Desde la izquierda, Carmen Gladys González, Iris y Sara Luz. (semisquare-x3)
Desde la izquierda, Carmen Gladys González, Iris y Sara Luz. (Vanessa Serra Díaz)

Llueve fuerte en Utuado. El cerro que se alza detrás de la casa donde se resguardan las hermanas Iris, Carmen Gladys y Sara Luz González Collazo ha acumulado una gran cantidad de agua.

El virulento huracán María lleva sobre la isla más de nueve horas. Son casi las 11:00 a.m. del 20 de septiembre de 2017. Hace 19 años que pasaron el ciclón Georges allí. Es una casa de concreto armado, en la calle San Miguel, uno de los lugares más seguros del pueblo.

Las acompaña su hermana Hilda.

Carmen Gladys está encamada por una artritis reumatoide que la incapacitó. Sara Luz tampoco camina por el Parkinson que la aqueja. Iris aún tiene movilidad, pero padece de problemas en sus piernas. Todas dependen de Hilda y su hermano Wilfredo.

Afuera, los árboles, postes y cableado son rehenes de los vientos. Son hilos livianos ante el poder de la naturaleza. La lluvia no cesa.

Adentro, las hermanas esperan por que acabe todo para regresar a la normalidad de sus vidas.

Sara Luz, Carmen Gladys e Iris han vivido más de siete décadas juntas. Nacieron una tras otra. Nunca se casaron ni tuvieron hijos. Atesoran su fe cristiana y ayudar a otros. Viven en la calle Progreso, cerca del río Viví. Por eso, Hilda y Wilfredo las trasladaron al hogar de la familia en San Miguel.

En la casa, Carmen Gladys y Sara Luz están en un cuartito que da hacia el cerro y una plantación que Wilfredo sembró. La primera pide ayuda con sus frisas. Hilda se ofrece, pero el pedido es para Iris, que va al auxilio de su hermana. Entra a la habitación, un espacio no mayor de 12 pies por 12 pies.

Justo después, se oye un estruendo. El cerro se vino abajo. La fiereza con la que bajó rompe la estructura e invade el cuartito de atrás. La tierra llega casi al techo.

Sara Luz, Carmen Gladys e Iris quedan sepultadas.

Hilda intenta abrir el cuarto. No puede. Busca ayuda de vecinos. Pero no hay nada que hacer.

El huracán recobra fuerza.

Las hermanas de 72, 73 y 74 años siguen bajo el alud de tierra.

A las 2:00 p.m., Hilda llama a Wilfredo. Ella está en shock. Él llora y se desespera. No puede salir de su casa. Los caminos están obstruidos. Debe esperar.

“No es fácil perder a tres hermanas juntas. Casi toda la familia... Vivieron juntas toda la vida y siempre decían que querían irse juntas”, dijo Wilfredo a El Nuevo Día, a un año de la pesadilla.

¿No le parece increíble que se hayan ido juntas?

-Fue Dios... Es la única explicación que creo.

¿Qué le contó Hilda?

-Que en la cocina empezó el cantazo. Ella sintió ese golpe, ese ruido tan fuerte, y salió corriendo para la puerta del cuarto. No podía entrar porque la tierra bloqueó la puerta. Ahí es que pide auxilio.

A un año de la catástrofe, aún se aprecian las huellas de la tragedia. Hay tierra en los pasillos de la casa y está la cinta amarilla que se usó para acordonar la escena. En el mismo cuartito, ahora crecen helechos, matas de malanga y una enredadera pica-pica.

Si fue impactante la muerte de las tres hermanas, más lo fue el que estuvieron sepultadas en la casa ocho largos días y el que los restos fueron entregados a la familia hace poco más de cuatro meses. Finalmente, pudieron enterrarlas el 9 de mayo.

“A cada cajita con las cenizas, le pusieron el nombre”, rememoró Wilfredo, con un nudo en la garganta, porque las cicatrices de esa brutal experiencia siguen supurando dolor.

¿Cómo eran sus 3 hermanas?

—Trabajadoras, fervientes en la fe. Siempre las veías oyendo radio cristiana, leyendo la Biblia. Les gustaba ayudar a otros.

¿Y su relación con ellas?

—Era extraordinaria. Todos los días las visitaba. Cualquier cosa que necesitaban, me llamaban a cualquier hora y yo iba.

¿Cuándo fue la última vez que las vio con vida?

—Fue el día antes del huracán, como a las 4:00 p.m.

¿Qué hablaron?

—Siempre nos pasábamos bromeando. Nos despedimos ahí.

¿Qué se dijeron?

—Me dijeron: “Esperamos en Dios que la tormenta no sea tan fuerte, que termine pronto y que, al otro día, podamos estar en la casa”.

Cuando su hermana Hilda lo llamó, ¿qué le dijo?

—Que todo estaba inundado. Le pregunté: “¿Dónde están mis hermanas?”. Me dijo: “Han quedado sepultadas. No se pudieron sacar”. Eso fue un golpe tan duro. Y ese cerro, frente a mi casa, se cayó. No podía salir y la tormenta encima... Lloré... no es fácil.

Perder a tres hermanas no es nada fácil...

—Casi toda la familia, no es fácil.

Imagino su desesperación al no poder salir de su casa...

—Sí, esa noche no pude dormir, pensando, desesperado. Uno está impotente. Fue una noche de pesadilla. No podía creerlo.

En la espera, ¿qué pensaba?

—En ver la escena, en cómo las había dejado el día antes.

¿Cuándo llegó a la casa?

—Al día siguiente. Con mis vecinos, sacamos árboles y tierra, y por ahí, así, podíamos pasar. Era a pie, no se podía pasar en carro. Llegué como a las 11:30 a.m.

Cuando llegó, ¿qué pasó?

—El dolor es más grande porque estás viéndolo. Le pedí a un amigo que entrara con el celular a ver si podía ver algo, alguna mano, algo. Pero me dijo que no se podía ver nada, que estaba tapado por completo. La tierra llegó casi al techo.

Imaginarse a sus hermanas ahí sepultadas debió ser horrible...

—Y como yo las dejé, en las mismas posiciones...

¿Qué usted vio?

—La montaña abajo. La casa estaba llena de tierra... Les dije a los de Manejo de Emergencias: “Miren a ver si pueden sacar los cadáveres a tiempo para despedirlas”. Me dijeron que tenía que ser con un equipo especializado... Estuvieron allí ocho días.

¿Qué hizo con Hilda?

—Me la traje conmigo.

Los hermanos provienen de una familia muy unida. Se criaron en el barrio Sabana Grande, de Utuado, en una finca con la que el padre se ganaba la vida cosechando café y frutos menores. Hilda se encargaba de las citas médicas de las tres hermanas y él, de las compras y arreglarles lo que se les dañara. En fin, ambos eran los “ojos y manos” de ellas.

“Todavía es una pesadilla. Dependen de ti y es como un niño que depende de la madre”, dijo.

¿Qué fue lo más difícil?

—Los ocho días en que estuvieron sepultadas en la casa. La gente venía donde mí y me decía: “Mira, el olor sale”. Tú sabes, eso crea más presión. Pensar que eran mis tres hermanas las que estaban así.

¿Qué hacía en la espera?

—Yo iba todos los días a ver cuándo las podían sacar... tuve que esperar ocho días.

¿Qué significó para usted esperar ocho días?

—Fue bien triste, porque tú ver que ahí estaban tus seres queridos. La gente se molestaba ya porque salía el olor (de la descomposición). Fue tan triste. Saber que estaban ahí y no poder hacer nada, no poder enterrarlas.

¿Qué pasó al octavo día?

—Las sacan y la funeraria se encargó de llevarlas a Ciencias Forenses... Le dimos los datos para la identificación. Carmen Gladys tenía artritis y tenía los dedos doblados. Sara Luz tenía los dientes cuadrados. Iris se identificó por las placas dentales. Pero ellos decían que tenía que ser con datos científicos. Después de dos meses, me llamaron para pruebas de ADN. A finales de abril, me llamaron para pedirme las mismas características para identificarlas. Me entregaron los restos de mis hermanas el 8 de mayo.

¿Hasta el 8 de mayo no pudo darles sepultura?

—No, no me entregaban los restos. Había como 700 cadáveres ahí. Los vagones estaban llenos... Fue otra espera desesperante, porque no podías enterrarlas.

Todavía Wilfredo no entiende por qué tuvo que esperar tanto tiempo. Todos sabían que eran los cuerpos de sus tres hermanas. Fue agobiante. Por eso, cree que, en emergencias y cuando no se trate de crímenes o de personas de las que no se sepa su identidad, debe revisarse el protocolo.

¿Qué es lo que más extraña?

—La sonrisa de ellas. Siempre estábamos bromenando. Como ya yo esperaba que me llamaran, que si se fue la luz, se dañó la antena, tráeme pan, se acabó el arroz...

Extraña sus llamadas...

—Sí, y el poderlas atender rápido. Yo iba donde ellas no importa que estuviera lloviendo, como fuera. A Sara Luz, le llevaba todos los días, a las 6:00 a.m., un potecito de avena. Estaba más enfermita y yo le buscaba lo que a ella le gustaba. Siempre iba a la cafetería del lado y le compraba su avena o harina de maíz para cuando ella se levantara, se la comiera.

Es que eran bien unidos...

—Siempre fuimos bien unidos y la muerte nos separó.

¿Como está Hilda?

—Tranquila, dentro las circunstancias. Siempre ha sido callada.

¿De dónde saca fuerzas?

—De Dios. Tengo la esperanza de que un día las vamos a ver. Si hay un cielo, como yo sé que hay un Dios, estoy seguro que están allí.

¿Todavía no lo cree?

—No. A veces llego a la casa y creo que están allí... Sueño con ellas como si estuvieran vivas, como que llamaron para algo. Al otro día, despierto a una pesadilla.

Pero tal vez lo peor es el peligro de que la tierra del mismo cerro siga deslizándose con nuevas lluvias porque, a un año, no hay mitigación. Otra tragedia de esa magnitud sería desgarradora.


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