En sus 20 años como policía en las calles de Nueva York, Sean Whelan nunca se había topado con una situación tan fuerte como la que vivió esta semana en la isla de Aruba. Vacacionaba allí junto a su esposa, sin saber que el destino lo colocaría en el lugar preciso, para servir de instrumento para ayudar a una niña boricua de siete años que se debatía entre la vida y la muerte tras accidentarse en un vehículo todoterreno.
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