Hace un año, Rosa María Irizarry falleció tras batallar el cáncer por más de una década. El ejecutivo municipal Carlos Delgado Altieri sigue en duelo y cuenta cómo mantiene un vínculo inigualable con la mujer que siempre lo inspiró.

El tiempo borra lo efímero, lo superficial, lo intrascendente. Lo que jamás puede anular es lo profundo, lo valioso, lo verdadero.

Siempre están los recuerdos como sólidos aliados de lo que nos marca la existencia de por vida.

El primer aniversario del catastrófico huracán María evocó el tormento del alcalde de Isabela, Carlos “Charlie” Delgado Altieri, de tener que conectar a su esposa a un tanque de oxígeno, en el Centro de Operaciones de Emergencia (COE) del pueblo, cuando la infraestructura de electricidad del país estaba hecha añicos. Revivió la angustia de ver cómo, poco a poco, se apagaba la vida de su compañera de 35 años, al mismo ritmo que la gente iba internalizando la magnitud de la tragedia. Rememoró el momento preciso en que él se acercó al oído de ella para pedirle que no luchara más, que era hora de partir y, así, su corazón se detuvo y se fue.

La primera dama de Isabela, Rosa Irizarry Silvestrini, fue declarada muerta hace exactamente un año, un día como hoy, a la 1:00 p.m., justo 14 días después del ciclón que devastó a tanta gente.

Fue una experiencia devastadora que tocó muy fuerte a su familia, pero que también se replicó en la solidaridad y el acompañamiento de muchos para el también secretario general del Partido Popular Democrático (PPD).

Sus últimos días, Rosa los pasó en un pequeño cuartito con dos literas en el COE, junto al alcalde, sus tres hijos y tres nietos. Casi no podía respirar, pero no se quejó.

Al final, el cáncer cobró su vida.

Lidiar con la ausencia de Rosa ha sido cuesta arriba. Delgado Altieri intenta mantener su agenda bien ocupada, la mayor cantidad de las horas que tiene el día, como un antídoto a la nostalgia y tristeza. No solo se encarga del municipio de Isabela, sino que es la mano derecha de su amigo y presidente del PPD, Héctor Ferrer, quien ha estado ausente de la colectividad por razones de salud.

¿Cómo ha sido este año sin su esposa Rosa?

—Bien difícil... Era mi compañera de tantos años. La persona que amaba y sigo amando. Ha sido un proceso de adaptación que no ha sido fácil de llevar.

¿Qué hace para intentar superar su ausencia?

—Trato de mantenerme ocupado lo más que puedo durante el día y la noche, y tratar de llegar a la casa a descansar. Pero su recuerdo está constante en todo lo que hago.

Delgado hace una breve pausa. Es evidente que la emoción lo atrapa. Es un dolor que evidentemente no lo abandona.

“Todos los días, ella está presente. Hacer las cosas cotidianas y que ella no esté presente me golpea fuerte. Había muchas cosas que hacíamos juntos, no solo de la familia, sino del quehacer diario. Era una parte importante, una especie de asesora, unavisión neutral de las cosas que tenía a mi alrededor. Eso ayuda a uno a discernir y tomar decisiones”, dijo.

La vida completa cambia...

—Todo se trastoca porque ese ser amado no está. Su ausencia en las cosas sencillas del día. El desayunar, ir a la cama al acostarse uno y su ausencia, ese vacío. Ver sus cosas, nuestra casa. Es algo bien duro de manejar.

¿Qué lo fortalece?

—Pongo toda mi fe en el Señor y es el que me fortalece en momentos de dolor y de inseguridades que a veces tenemos. Uno invoca al Ser Supremo y, de igual forma, uno busca dentro de su recuerdo y memoria. ¿Qué me diría bajo una circunstancia como esta?

Ha pasado un año y tiene el anillo de matrimonio, ¿cuán importante es seguir usándolo?

—Es parte de nuestra relación, es el vínculo, el lazo. (Se le quiebra la voz) Lo tengo y lo tendré siempre. Deshacerme de eso es imposible, es difícil porque es lo que representa mi unión con ella y no hay manera de poderlo dejar en un gavetero. Decidí que lo voy a llevar siempre conmigo, al igual que este crucifijo.

Entonces, Delgado saca de su camisa un crucifijo que lleva colgado en el cuello. Su esposa lo usó desde el día en que le dieron el diagnóstico de que el cáncer había vuelto por tercera vez, hasta que falleció.

“Lo llevo siempre conmigo”, recalcó.

¿Quién le dio el crucifijo a su esposa?

—Habíamos salido de la oficina del médico, en la última recaída, cuando le informaron que el cáncer había regresado otra vez. Ese día, había una misa de sanación a la que ya teníamos programado ir en la iglesia La Milagrosa, en Aguadilla. Estando allí, en medio del servicio, un diácono que está en el altar hablando dijo que sentía que había alguien que le dieron una noticia reciente sobre una situación difícil y que acababa de recibirla del médico.

¿Y qué hicieron al oírlo?

—Estaba llena la iglesia. Nos quedamos quietos. Nadie se paraba. Nos miramos y nos pusimos de pie. Él la llamó y le entregó el crucifijo. Le dijo: “Ten paz y tranquilidad porque el Señor tiene el control de todo”. No importa qué, siempre lo tengo.

¿Qué le da el llevar puesto ese crucifijo?

—Me da paz. Es como estar cerca de ella y de Dios.

¿Qué es lo más que extraña de Rosa?

—Su presencia, su consejo diario, su fortaleza. En los momentos difíciles, se mantenía con mucha fortaleza espiritual, y eso lo extraño mucho. Ella era un ser que me daba a mí, a mis hijos, a la familia, mucha estabilidad, seguridad. Sabía cómo manejar situaciones difíciles con mucha serenidad y dar el paso correcto en esos momentos desesperantes. Extraño mucho eso de ella.

¿Qué aprendió de todo ese proceso?

—Con todo ese proceso, aprendimos mucho de ella, mis hijos y yo, y tratamos de seguir su ejemplo, vivir y mantenernos unidos, queera lo que siempre nos decía. Su presencia en la vida familiar, de compartir esos domingos con los hijos y los nietos. Los viajes que podíamos dar, Disney, que ese era su destino siempre. Todo eso lo extrañamos tanto y lo lloramos casi a diario.

¿Cuán difícil ha sido volver a ese cuartito en el COE donde ella se mantuvo durante el huracán y los últimos días de vida junto a su familia?

—Yo no lo he vuelto a frecuentar. Voy al Centro, pero a otras partes de la instalación, no a ese cuarto porque aún emocionalmente se me hace muy difícil. Allí está el lugar donde estuvimos en sus últimos días, sus últimas horas, como familia, y ella pendiente de los acontecimientos del huracán.

El centro que se abrió durante la emergencia del ciclón María, a instancias de Rosa, para que se le proveyera oxígeno a pacientes que -como ella- lo necesitaran, forma parte del plan integrado del municipio de Isabela para la época de huracanes, que se mantiene activa hasta noviembre.

La primera dama fue cremada, y sus cenizas, Delgado las guarda en la residencia que compartían.

¿Qué hizo con las cenizas de su esposa?

—Los restos los tengo conmigo. Están en mi casa, en un lugar muy especial. Yo sé que son sus restos, que lo importante es el aspecto espiritual y sé que ella está con el Señor, pero tenerlos cerca de mí me da cierta sensación de presencia.

¿Ha soñado con ella?

—No, pero familiares míos sí han soñado y ha sido una experiencia bien bonita.

¿Qué han soñado?

—Una sobrina, Dalma, hace poco me dijo: “Tío, tití me habló. Yo veía que ella me estaba mirando insistentemente y tuve que preguntarle porqué me perseguía y me miraba tanto”.

¿Y qué le dijo Rosa en el sueño?

—Lo que ella le dijo en el sueño fue: “Quiero que tú le digas a la familia, a todos, que estoy bien. Que estén tranquilos porque me siento bien y estoy bien. Dícelo a Edna, que ella va a entender”.

¿Quién es Edna?

—Mi hermana mayor. Es un ser bien espiritual y, entre ambas, tenían mucha comunicación. Por eso, me llamó la atención ese mensaje, porque sé que, entre ellas, había un lazo espiritual fuerte. Cuando le dice a mi sobrina en el sueño: “Dile a Edna, que ella lo va entender y lo va a transmitir”, es un mensaje fuerte y poderoso, sobre todo cuando mi sobrina no conocía de ese lazo fuerte entre mi esposa y mi hermana.

¿Qué le da ese mensaje?

—Mucha paz y tranquilidad, sabiendo que ella está al lado de El Señor.


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