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Varios residentes en Santa Olaya abogan por el regreso del servicio eléctrico que carecen desde el huracán Irma

Detrás de su sonrisa y diminuto cuerpo encorvado, José A. Díaz López esconde a un guerrero. A sus 20 años, su lucha se intensifica a medida que pasan los días sin el servicio de electricidad a casi siete meses del paso del huracán Irma.

En ese tiempo, ha sido recluido en el hospital en dos ocasiones y recibe terapia respiratoria tres y cuatro veces al día debido a que los gases de la vital planta generadora de electricidad complican su condición de asma crónica.

Esa terapia solo es posible si se enciende la planta eléctrica que precisamente genera los gases que tanto afectan su respiración.

Y así, sin otra alternativa, sus padres, Verenis López y Omar Madero, gastan semanalmente $70 para comprar gasolina, sin sumar el cambio de aceite del generador.

El gasto está fuera del presupuesto de la familia y les lacera el bolsillo, pero saben que deben mantener fríos en la nevera los medicamentos y suplementos alimenticios para su hijo.

Por sus condiciones de escoliosis severa, hidrocefalia y el síndrome Russell, José debe estar en un lugar con temperatura controlada, lo que obliga a encender el acondicionador de aire.

Como él, hay más personas en el sector Collores del barrio Santa Olaya, en Bayamón.

“El sector más grande que tiene Santa Olaya es Collores, donde estamos, donde residen muchas personas encamadas, donde residen muchos ancianos de tercera edad que necesitan servicio eléctrico, aunque sea para dormir cómodos con abanico, personas con impedimento e impedimento respiratorio como él (José) que necesitan su servicio de energía eléctrica para darse terapia”, explicó Madero.

Ivette Pagán Cuadrado cuida a su padre de 90 años con todas las dificultades que representa tenerlo postrado en una cama de posiciones que no funciona por la falta de electricidad. Para sobrevivir, Ramón Pagán Cruz depende de máquinas de alimentación, de succión y de terapia respiratoria que operen las 24 horas del día, lo que logra con dos generadores eléctricos que alterna.

El cansancio acumulado de Pagán Cuadrado es evidente. El trabajo parece interminable, desde lavar las grandes cantidades de ropa de su padre hasta velar que no se quite las mangas que lo alimentan. No tiene posibilidades de ser relevada porque su hermana cuida a su madre en un hospital.

“Ya son muchos días y muchos gastos de gasolina. A veces no tenemos (dinero), pero estamos aquí en la batalla. Necesitamos que por favor nos ayuden con la energía eléctrica”, urgió Pagán Cuadrado.

No muy lejos, en el sector Camino Avilés del mismo barrio, en una casa cuyo interior está casi en penumbras en pleno mediodía, Domingo Vázquez Ortiz, de 86 años, aguarda por ayuda desde su silla de ruedas. El huracán María despegó las planchas de cinc del techo y dejó pequeños huecos por donde se cuela la lluvia.

Elsie Vázquez Merced, recién operada, levanta a su padre de 155 libras de peso y lo baña en el área de almacén de la casa, donde hubo que improvisarle una ducha porque la estrechez de los pasillos y del baño no permiten la entrada de la silla de ruedas. Vázquez Ortiz duerme en cama de posición eléctrica al igual que su esposa, quien usa insulina, que debe mantenerse refrigerada.

Genara, de 72 años y hermana de Vázquez Ortiz, vive dos casas arriba. La estructura donde residía originalmente, en un segundo piso, perdió todo el techo con el huracán. Tuvo que mudarse al primer piso con las pocas pertenencias que no perdió con la lluvia y el viento. En una nevera, guarda el hielo que sus hermanos le comparten para que conserve algunos alimentos.

La comunidad de Camino Avilés está compuesta en su mayoría de personas mayores.


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