Nota de archivo: Este contenido fue publicado hace más de 90 días

 (default-x3)

Rojos, azules, brillo de escarcha, el cielo, el mar, caracoles, hojas, corazones, vida, alegría, ricas texturas, todo eso y más exhiben las piezas de la artista plástica puertorriqueña Marilin Rivera Hernández, de 27 años.

Desde que hace cerca de seis años la joven adulta con síndrome de Down comenzó a experimentar con el arte, ha creado más de 150 piezas en óleo, acrílico y medios mixtos, ha exhibido sus trabajos en varios espacios locales, así como en Nueva York y España. Más de 50 obras han sido adquiridas o donadas y se encuentran en diversos espacios públicos y privados, incluyendo hoteles, restaurantes, oficinas profesionales y hogares.

Es un logro que nadie hubiese podido imaginar cuando nació el 4 de noviembre de 1986 con síndrome de Down.

“Al tercer día de ella haber nacido, esta doctora entra (en mi habitación de hospital) y lo que habló fueron cosas completamente negativas, opuestas al resultado de hoy en día. Que tenía que poner en una escuela de 'anormales', que ella no me iba a hablar, que no me iba a decir mamá, que me preparara para eso”, recordó su progenitora, Marilin Hernández, quien antes tuvo tres varones y ninguno con la condición.

“Empezamos desde los dos meses con las terapias ocupacionales, del habla y ella fue siempre como más adelantadita de lo normal (para su condición). Siempre fue bien activa”, agregó.

Como parte del proceso de ayudar a la joven a lograr su máximo potencial, sus padres la matricularon en clases de piano, guitarra, baile, entre otras.

“Cosas que le gustan, pero que yo no sentía que ella tenía pasión”, reconoció la madre.

Al notar su interés por el arte tras haber participado en una gala de la Fundación Puertorriqueña de Síndrome Down, Hernández la expuso a esta disciplina también. Después de todo, era algo que le atraía a ambas. Fue así como comenzaron a aprender de la mano del maestro de las artes plásticas Hubert Caño.

“Desde el principio él me dice: 'fíjate, tu nena me demuestra que tiene habilidad'”. Empezamos talleres privados en casa y entonces es que ella empieza a florecer. Empieza a crear con él. Es increíble la comunicación que hay entre ellos. Ellos pelean, ella le dice, ella exige, ellos se sientan frente a la computadora, analizan, determinan un tema y en base de las colectivas o las (invitaciones a nivel) individual trabajan un tema y a producir cuadros, porque le fascina”, narró.

La artista trabaja en una habitación del apartamento familiar que fue convertido en su taller. Allí trabaja con su maestro los lunes, martes y viernes de 9:00 a.m. a 2:00 p.m. Además, los jueves asiste a las clases grupales en la Fundación, y en su tiempo libre así como los fines de semana aprovecha cada momento para hacer sus tareas o crear libremente.

“Es bien exigente con su tiempo”, aseguró su madre.

“Ella es mi orgullo, mi compañera. Viaja para todos lados conmigo, conoce mis sentimientos... Me fascina estar con ella porque tiene unas ocurrencias que me gozo... La cosa más bella que tengo al despertar es su sonrisa. (Gracias a su arte) Ella siente que es parte de una sociedad. Ella se llama la artista”, afirmó orgullosa Hernández.

Hasta el 31 de octubre se exhibirán piezas de Rivera Hernández en el vestíbulo del Centro Cardiovascular de Puerto Rico y el Caribe. Mientras, ella ya trabaja en nuevas obras que formarán parte de una exposición pautada para febrero a la cual la invitó por segunda ocasión la Compañía de Turismo de Puerto Rico.

Para más detalles sobre el proceso creativo de la artista busca la edición impresa de El Nuevo Día o suscríbete a la edición electrónica.


💬Ver 0 comentarios