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De que es un fiebrú, de eso, no hay lugar a dudas. Sus fiebres se estrenaron con los aviones, pasaron por los carros y, durante los últimos dos años, se han entretenido con las bicicletas.

Pero hay algo de esta nueva afición que la distingue de sus predecesoras. Con el gusto por las bicis, llegó para Luis Gonzaga un cambio de estilo de vida que ni siquiera él pudo advertir.

Junto con el enchule por el diseño y la estética de las bicicletas de piñón fijo -lo mismo que lo atrae a los aviones y carros- vino un drástico cambio físico producto del ejercicio que comenzó a hacer cuando no se bajó de la bici ni para ir al trabajo.

En un año, el actor de profesión bajó 62 libras de peso.

“Como yo trabajo por mi cuenta, pues eso me permite hacer la mayoría de las cosas en bici, y decidí ir añadiéndola al día a día”, afirmó Gonzaga, quien hasta hace poco era dueño de un carro deportivo que fue quedando rezagado en el estacionamiento de su apartamento en Miramar hasta que lo cambió por otro en el que llevar sus bicicletas.

A la transformación física le acompañó también más de una revelación: de repente, conoció la ciudad como nunca antes. Pedalear desde su casa a la de sus padres en Bayamón o para cumplir con algún guiso en Trujillo Alto le demostró que el área metropolitana es mucho más pequeña de lo que parece al transitarla tras el volante, sorteando tapones y malos ratos. “Empiezas a ver sitios que no veías”.

 La ciudad no solo se achicó, sino que comenzó a desplegar  sus verdaderos sonidos y olores, esos incapaces de adentrarse al recinto sellado en que se convierte la cabina de un carro con aire acondicionado. 

También conoció cuán hostil puede ser la carretera, abarrotada de carros como está siempre, para quien se mueve en bici. Pero él asegura que, a pesar de los varios sustos que ha pasado y de la caída que sufrió hace un par de semanas que lo dejó con la mano fracturada, ya nadie lo baja del sillín.

“Esta ciudad no está pensada para andar en bici... Tú tienes dos opciones: intentarlo o decir ‘hasta que no me hagan carriles (exclusivos para bicicletas) yo no voy a correr’”, dijo tras relatar cómo algunas personas le cuestionan que ahora anda “en bicicleta pa’ arriba y pa’ abajo”.

Desde que luce un yeso en su mano izquierda, tras la caída cuesta abajo en el Viejo San Juan, ha escuchado a más de uno preguntarle si ya aprendió la lección.

 Pero Gonzaga, quien dice no saber qué motiva a la gente a ser tan escéptica con la idea de moverse por la ciudad sobre dos ruedas, insiste en que no hay ninguna razón para deshacerse de su nuevo estilo de vida. “Sí, me caí, pero me voy a parar y voy a seguir corriendo bici”.

 Él reconoce que llegó a las bicis atraído por sus formas y estilos -ya tiene tres de las llamadas “fixies”-. Pero asegura que lo que vale no es cómo se ven ni cuánto cuestan -“no importa que sea una ‘mountain bike’, de piñón fijo, una camella, una burra”- sino lo que puede hacer este transporte alternativo por la salud y por la ciudad.

“A mí me encantan los carros también..., pero me parece absurda la cantidad de carros que hay para movernos a sitios tan cerca”, indicó.


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