Mientras el ciclón pasaba por Bayamón, David Serrano trató de aguantar la puerta de su casa. Pero no pudo. Su hermano cuenta la tragedia, un año después.

David Serrano es un hombre fuerte, saludable y alto, de 5’11”. Vive en lo alto de las montañas del barrio Guaraguao, en Bayamón. Allá arriba se espera que los vientos azoten con dureza.

Está con su esposa Alicia y el paramédico Carlos Pérez, su hijastro. Lo crió desde niño.

Como en muchos campos de la isla, se quedó en las tierras de la familia. Su casa colinda por la parte de atrás con la de su hermano Nelson Serrano. No hay verjas ni portones que dividan los patios.

Cada tarde, se llaman y desde ese pedazo de terreno que comparten, hablan un rato. Es una rutina de amor en nombre de la estrecha hermandad que los une.

David tiene un perro pitbull que se llama Campeón y una cotorra que canta. Baja a buscar los pavos que andan sueltos. Como buen gallero, también protege sus aves.

Va a cuidar de todos.

Decide asegurar la entrada de su casa y martilla unos paneles. Esa puerta principal es de aluminio, un metal ligero y moldeable. Es blanca, sencilla. Mide 2.5 pies de ancho por 6.6 pies de largo.

La mañana del 20 de septiembre de 2017, los vendavales se apoderan de las montañas del barrio. Son implacables. Someten a su antojo lo que encuentran a su paso. Van peinando el monte y destruyen la primera línea de defensa de David: los paneles que martilló en su entrada.

La puerta de su casa queda a la suerte de los poderosos soplidos del huracán María.

David camina hacia la entrada y agarra lo más fuerte que puede la puerta, que vibra enérgicamente con los inmisericordes vientos. La presión del aire es tan grande que acuesta los árboles.

Desde adentro, David lucha por mantener la puerta en su lugar. Desde afuera, los vientos luchan por arrancarla. Es un enfrentamiento desigual entre el hombre y la naturaleza. El poderío del ciclón se impone con crueldad.

Los potentes soplidos arrancan toda la puerta, incluido su marco, y se la llevan junto a David.

Como si estuviera en contubernio con el despótico viento, el pedazo de metal lo azota y cae a varios pies de su entrada.

Es un golpe fatal. La puerta sale volando. El reloj de la vida de David comienza su conteo final.

Nunca pensé que le fuera a pasar algo a mi hermano... No ha sido fácil. Extraño su presencia, los saludos de todas las tardes y la compañía... siempre estábamos juntos ahí atrás”, dijo Nelson, a quien, a un año de la muerte de David, el desconsuelo sigue estrujándole el alma.

¿Por qué sellaron con cemento la entrada principal de la casa?

—La esposa no quería ver esa entrada porque le traía muchos recuerdos. Abrieron una puerta por la parte de atrás. Para ellos fue terrible, horrible, de verdad.

¿Cuándo fue la última vez que habló con su hermano David?

—El día antes del huracán estuvo en mi casa. Buscaba unos pavitos que tenía. Bajó, los recogió y subió. Estuvo hablando un ratito.

¿Qué cosas hablaron?

—Que nos preparáramos, que esto iba a ser fuerte. Que iba a coger los gallos de él y los iba a guardar en la casa. Subió, poco a poco, y se fue a su casa. Fue la última vez.

¿Se veían todos los días?

—Todas las tardes nos poníamos detrás de la casa a hablar. Yo le decía “Topo” y él me decía “Topito”. Éramos uña y carne, siempre estábamos juntos.

El día del huracán, Nelson arriesgó también su vida. Su hija, que reside cerca de él, estaba en el baño con su hijo de cuatro años. La puerta se le quería caer.

“El viento era muy fuerte. Bajé a buscarlos. Me llevé una hamaca y embollé al nene ahí”, contó.

¿Cómo llegaron a salvo?

—Me agarraba del pasto, poco a poco, pegado del piso. Subí de rodillas porque el viento era demasiado fuerte. El nene lo tenía en el pecho bien apretadito en la hamaca. Así llegamos.

Cuando, a las 5:00 p.m., el ciclón abandonó el barrio Guaraguao, Nelson salió a ver la devastación. Cogió su machete y, al asomarse a la cuesta que da a la casa de su hermano, su cuñada, le gritó: “¡David está muerto!”.

¿Cómo reaccionó?

—Eso me sorprendió... subí a su casa y me dijo: “Lo tengo en el cuarto”. Y cuando entré al cuarto, lo vi en el piso. Lo tenían boca arriba. No podía creer que estaba muerto. Fue bien fuerte.

Cuando lo vio, ¿qué hizo?

—Se me cayó el cielo. Nunca pensé que fuera a fallecer y menos de esa forma. Él era un hombre fuerte y saludable. Jamás pensé que esa puerta fuera a llevárselo y azotarlo contra el piso, como lo azotó. Fue demasiado fuerte.

¿Qué le dijo Alicia?

—Mi cuñada me dijo que estaban en el baño, los tres. La puerta pegó a vibrar y se quería arrancar. Él se fue a aguantarla. Vino una ráfaga bien fuerte, arranca la puerta con todo y marco y se lo lleva. Lo azota contra el piso. Él quedó tirado en el piso y la puerta se fue volando.

¿Qué hizo la familia?

—Ellos se tiraron bajo la lluvia y el viento. Lo cargaron hasta la casa. Carlos, que es paramédico, llamó para pedir instrucciones y comenzó a darle los primeros auxilios. Hizo todo lo que dijeron, pero no hubo respuesta.

¿David estaba vivo?

—Estaba moribundo... Le hablaban y apretaba la mano. Cuando no había nada que hacer, la esposa le preguntó: “¿Aceptas a Cristo?”. Él le dijo que sí, apretándole la mano fuerte, y murió. Lo acomodaron en el piso de su cuarto y lo taparon. Ahí estuvo dos días.

¿No podían llegar a su casa?

—No había acceso desde la PR- 174, donde está Nieves BBQ, para poder llegar hasta aquí.

¿Cómo transcurrió ese primer día a la espera de ayuda?

—Yo vi a mi hermano y fue bien fuerte para mí (llora). Bajé a buscar a mi familia y volví.

¿Qué hacía junto al cuerpo?

—(Llora) Lo destapé y le sobé el pelo, la cabeza. Estuve un rato con él... Dos días estuvo ahí, tirado. El cuerpo se descompuso y todo.

Eso lo hace más duro...

—Sí...

¿De qué hablaban?

—De la vida de mi hermano. A él le gustaba ayudar a todos.

El caso de David fue el primer reporte policiaco de una muerte a consecuencia del huracán.

La familia no se despegó de su cuerpo. Los vecinos se quedaron en vigilia allí junto al difunto. Nelson trataba de encontrar ayuda y se iba a ver a su hermano de “ratito en ratito”.

Una parte de la puerta con la que David perdió la vida cayó en el mismo patio que compartían los hermanos. La otra voló al monte. A Nelson le tocó recogerla.

“De verdad fue demasiado fuerte”, insistió Nelson.

¿Qué hizo al ver la puerta?

—Cuando vi la puerta, yo tenía mucho coraje, mucha ira. Esa puerta, matarlo. Tuve que recoger los cantos porque la esposa veía esa puerta, se acordaba de él y pegaba a gritar. Me fui pal monte y la saqué. El otro canto que estaba aquí, la recogí.

¿Qué hizo con la puerta?

—La vendí, con marco y todo. No quería ver nada de eso ahí.

En la espera, el perro Campeón se quedó quieto, frente a la casa, bajo la lluvia. Lo dejaron entrar y se quedó en una esquina, casi inmóvil. La cotorra dejó de cantar. Dicen que los animales saben.

Nelson se topó con agentes de la Policía Municipal de Bayamón y vive muy agradecido de ellos. No lo dejaron solo y crearon un plan para recuperar el cuerpo de David.

Casi al anochecer del segundo día, llegaron. La travesía duró cinco largas horas abriendo camino.

“Se montaron en la pala del digger con una máquina de cortar palos. Había muchos postes, árboles. Siguieron cortando palos hasta llegar aquí”, contó Nelson.

La señal del celular era bien mala, pero esos agentes no desistieron, hasta que encontraron un poco en una esquina. Desde ahí, hicieron todas las gestiones.

Los de la funeraria llegaron a las 8:00 p.m. y a esa hora, prácticamente al tercer día, el cuerpo de David fue sacado. Lo llevaron al Negociado de Ciencias Forenses (NCF) y en cuatro días entregaron sus restos.

Fue colocado en un ataúd sellado. Lo sepultaron en el cementerio Porta Coeli de Bayamón.

Solo la familia fue al entierro, porque no había comunicación. Dos hermanos que viven en Florida no pudieron estar presentes.

Don Esteban, el padre de ambos, falleció el 18 de febrero pasado sin saber de la muerte de su hijo.

Campeón sigue en la casa. Tras cinco días en silencio, se llevaron la cotorra a casa de un familiar de Alicia y allí volvió a cantar.

La tristeza de Nelson sigue, es profunda. Todos los días, cuando sale de su trabajo en Manejo de Emergencias de Bayamón, estaciona su carro en el camino desde donde se ve la casa de David. Allí se queda 10 o 15 minutos y se va a pie a su residencia. Luego, sale al patio en el que hablaban. “Cuando salgo por la parte de atrás, por donde están los gallos, veo como una sombra. Cuando sueño me dice: Topito, ¿cómo tú estás? Lo hecho mucho de menos”, dijo Nelson.

¿Qué hace esos 10 o 15 minutos en el carro cada día?

—Mirar pa’ allá, su casa. Son muchos recuerdos. No es fácil.


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