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La decisión de parir en su casa la había tomado desde antes de enterarse que estaba embarazada. Su mayor preocupación era no alcanzar la concentración que necesitaba para enfrentar el proceso de manera que pudiera transmitirle paz a su bebé.

Aby Hernández lleva ocho horas y media con contracciones. Son las 9:00 de la mañana y su mamá, Sylvia Rodríguez, me recibe en la entrada del edificio santurcino: “Lo que está pasando allá arriba es intenso”.

Me cuenta que sus tres hijas nacieron por cesárea, por lo que está absorta en una experiencia nueva tan emocionante como aterradora.

Aby, de 33 años, está sentada en un sillón blanco con su cabeza rapada recostada hacia atrás, los ojos cerrados y las piernas abiertas. Con cada contracción emite un gemido profundo que parece más un mantra que una queja.

Lo único que delata su molestia son sus ojos y cejas fruncidas.

En total concentración estira su cuello lentamente hacia cada lado y mueve sus caderas en círculos para relajar las contracciones. Cuando aumentan se agarra del cuello de su esposo, Fernando Vélez. Paloma le masajea la espalda baja con un aceite de semillas y flores que huele por el apartamento.

Paloma es la doula, palabra que viene del griego “esclava”. Su función es hacerle el parto placentero a Aby mediante masajes, técnicas de relajación, aromaterapia, músicoterapia y otros ritos de relación.

También le acompañan Vanessa Caldari y Michelle Pérez, las dos parteras que a cada hora le verifican la presión y los latidos del bebé.

En el apartamento no hay aire acondicionado, pero no hace calor. Tampoco hay luces prendidas. El sol alumbra. Unas cortinas marrones opacan la claridad. Las horas transcurren pesadas mientras Aby entra y sale de la bañera buscando estar cómoda. Las dos parteras reaccionan a sus movimientos.

Vanessa asegura que las mujeres saben parir y las comadronas, como les llamaban popularmente hace más de 50 años, solo son herramientas que las ayudan a encontrar sus capacidades innatas.

El hospital es para los enfermos

“El hospital es para emergencias y para gente enferma. Una mujer embarazada no está enferma. Yo estoy horrorizada”, expresa Sylvia mientras conversa sobre la escandalosa cifra de cesáreas en Puerto Rico: el 47% de los nacimientos.

Aby, quien es instructora de zumba, sabe que tomó la ruta menos usual para parir a Fehr Alejandro, su primogénito.

Solo unas 250 mujeres al año paren en su casa en Puerto Rico, según Vanesa, quien es partera, educadora perinatal y coordinadora del Centro Mujeres Ayudando a Madres.

“Todo este proceso ha sido uno de mucha educación”, dice Sylvia al reconocer que, al principio, estaba preocupada con la determinación de su hija. Esa preocupación que se refleja por instantes en su mirada.

Fuera de la bañera, Aby se mantiene parada moviendo su pelvis. Se abraza a Fernando, coloca su cabeza en su pecho y él le acaricia la espalda y le masajea las caderas para aliviar la presión.

Aby está incómoda, pero no se queja. Está en un trance. Las parteras y la doula parecen intercambiar la carga del sueño.

Una descansa por la otra en lapsos cortos.

A las 12:17 cierran la puerta del cuarto. Sale Sylvia, suspira y sonríe. Se sienta frente a un pequeño altar budista y medita frotando un rosario entre sus manos.

En pocos minutos salen las parteras. “Ya pronto. No pronto, pronto, pero en las próximas 12 horas”, dice Vanessa.

A la 1:00 p.m., Aby se mece, arrodillada en la cama, con la mitad del cuerpo sobre una bola medicinal. Sylvia está arrodillada frente a ella agarrando sus brazos. Se escucha bajito un sollozo. Escucho a Sylvia recitar. “Nam – Myoho – Rengue – Kyo”. María Inés, fotógrafa y amiga de Aby, me explica que el mantra significa sacar fortaleza, sacar lo mejor de sí.

“Tú eres fuerte, tú eres valiente”, le repite entre devociones.

A las 2:33 p.m., las parteras acomodan sillas, cubos, pequeños bultos, toallas, pads, mantos de bebé y un pote de aceita de oliva.

Aby se mantiene de pie, sus ojos apretados y cejas fruncidas. Sube cada rodilla hacia el pecho y se pone en cuclillas con cada contracción. Gime fuerte, pero bajito.

“Sigue tu cuerpo”, dice Vanessa.

Preparan un antibiótico que se aplica como un suero cada seis horas. “No tienes sangre en tus venas. Estás deshidratada. No te asustes, esto es normal. No puedes dejar que tu mente te domine, mantente positiva que lo estás haciendo bien”, reafirma Vanessa.

“Ábrete a él”. Aby mantiene su mirada fija hacia al frente. Respira hondo. Los latidos rápidos del bebé se escuchan a través del “doppler”. El cuerpo de Aby, hinchado y morado, se está abriendo. Gotea sangre.

“No te trinques, él está pasando este momento contigo. Ábrete a él”.

Aumenta el dolor. Los gemidos son cada vez más altos y constantes. “No lo pelees. Vive el proceso. Lo estás haciendo bien, lo estás haciendo súper bien”, repite Vanessa.

Aby regresa a la bañera.

A las 4:48 p.m. se escuchan sollozos desde el baño. Fernando se mantiene al lado. Le agarra la mano. El movimiento rápido de su talón revela el nerviosismo.

La determinación de Aby de parir en su casa se tambalea. “Está cansada. Está a punto de rajarse y está bien cerca, pero está cansada”, me dice Sylvia. La tensión se expande por el apartamento. “Está desesperada. Ella quiere parir aquí. Está dilatada, pero el bebé no está alineado”.

Aby se veía de frente con sus temores. Michelle y Paloma acomodan varios bultos frente a la puerta. “Vamos a tratar una vez más, si no nos vamos movilizando”, dice Vanessa. Fernando ayuda a llevarla al cuarto.

“Va a hacer un esfuerzo”. “Ella está con sus parteras. Va a hacer un esfuerzo”, dice Sylvia mientras se sienta junto a su esposo frente al altar. Pasan los minutos y el mantra cobra intensidad. Es opacado en ocasiones por gemidos. De afuera del apartamento entra el sonido lejano de un saxofón.

Aby descubría los límites de su cuerpo. Estaba lista para alzar las manos y entregarse al dolor y el cansancio cuando rompió fuente.

Con cada gemido, Sylvia entra y sale del cuarto, se frota las manos con la cara y continúa meditando. “No sé de dónde está sacando la fuerza. Ya se ve la cabeza así”, dice haciendo un círculo con su dedo índice y pulgar.

Con la noche, los gemidos son cada vez más fuertes y constantes.

A las 7:17 p.m. ya está oscuro. Una linterna y el flash de la cámara son lo único que alumbran el cuarto. Aby está sentada entre las piernas de su mamá, quien le aprieta fuerte las manos.

Puja. Tiembla.

Paloma la abanica y le seca el sudor de la cara. La cabecita de Fehr Alejandro se asoma lenta. Aby la soba con la punta de tres dedos. Respira hondo. Puja. Su cara expresa fuerza y angustia. Su cuerpo se expande de una manera sublime. Sigue pujando.

“¡Vamos, más duro!”, dice Vanessa. “Dale Aby, que ya está ahí. Vamos a moverte de posición”.

“¿No se mete?”, pregunta Fernando. Las parteras ríen.

Paloma le cruza el brazo izquierdo por encima de sus hombros y la ayuda a levantar. “¡Salió la cabeza!”, dice Vanesa mientras se agacha para coger el cuerpecito de casi 10 libras que comienza a llorar. Todos lloran.

La sangre, que no es mucha, se esparse por el piso. Aby cae de espalda en la cama con su bebé acostado en el pecho. Sus ojitos achinados y labios gruesos, se van abriendo con cuidado. Su cuerpo se estira y es casi del largo del torso de Aby. Fehr tiene su cabecita acomodada en el cuello de su mamá. Sus pequeños brazos la abrazan. Sabe dónde está.

El instante es estremecedor. Sentir la euforia al ver cómo ese bebé abre sus ojos y conoce el mundo de la manera más pura, más natural posible, transforma.

Una hora después, Fehr está limpio buscando el pezón de su mamá. Lo pesan, miden, sacan la placenta, el padre corta el cordón umbilical. Sylvia trae de la cocina un bizcocho de zanahoria y todos le cantan.

Las parteras limpian mientras padres y abuelos son cautivados por la criatura que apenas se descubre. Lo que logró Aby impresiona. En su rostro no hay huella del dolor.


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