que el menor debía quedar bajo su cuidado. El niño no camina y depende de una silla de ruedas o se arrastra ayudado de sus bracitos para moverse de un lugar a otro.

“Por ese asunto de salud le pedí a los de Fema que me dejaran venir a Orlando. Lo hice por Christian”, dijo la mujer. Horas antes de esa reunión con funcionarios de FEMA en el Aeropuerto de Orlando, había tomado un avión en San Juan con su nieto en brazos rumbo a esta ciudad. “Ese día que salí no sabía dónde pasaría la noche. Pero al llegar al aeropuerto aquí fui al lugar donde estaban las mesas de las agencias y cuando vieron al niño enseguida me ubicaron en este hotel”, contó.

Desde el 3 de noviembre vive en una habitación del Hotel Super8 en Kissimmee que cuenta con una pequeña cocina, dos habitaciones y una pequeña sala. Como ocurre con elresto de las casi 200  familias puertorriqueñas que pernoctan en hoteles, el vale que le entregó FEMA es válido hasta el 14 de febrero. Pero María dijo que el gobierno del Condado de Osceola ha encaminado con prioridad su caso ante el cuadro de salud del menor. Le han dicho que pronto tendrá un estudio o un apartamento en Kissimmee. “Tiene que ser aquí porque a Christian ya lo admitieron en un salón especial en una escuela elemental y debo estar cerca”, dijo.

Contó que en Puerto Rico no surgían opciones para el menor y que estuvo mucho tiempo en una lista de espera para recibir ayudas. “Pero aquí se me han abierto las puertas. El gobierno de Osceola y la Iglesia Metodista aquí me han ayudado mucho”, puntualizó.

María dijo que quiere quedarse aquí, pero aseguró que no busca vivir de la caridad. Quiere tomar clases de inglés para buscar un trabajo que le dé independencia económica. “Sí, extraño la Isla pues allá están mis hijos, mis cuatro nietos, mis amistades y mi comunidad”, dijo.

“!Mami!”, gritó Christian. “Así me dice él”, explicó María como disculpándose. El jovencito se impulsaba con sus bracitos a lo largo de la sala y se perdió dentro de un cuarto a toda velocidad. Sin dejar la conversación, María entró a una habitación y al segundo reapareció con el niño anclado en su costado.

Del rostro de la mujer nunca se desvaneció la sonrisa.

“Quiero quedarme aquí pues siento que me ha ido bien dentro de todo”, afirmó.

“Hemos pasado hambre”

Tras la puerta de la habitación 208 del hotel Apollo Inn en Kissimmee se escribe minuto a minuto la historia de Anel Rodríguez, su esposo Migdoel Cruz y un hijo adolescente de 16 años que se refugiaron aquí cuando su casa en Arroyo se sacudió con las poderosas ráfagas.

Llegaron el 13 de noviembre y viven en ese pequeño cuarto. Tiene dos camas, un baño, un lavamanos que utilizan de fregadero y junto al cual conectaron un sartén eléctrico para cocinar los días que hay comida qué preparar. Cerca está el área donde se supone se guarden las toallas. Pero ahora se usa como alacena. La privacidad es nula.

Llegaron aquí porque escucharon que había muchas ayudas para las familias boricuas y como ellos lo habían perdido todo, tomar un avión era la única alternativa. El alojamiento lo obtuvieron gracias a un vale que les dio FEMA. El problema es que expira el 14 de febrero y después de esa fecha no saben a dónde irán.

El día que este diario se tropezó con ellos, estaban en el estacionamiento del hotel preparándose para salir a una de varias instituciones que opera en esta zona y donde esperaban encontrar comida. “Son las iglesias las que nos han dado la mano”, dijo el hombre. Explicó que el Gobierno determinóque no cualificaban para recibir cupones de alimentos pues recibe ingresos de una pensión. “Pero lo que recibo por ser pensionado no nos da”, agregó.

Las gestiones para solicitar ayuda las realizaron en el Centro de Asistencia que el gobierno de Florida estableció temporeramente en el aeropuerto de Orlando. Por ese centro, que ahora ubica a cinco minutos de ese puerto aéreo, han pasado miles de familias que han salido de la Isla buscando refugio.

El gobierno de este estado estima que 300,000 personas han salido de Puerto Rico y han llegado a la Florida, pero esta cifra no es precisa en cuanto a la cantidad certera de boricuas que han llegado a esta región empujado por la crisis humanitaria que el huracán causó. Estudiosos en demografía han estimado que tomará al menos un año antes de que se completen censos que muestren las cifras reales acerca de la magnitud de esta mudanza masiva.

“Uno se levanta cada mañana y desayunas si hay que comer. A veces, cuando no hay dinero, pues te quedas metido en el cuarto todo el día”, dijo Anel. “Tampoco nos sentimos muy seguros aquí pues, a veces, de madrugada, la policía llega tocando a la puerta y ventanas pues se aparecen buscando a gente”, contó la mujer quien trabajaba como ministro en una iglesia episcopal en su comunidad y que explicó que sus padecimientos de ansiedad extrema y ataques de pánico le impiden trabajar.

El matrimonio ha tratado de evitar hablar de estos temas delante de su hijo para no causarle desánimo pues la decisión de mudarse aquí fue también para proveerle más opciones de futuro al adolescente. Pero saben que el muchacho se da cuenta de las cosas. “Alimento es lo que más nos hace falta. A veces mi hijo me dice que no tiene hambre, pero lo dice porque sabe que no hay nada. Otras veces le traemos de comer y le decimos que ya hemos comido, cuando no es cierto. Aquí se pasa hambre”, dijo la mujer. Su esposo la escuchaba silencioso. Al momento de la entrevista, el adolescente estaba en la escuela.

La pareja extraña la Isla porque según dijeron, aun en medio de la crisis, la siempre aparece una mano amiga que brinda ayuda. “En Puerto Rico uno comía hasta agarrando un guineo de una mata. Pero aquí todo hay que pagarlo. Hasta el agua y el hielo cuestan”, dijo al tiempo que reconoció que la violencia, la criminalidad, y la lentitud en el restablecimiento de los servicios son los asuntos que les hacen dudar sobre regresar al terruño. “Eso nos aguanta aquí”, dijo.

“En las noches, cuando voy a dormir, es como si viera una película: veo cómo el huracán cambió todo, cómo llegué aquí sin jamás haberlo planificado, pero aun así soy bendecida porque tengo un techo. Hemos pasado hambre, pero es mi hijo quien me da fuerzas para callarme y aguantar”, dijo la mujer.

“A las personas que consideran venir para acá, que lo piensen bien. No es como lo pintan. Hay una lista de muchas ayudas, pero a veces solo cualificas para una sola”, agrególa mujer quien dijo esministro ordenada por la iglesia episcopal y acostumbraba a recolectar alimentos, enseres y todo tipo de ayuda para los necesitados de su comunidad en Puerto Rico. Ahora es ella y su familia la que depende de la caridad.

Innecesario sufrir

Ninguna familia puertorriqueña debería pasar hambre o necesidades extremas pues hay diversos servicios disponibles para las familias refugiadas en la Florida Central, dijo Rivera, portavoz del Centro de Asistencia, en reacción a estos relatos.

Sin embargo, Rivera explicó que, si alguna familia no cualifica para los cupones, se le podría ayudar a través de otros programas como los que proveen organizaciones sin fines de lucro que operan bancos de alimentos, y si alguno ha recibido alguna respuesta negativa sobre otro servicio, podría solicitar una reconsideración.

En este centro coinciden diversas agencias federales que ofrecen asistencia social a las familias puertorriqueñas que han llegado temporeramente o permanentemente a esta zona. Hay funcionarios de FEMA, Salud, Educación, se tramitan identificaciones y licencias de conducir, cupones para alimentos, entre otros.

En una visita reciente al Centro de Asistencia Gubernamental, representantes de Fondos Unidos mostraron abastos de alimentos que están disponibles para quienes lo necesiten. Están disponibles gracias a una entidad llamada Second Harvest, explicó Delitza Fernandez, portavoz de Fondos Unidos.

Fernández abrió una de las cajas y en su interior había una batida nutricional, una lata de maíz, habichuelas, de atún, un empaque con comida militar, barras energizantes y una botella de agua.

“Queremos que la gente venga al Centro de Asistencia pues aquí tenemos todas las ayudas”, comentó por su parte Janice Alvarado de la organización sin fines de lucro Latino Leadership, entidad que mantiene en allí una mesa para asistir a las familias puertorriqueñas que llegan a la Florida Central.

El centro de asistencia del gobierno tiene una línea informativa que puede accederse a través del número 850-815-4135. También, a través del correo electrónico [email protected]


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