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Gracias a El Faro de los Animales, 90 mascotas pudieron reencontrarse con sus familias en Estados Unidos tras meses del huracán María

El reloj marcaba las seis y treinta de la mañana de un domingo lluvioso y ventoso en la zona de operaciones fijas (FBO, en inglés) del aeropuerto internacional Luis Muñoz Marín.

Allí, en una carpa improvisada, se realizaba un registro de pasajeros singular: Playu, Evita, Luna, Tonka, Nala, Chewbacca, Chispita… El doctor José L. Sosa y sus asistentes daban fe de que los pasajeros estaban vacunados, en sus jaulas y que los que necesitaran medicamentos los tuvieran para poder abordar dos aviones dedicados solo a ellos.

Son viajeros de ojos grises o café, grandes y tristones. Pasajeras que -pareciendo humanas- intentaban, en vano, enterrar las garras en el asfalto para no dejar a quienes les han cuidado por meses o tal vez años. Colas que azotaban suavemente las piernas en señal de un último abrazo. Ladridos de tenores y sopranos parecían entonar un inolvidable “te quiero”.

“Mucha gente se ha ido después del huracán, pero quien decide llevarse su perro es alguien que ya no regresa”, dijo el veterinario a El Nuevo Día.

Hace unas semanas, tras recibir los cuidados de Sosa y su equipo de asistentes, unas 90 mascotas dejaron Puerto Rico para reencontrarse con sus “madres” o “padres” humanos en algún punto de Estados Unidos.

Antes de que acabe este mes, otro centenar de mascotas saldrá de la isla a través de la iniciativa Puerto Rico Animal Unite, que ha coordinado el Centro de Adopción y Santuario El Faro de los Animales en colaboración con el albergue de animales St. Hubert’s Animal Welfare Center. La organización recibió una subvención de $500,000 de JBP Foundation en Nueva York y otros donativos privados para financiar el proyecto concebido por el banquero de inversiones y director gerencial y jefe de Finanzas Públicas para Citi, David Brownstein.

Crisis silente

La directora ejecutiva de El Faro, Liza Arias, explicó que el proyecto aspira a que familias que dejaron la isla tras la devastación causada por el huracán María puedan encaminar sus vidas en el continente en compañía de sus perros y gatos.

Arias reconoció que se trata de un proyecto emocionalmente “fuerte”, pues asisten a personas que han dejado Puerto Rico, pero a su vez, la iniciativa busca hacer contrapeso a la crisis de animales abandonados y maltratados que existe en Puerto Rico y que se agudizó después del ciclón del pasado 20 de septiembre.

De acuerdo con Sosa, creador de la clínica veterinaria Hospital para Mascotas en Trujillo Alto, aunque no hay cifras específicas, el Colegio Médico de Veterinarios estima que en Puerto Rico puede haber entre 200,000 y 300,000 perros abandonados.

En aras de aminorar la situación, El Faro llevaba un tiempo enviando perros y gatos desde Puerto Rico a centros de adopción de mascotas en Estados Unidos.

Pero después del huracán María, en la clínicaque dirige Sosa en Trujillo Alto, en diversas oficinas de veterinarios a través de la isla y hasta en las puertas de pet shops, se hizo frecuente ver perros u otros animales llevados por desconocidos o personas que antes de salir de la isla dejaron sus canes y gatos con la esperanza de que estarían bien.

Lo mismo, según Arias, sucedió en El Faro, cuyas instalaciones sufrieron graves daños tras el paso de María. El centro de adopción de mascotas opera en Humacao desde hace unos 17 años.

Hace cerca de siete años, antes de convertirse en asesor del gobierno y ahora de la Junta de Supervisión Fiscal (JSF) que intenta reestructurar la deuda de Puerto Rico, Brownstein adoptó tres perritos “satos” de El Faro y desde entonces, ha apoyado financieramente a la organización. En Nueva York, Brownstein fundó Animal Lighthouse Rescue, el brazo operacional de El Faro en La Gran Manzana, en aras de encontrarle un hogar en el continente a la mayor cantidad de “satos” que sea posible. Brownstein es miembro directivo de la Humane Society of the United States.

Amor canino

“No me podía ir sin él”, dijo Suzette Quirós mientras se despedía de su Playu, de unas 86 libras de peso y al que recogió de la calle hace unos años.

La educadora, quien trabajaba para una organización sin fines de lucro aquí, salió de Isabela a eso de las cuatro de la madrugada. Llegó a JetAviation para dejar a Playu y luego de conversar con El Nuevo Día se dirigió a la terminal de JetBlue en el aeropuerto. Allí, abordó un vuelo sin regreso con rumbo a Nueva York.

Quirós intentó llevar consigo a Playu en el vuelo comercial, pero explicó que el costo de transportar al animal por su cuenta rondaba $1,000, considerando el pasaje, las pruebas médicas y el kennel. Cuando supo de la iniciativa de El Faro de los Animales, no lo pensó dos veces.

“No me quería ir, pero después del huracán, la situación de los non-profit aquí se ha vuelto muy difícil por la falta de fondos. Me surgió una oportunidad de trabajo allá”, relató la educadora al explicar que antes de mudarse definitivamente, viajó a la Ciudad de los Rascacielos para asegurarse de alquilar un apartamento donde podría vivir con su mascota.

“Ellos se fueron por su bienestar, pero mi hija necesita sus hijas”, dijo en tono jocoso Julia Rosario, de Carolina, quien se despedía de Tonka y Nala.

Según la mujer, su hija -Kimberly- se fue a Orlando después del huracán María y las mascotas quedaron bajo su cuidado, hasta ahora. “Van a estar bien, porque mi hija siempre ha sido bien independiente y todo lo que se ha propuesto, gracias a Dios, lo ha logrado”.

Operativo anónimo y costoso

De acuerdo con Sosa, en los primeros días después del huracán, el número de personas que buscaban ayuda para sus mascotas fue impresionante, lo que suele ser común después de un desastre. Pero le impresionó el número de personas que visitaban la oficina porque saldrían de viaje.

Sosa ha colaborado con El Faro desde hace algunos años y el veterinario forma parte de lo que podría describirse como un operativo secreto de rescatadores de animales.

Fuentes de El Nuevo Día aseguran que figuras de alto poder adquisitivo, incluyendo personas de la Rama Judicial y de renombre en el mundo empresarial de Puerto Rico, suelen rescatar animales en las calles y llevarlos al cuidado de Sosa y otros veterinarios costeando los costos de tratamiento.

Sin revelar los nombres de esos amantes de los animales, Sosa confirmó la información. Destacó que también hay muchas personas de recursos limitados que de manera anónima pagan el tratamiento de animales maltratados o abandonados con la expectativa de que puedan ser sanados y posteriormente, encontrarles hogar permanente a través de organizaciones como El Faro.

Sin embargo, para el veterinario, la magnitud de la tarea hace que todo donativo, aunque importante resulte pequeño. Según Sosa, los vuelos fletados de mascotas podrían rondar $65,000. Solo atender a cada mascota antes del viaje puede rondar los $150.

Una vez las mascotas llegan a su destino, en este caso, Nueva Jersey y Florida, El Faro ha entablado acuerdos con santuarios y albergues de animales, que los reciben y custodian mientras los dueños llegan a recoger sus mascotas. En otros casos, esos albergues transportan las mascotas directamente a las residencias de sus dueños. Las entregas han sido en lugares tan cercanos a la isla como Orlando y distantes como Texas, Colorado, Utah y California.

A los dólares y centavos, hay que sumarle el valor incalculable de voluntarios como Ryan Bruit, un técnico grip en producciones de cine que se mudó a la isla hace unos años y se ha vuelto rescatador de canes abandonados, o como Dan McKenna, quien se ofreció a viajar desde Nueva Jersey para acompañar a las mascotas en su viaje desde San Juan.

De acuerdo con Arias, a solo días de colgar “un post” en la red social de Facebook, El Faro había recibido sobre 500 peticiones de personas interesadas en transportar sus animales a Estados Unidos.

A preguntas de El Nuevo Día en torno a la duración del programa, Brownstein indicó que harán todo lo posible para allegar fondos adicionales y así continuar reuniendo a familias puertorriqueñas con sus mascotas, por el tiempo que sea necesario.


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