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Vista desde la distancia, la colonia luce como lo que es, un esperpento. Y pocos tiempos recientes como los de las últimas tres semanas para observar desde lejos cómo se desdoblan los últimos retazos de la mortaja de una ficción bautizada como Estado Libre Asociado.

Desde el otro lado del Atlántico, y en medio de las vacaciones estivales, junio ofrecía más de una promesa. Además de los días de descanso, el comienzo del verano auguraba  tres zarpazos imperiales que, aun desde aquel escenario, serían imposibles de ignorar.

El primero llegó mientras paseaba por una ciudad centroeuropea de pasado imperial. Por más que me había propuesto eso que los vacacionistas llaman “desconectar”, el teléfono-cámara siempre a la mano y el internet inalámbrico y gratuito me obligaron a leer los apellidos Sánchez Valle cuando me encontraba a los pies de un monumento.

Con una rápida lectura, me enteré de que, como se anticipaba, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos había dejado claro que, en Puerto Rico y en los asuntos que le competen, la última palabra la tiene el Congreso estadounidense.

Pero hay verdades que, por conocidas, no dejan de ser dolorosas.

Y por aquello de que el dolor compartido es, a veces, más llevadero, relaté nuestras desgracias económicas, fiscales y políticas a un grupo de periodistas españoles que, al saludarme y saberme boricua, me pidieron que les explicara qué era aquello tan extraño que se estaba reportando ese día desde la isla.

Me dijeron que habían leído sobre la decisión del Supremo en una historia que había remitido la agencia internacional de noticias para la que trabajan, pero que, aun así,  no entendían nada.

“¿Pero ustedes tienen pasaporte americano?”, fue una de las primeras preguntas que, como suele suceder, abrió la puerta para intentar explicarles.

Que la isla es una colonia, lo sabemos muchos puertorriqueños desde hace décadas -aunque haya unos pocos que, por sorprendente que parezca, digan haberse enterado hace tan solo unos días-. Sin embargo, la cristalización de esa realidad, como muchos en Puerto Rico y en la diáspora han entendido los más recientes acontecimientos, no parece  tan evidente para algunos que no han vivido bajo la subordinación colonial.

Esto lo comprobaría un par de días después, cuando, en una tertulia alrededor de cervezas, intenté explicar a otro grupo de colegas, estos procedentes de diversos puntos del llamado primer mundo,  lo que quería decir aquella decisión judicial y lo que atestiguaba un proyecto de ley que acababa de aprobarse en la Cámara de Representantes federal.  

Aunque parecieron comprenderlo, no encontraba en sus respuestas ni un pequeño rastro de la indignación que yo sentía. Poco a poco fui entendiendo que, a pesar de que en aquella mesa estábamos hablando el mismo idioma, el lenguaje no lo era.

En mi intento por aglutinar solidaridades, les  hablé de recesiones y depresiones, de deudas, de crisis fiscales y hasta de Grecias del Caribe. Pero esa metáfora tan socorrida -y conocida por más de uno- probó ser insuficiente cuando, a renglón seguido, hacía falta también contarles sobre una vida entera de colonialismo, sobre invasiones militares, sobre falta de representatividad, sobre ausencia de democracia, sobre comités de descolonización y sobre cuentos de camino que tuvieron a gran parte de un país convencido por algún tiempo de que aquella forma de gobierno que se fundó en 1952 con un oxímoron por nombre era una realidad.

Ya en España, entre las calles de la antigua metrópoli, me alcanzaría el tercer zarpazo. A estas alturas del juego, había abandonado cualquier intención de “desconexión”, lo que, en  las latitudes más sureñas del viejo continente, donde han tenido que pelearse con sus propias crisis, quiere decir que hay que esforzarse un poco más para conseguir una conexión a internet.

De repente, me encontré preguntando en cada bar y café al que entraba si tenían “wifi”. La colonia ardía -aunque solo fuera en las redes sociales-, y no me quedaba más remedio que seguirle la pista.

La inconstitucionalidad de la quiebra criolla me encontró brindando por el cumpleaños de una amiga. Nuevamente, fueron las manos supremas estadounidenses las que esfumaron el último atisbo de control al que podían aspirar los puertorriqueños para renegociar su deuda pública, de acuerdo a sus intereses y necesidades.

 Pensé, por un momento, que en este caso sí lograría, no solo la comprensión, sino también la solidaridad que ansiaba recibir tan lejos de casa. Y, en cierto modo, la encontré.

En tierras españolas hace ya tiempo que las palabras austeridad y recortes son tan cotidianas como el pan con el que, los que tienen suerte, acompañan cada comida. También saben de deudas públicas estratosféricas y de hombres de negro ávidos de cobrar lo que haga falta, hasta el último céntimo, sin importar los servicios esenciales con los que carguen en sus maletines.

Es precisamente ese pasado y todavía presente de precariedad el que los tenía, en esos mismos días, divagando en su propia indefinición, así fuera momentánea. Yo hablaba del ELA y ellos divagaban hacia su futuro inmediato, cuando volverían a las urnas para intentar decidir si buscarían la salida de la crisis por la derecha o con el fin del bipartidismo.

Es que, antes de la Grecia del Caribe, fue España la que tuvo que llevar el peso del presagio de que, tal vez, sería la próxima en la lista de países quebrados. Por eso, cuando mi cantaleta de esos días era para explicar que la declaración de inconstitucionalidad de la ley de quiebra criolla prácticamente abocaba a Puerto Rico a quedar bajo el control de una junta de siete personas nombradas por el presidente estadounidense, mis interlocutores miraron hacia Bruselas, pensaron en la troika y estuvieron seguros de entender a lo que me refería. Aunque yo  les insistiera -e insista- en que, en el caso de la isla, hay todavía algo más.

Al fin y al cabo, los estados que conforman la Unión Europea, la que les impone las disciplinas fiscales, pertenecían a ese club de manera voluntaria y, al igual que votaron para integrarse, podían -ya lo demostrarían los británicos- elegir abandonar el barco mediante el voto directo.

En cambio, lo que distinguía nuestro caso, les decía, era que a la isla le faltaba  algo fundamental para el desarrollo de los pueblos y de cuya ausencia histórica España supo tomar ventaja hacía ya 118 años: Puerto Rico, les recordé, nunca ha disfrutado de la libertad de determinar su propio destino.


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