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Cuenta la historia que este pueblo de gente apasionada por la pelota que  hubo un lanzador conocido como Moncho el Brujo que le fue tan bien durante su carrera en el beísbol porque supuestamente era hijo de un hechicero que en cada partido llevaba sus velas y polvos  o “mata bruja” con los que sugestionaba  a los oponentes. Moncho, como era de esperarse, se convirtió en todo una sensación. Tanto así que de ahí se bautizó al pueblo de Guayama como la Ciudad Bruja.


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