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Junto a un grupo de jóvenes voluntarios, la exreina de belleza Mayra Matos, Miss Universe Puerto Rico 2009, hace todo lo posible para ayudar al Hogar Institución Amor y Esperanza. (José L. Cruz Candelaria)

Paredes de madera frágil dividen múltiples camillas en un mismo cuarto. Ventanas descascaradas apenas cierran y carecen de protectores de tela metálica. Hay baños sin lozas, sin botiquines, sin cortinas. Un antiguo sistema de luz se sobrecarga, tumba la energía eléctrica, interrumpe las actividades en medio del día. Lavadora y secadora dejan de funcionar al mismo tiempo. Comejenes se esparcen sobre el concreto. Estufa calienta a medias. Nevera no enfría suficiente. Azota el calor y los pocos abanicos soplan sin mucha fuerza.

Esta es la compleja realidad de 17 ancianos que viven en el Hogar Institución Amor y Esperanza, un rincón oculto detrás de una tienda de licores en Vega Baja. Justo allí, bajo el notable deterioro de una misma residencia, pasan la última etapa de sus vidas con la afectuosa atención diaria de extraños convertidos en familia.

"Sirviendo a nuestros envejecientes en su edad de oro", lee un rótulo metálico con letras deslustradas que, al lado de zafacones abiertos, da la bienvenida. El letrero ha sido bombardeado por las impurezas de palomas en pleno vuelo. Heces de aves marcan accidentalmente una vereda hacia la entrada, donde el grupo de personas entre las edades de 65 y 92 años espera la llegada de la tarde. Algunos observan; otros ignoran. Casi todos tienen Alzheimer y se desubican en espacio y tiempo cuando menos lo esperas.

"¡Ese es el hijo del doctor!", grita una señora. Sonríe mientras lleva su mano a la barriga y se estruja la camisa. Entonces se me acerca. "¡Tú eres el hijo del doctor!", insiste. "Pero estás más flaco, bendito", añade poco después, sin desconectar sus ojos de los míos. Consciente de cómo la condición le ha descontrolado la memoria, acepto su confusión con espontánea afabilidad. "Me voy a poner a comer", le comento y ella no para de reír. "Ay, yo lo quiero tanto a usted", me dice.

En su mente permanece grabada una imagen recurrente con un médico, señala María García Rodríguez, dueña y administradora del hogar regulado por el Departamento de la Familia. "Ella estaba sobremedicada cuando llegó aquí, pero ahora puede sonreír", explica quien ha dedicado la mitad de sus 47 años al cuido de ancianos. Mira cada rincón, pendiente al movimiento constante de sus ayudantes y a la urgencia de cada paciente. De pronto, algo se cae.

Una brocha llena de pintura termina en el piso. Múltiples necesidades afectan la estructura física del lugar, por lo que un grupo de jóvenes en busca de catarsis y "mejoramiento personal" ha extendido su mano amiga. La hazaña, sin embargo, es más difícil de lo que pensaban. Los voluntarios ahora necesitan más ayuda para completar la misión.

"Esto es a sudor y a pulmón", confiesa la administradora que casi termina de pagar una deuda de $32,000 con la Autoridad de Energía Eléctrica, acumulada tras una abrupta baja en la matrícula hace varios años. "Yo sigo de pie", destaca. "Ellos (los ancianos) dieron todo una vida para que nosotros (como sociedad) pudiéramos estar aquí. Ahora ellos necesitan de mí". Suspira, aprieta los párpados, luego mira una pared y sólo entonces sigue hablando. "Mis viejitos son mi adoración. Si no los tengo, me muero", subraya.

Observa en ese instante a una anciana que intenta bajarse de su cama con los ojos cerrados. Es ciega por la diabetes y hace todo lo posible para entrar su pie izquierdo en una sandalia de goma. Finalmente, agarra las sábanas mientras se pone de pie. Toca las paredes con las manos hasta alcanzar una diminuta nevera en la esquina de su alcoba. Abre la puerta, remueve un pote de agua, calma su sed. "¿Para dónde vas?", le preguntan, a lo que ella responde "para donde siempre". Segundos después se detiene frente al espejo y, aunque no ve su reflejo, decide peinarse. Toma asiento y enciende el televisor, pero lo apaga rápidamente cuando la saluda una voz conocida.

"Estamos viendo lo guapa que eres", expresa Mayra Matos, Miss Universe Puerto Rico 2009. Menciona que esta generación avanzada en edad es "pura sabiduría", por lo que tiene como meta aprender de ellos y descubrirse "humanamente" en el proceso. Antes de tomar la brocha y seguir pintando como integrante del equipo voluntario, la exreina de belleza se fija otra vez en la señora ciega. Algo de su pasado la sacude emocionalmente. "¡Se me paran los pelos!", exclama la modelo de forma repentina. Ha descubierto que varios ancianos llegaron con sarna a este cuido hace años, luego de que fueran trasladados de otro hogar que el gobierno cerró bajo señalamientos de negligencia.

Entre un estrecho pasillo y un cuarto abarrotado de apiñadas camillas, otra mujer permanece acostada y dormida. No tiene pierna derecha porque en otro lugar, hace un tiempo, no cumplieron con la medicación necesaria para controlar su avanzada condición diabética. "No le ponían la insulina", lamenta la dueña de su nuevo hogar, donde ocho empleadas se dividen las tareas en distintos turnos a lo largo del día. Precisamente una de esas ayudantes oye ahora el insistente murmullo de otro paciente y se dirige hacia él.

Cuando la asistente se aproxima al balcón, un hombre de cabellos blancos lo observa todo, aunque manteniendo el mentón levemente pegado a su pecho. Extiende su mano. Saluda, pero no se entiende lo que dice. Sonríe, comparte y, a pesar de que no intercambia palabras, escucha y parece estar presente en conversaciones casuales sobre el calor y la sequía que azota la mitad del país. "Está vivo de milagro", cuenta la cuidadora. Un accidente de auto pareció causarle muerte cerebral hace años. Vivía atado a máquinas y, cuando iban a desconectarlo, pudo despertar. Nadie entiende cómo, así que lo tildan de milagro. Hoy balbucea, mas logra encariñar con gestos de cortesía. Está sentado al lado de otra anciana que decide levantarse de su asiento y cojea hacia otro espacio. Su historia también conmueve.

"¿Dónde está la familia de ella?", pregunto.

"Solo yo", responde la administradora.

No tiene lazos de sangre y tampoco de afecto fuera de la gente que la cuida en el Hogar Institución Amor y Esperanza. Sin hijos, sin padres, sin hermanos, la mujer fue extraída y trasladada de la casa que compartía con un esposo cuyo paradero casi nadie conoce. "Sólo la alimentaban con líquidos y no la bañaban", lamenta. "Pero está tan mejor", agrega entusiasmada. "¡Mírala, mírala bien!", reitera. Cuando respondo su petición, alguien me grita.

"¡Tú eres el hijo del doctor!", escucho otra vez, "pero estás más flaquito, bendito".

Tiene Alzheimer y no se da cuenta de que, por encima del amor que siente y que no puede explicar, está completando su vida en una casa estropeada por el paso del tiempo. Pintura vieja se pela y deja al descubierto imperfecciones en las paredes. Lo que una vez fue un almacén ahora es techo de zinc caído. No hay espacios recreativos. Pasillos estrechos conectan habitaciones sin brillo.

"Todos, si tenemos suerte, vamos a llegar a viejos. Toda ayuda es bienvenida", concluye una cuidadora.

¿Cómo ayudar?

Interesados en hacer un donativo para el mejoramiento del Hogar Institución Amor y Esperanza pueden hacerlo a través de la cuenta 3004161377, del Banco Santander. Se aceptan artículos de primera necesidad, herramientas para remodelar, mueblería, enseres eléctricos, ropa y comida enlatada. Quienes quieran aportar con mano de obra pueden colaborar sábado y domingo, de 6:00 a.m. a 7:00 p.m. Más información llamando al 939-940-9177.


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