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Los pueblos del centro de Puerto Rico batallan con altas tasas de desempleo y elevados niveles de pobreza

Adjuntas - Son las 2:00 de una tarde lluviosa que se mueve lenta como un reptil en el colmado “La Esquina Alegre”, donde su dueño, Edwin Román, única alma en el lugar, juega solitaria sobre el mostrador. La tienda, que ubica en una pronunciada curva del sector Carretera Valdés de este municipio, y al que da la bienvenida un desgastado anuncio de metal de la cerveza puertorriqueña Corona, que no se produce hace más de 30 años, hace tiempo que no hace honor a su nombre.

“Han venido tres personas hoy”, cuenta Román, de 67 años, con un destello de resignación en el semblante. “Entre los primeros dos gastaron seis pesos y el tercero fue fia’o. Las ventas han bajado a más de la mitad. Yo, la verdad, estoy aquí por entretenerme, por matar el tiempo”, precisa el hombre, ahora con una sonrisa triste.

La vida en el resto de Adjuntas no es muy distinta de la desolación que se ve en esta pendiente de perros taciturnos merodeando entre zafacones y un silencio denso que apenas es rasgado por algunos pájaros cantando a lo lejos, el acento mexicano que sale de algún televisor cercano o el beat del reguetón que acompaña a los carros que pasan ocasionalmente maniobrando por las curvas por las que se llega aquí.

La escena tampoco es muy distinta de la que se vive en el resto de los pueblos de la montaña.

Vulnerable ante la crisis

Puerto Rico enfrenta una monumental crisis económica, apuntalada por la insolvencia del gobierno, que ha durado ya 11 años, que no tiene conclusión a la vista y que ha causado que la población total de la isla se haya reducido en 9% desde el 2010 hasta hoy

La crisis se siente en todos los rincones, pero está golpeando con saña particular en el interior del país, que desde mucho antes del desplome económico del gobierno tiene un cuadro socioeconómico mucho más vulnerable que el resto de la isla y está, por lo tanto, menos preparado para hacer frente a las complejidades de la situación.

Los pueblos de la montaña, que para efectos de este análisis son Adjuntas, Maricao, Barranquitas, Comerío, Ciales, Orocovis, Lares, Las Marías, Jayuya, Corozal, San Sebastián, Morovis, Villalba, Utuado, Naranjito y Aibonito, batallan con altas tasas de desempleo, elevados niveles de pobreza y con un éxodo, que en ocasiones, supera en promedio al del resto de Puerto Rico.

Se sale uno de las grandes urbes concentradas en la costa, penetra en la fisonomía más profunda del país y, en medio del exuberante verdor, las húmedas colinas y los caudalosos ríos, queda expuesto un devastador cuadro de pobreza, desempleo, analfabetismo, aislamiento y marginación.

(Claudia Pascual/Especial para El Nuevo Día)

Hay bolsillos de pobreza notables en las zonas sureste de la isla, sobre todo en la franja que va desde Guayama a Maunabo, y también en el suroeste, desde Peñuelas hasta Lajas.

Pero donde está la mayor concentración de pobreza, desempleo y baja escolaridad en la isla es en los pueblos adyacentes a la cordillera central.

Cuando se habla del mapa de la pobreza, esa zona resalta como una enorme mácula en el mismo corazón de la isla.

Caravana de pobreza

De los 10 pueblos más pobres de Puerto Rico, seis son de la montaña. De los 20 más pobres, 10 están desperdigados por estos montes. Los tres pueblos con los porcentajes más altos de población bajo nivel de pobreza en Puerto Rico son aquí: Maricao (64.2%), Adjuntas (61.7%) y Barranquitas (61.2%). El porcentaje de la población total de Puerto Rico bajo el nivel de pobreza es 45.5%.

En todos los pueblos de la montaña, menos Aibonito y Naranjito, la mayoría de sus habitantes viven bajo el nivel de pobreza.

“Mientras más lejos vives del área metropolitana, más bajas tus probabilidades de participar en actividad económica importante y vigorosa. Es más difícil acceder al mercado laboral”, dijo el economista y estudioso de la pobreza José Caraballo Cueto.

En los pueblos de la montaña, viven, según el estimado de 2016 de la Oficina del Censo de Estados Unidos, 375,108 personas, 28,934 menos que las que fueron contadas en el censo de 2010, para una reducción de 8%.

Aunque la reducción, en términos globales, es un punto porcentual menor que la experimentada por la totalidad de la isla, en algunos pueblos de la zona los éxodos  son brutales. 

Lares, por ejemplo, perdió durante el periodo examinado el 15% de su población; en el caso de Las Marías, la reducción fue de 14%. Villalba perdió el 13% de sus habitantes, Utuado el 12%, y San Sebastián y Jayuya perdieron el 11% cada uno.

(Claudia Pascual/Especial para El Nuevo Día)

“En esta zona, los adultos mayores viven con la idea de que este es su espacio, este es su lugar y no buscan otras oportunidades. Los jóvenes sí buscan otras oportunidades. Muchos se han ido a Estados Unidos. Los jóvenes tienen el deseo de salir del área donde viven y romper con este ciclo”, dijo Heriberto Martínez Piña, trabajador social del Hospital General Castañer, que da servicios en ese apartado poblado lareño y tiene clínicas en Adjuntas y Jayuya.

Martínez Piña dijo que el 25% de los pacientes registrados en el Hospital General Castañer tiene más de 70 años.

Abunda el desempleo

La tasa de desempleo en Puerto Rico, en abril de este año, – la última difundida – era de 11.5%.

Salvo Barranquitas y Corozal, en todos los pueblos de la montaña las tasas superan el promedio de Puerto Rico y hay, incluso, un par de municipios que la duplican. Maricao, por ejemplo, tiene la tasa de desempleo más alta de todo Puerto Rico, con 24%, seguido por Lares, que con 22.7% de desempleo tiene la segunda tasa más alta de todo Puerto Rico.

En los pueblos de la montaña, también están los niveles de escolaridad más bajos de todo Puerto Rico, empezando por Las Marías, en el que apenas poco más de la mitad de sus habitantes, el 52.5%, de la población terminó su cuarto año.

En el caso de Maricao, solo el 55.5% terminó su cuarto año. Excepto Aibonito, que tiene un nivel de escolaridad de 73.5%, medio punto porcentual más alto que el total de Puerto Rico, en todos los pueblos de la montaña hay niveles de escolaridad más bajos que en el resto del país.

Lourdes Santiago es una de las que sobrevive sin su cuarto año. La mujer de 52 años trabajó por muchos años limpiando casas y planchando, pero una lesión en la espalda, más un pequeño infarto, le impidieron continuar ganándose la vida de esa manera.

Vive ahora de ayudas gubernamentales en una pequeña casa de madera rentada en Sal Si Puedes, un arrabal compuesto de casuchas amontonadas unas sobre otras, incrustadas en una pedregosa colina cerca del casco urbano de Adjuntas.

"El vago come y bebe..."

En la diminuta casa vive con tres de sus cuatro hijos varones de 19, 18 y 14 años. El mayor, de 25 años, se mudó a Caguas y trabaja como barista. Los de 19 y 18 años estudian justicia criminal en Ponce, que queda como a una hora de Adjuntas, gracias a que uno de ellos es también barbero y logró comprar un carrito en el que ambos viajan a la universidad.

“Yo los crié sola”, dice y agrega: “salieron buenos, pero para que no me caigan en vicios tengo que estar todo el tiempo detrás de ellos”. De la casa, por la que se supone que pague $225 mensuales, pero que da solo $200 al dueño, destaca que le gusta porque  “cuando llueve no se moja”.

(Claudia Pascual/Especial para El Nuevo Día)

Le preocupa, sí, que la línea de gas cruza por la sala. No la puede colocar por fuera porque desconfía de algunos de sus vecinos.

“Esto es bien tranquilo. Hay uno que otro que, ya tú sabes… pero no se meten con una”, dice, mirando de reojo como para cerciorarse de que nadie la oye.

En un estrecho callejón de Sal Si Puedes vive también Ana Elba Soto, de 74 años. Recibió a El Nuevo Día en el balcón de una casa de cemento, enrejada, que es propiedad de su hermano, de 67 años, al que cuida 24 horas, siete días a la semana, porque está encamado y no puede valerse por sí mismo tras sufrir un derrame cerebral. 

“Mi hermano está bien malo. Él es primero que todo”, dice.

La mujer fue por 32 años conserje en el Departamento de Salud y ella y su hermano, que nunca trabajó porque condiciones de salud se lo impedían, sobreviven apenas con una pensión de $400 y su cheque de seguro social.

“Eso no es mucho para lo que yo me maté y trabajé. El vago come y bebe sin trabajar y una que trabaja tiene que matarse”, dice.

Ana Elba sabe de los problemas económicos del gobierno y teme mucho que le recorten la pensión que es el mayor sustento de ella y de su hermano. “Eso es dinero de nosotros. Es no nos lo dio el gobierno. Eso se lo sacaban a uno del cheque”, afirma.

El aislamiento

El doctor José O. Rodríguez, director médico del Hospital General Castañer, dice que el aislamiento en que viven muchas comunidades de estos pueblos, la ausencia de especialistas en la zona y la falta de medios de transporte masivo, hacen que muchas personas no puedan completar los tratamientos para sus condiciones de salud.

Para ir de un barrio que queda a hora u hora y media de San Juan o Ponce, una persona de por aquí tiene que contratar a un familiar o vecino que lo lleve y pagarle la gasolina, el peaje, quizás hasta el almuerzo, algo muy difícil cuando se vive con $300 o $400 al mes.

“El problema de la movilidad impide que la gente complete sus tratamientos”, dijo el doctor Rodríguez, quien es natural de San Sebastián y lleva 27 años practicando la medicina en esta zona.

(Claudia Pascual/Especial para El Nuevo Día)

La pobreza, además, impacta de manera negativa la forma en que se alimentan. “Los hamburgers son baratos y la comida nutritiva es más cara”, dijo Rodríguez.

El economista Caraballo Cueto dijo que la zona central es víctima de las políticas gubernamentales que han centralizado la producción de bienes y servicios, así como el funcionamiento de las agencias públicas, en la zona metropolitana.

La isla en general, y la zona montañosa en particular, han quedado, por lo tanto, rezagadas con respecto al resto del país.

Caraballo Cueto cree que una medida que podría tomar el gobierno a plazo relativamente corto es sacar algunas de las agencias de de San Juan.

“El gobierno tiene 200,000 empleados, casi todos en la zona metropolitana. Hoy día, con vídeoconferencias, internet, llamada en conferencia, no hace falta uno estar presente para reunirse. Si se saca la mitad de esas agencias a pueblos limítrofes puedes impactar estos municipios y descongestionar a San Juan, que también es un beneficio para nosotros”, dijo Caraballo Cueto.


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