Trabajando duro, Iris Natalie Andino se ha propuesto levantar su casa y cuidarse para seguir protegiendo a sus hijas adolescentes. (semisquare-x3)
Trabajando duro, Iris Natalie Andino se ha propuesto levantar su casa y cuidarse para seguir protegiendo a sus hijas adolescentes. (Juan Luis Martínez)

A mediados de una tarde reciente, una enorme nube negra, pesada, preñada de lluvia, se desplazaba por el noreste de la isla, lentamente como un trasatlántico, hasta detenerse sobre el barrio San Isidro, de Canóvanas. La nube ensombreció igual la tarde en el enorme barrio y el ánimo de Iris Natalie Andino, residente de este sector, viuda de 38 años,  madre de dos adolescentes, vendedora informal de frapés, hot dogs y empanadillas, entre otras chucherías. 

“Es bien frustrante”, dice Iris, residente del sector Villa Hill de San Isidro, con sus enormes ojos marrones anegados, al pensar en lluvia, agua, quizás vientos. 

Hace un año, Iris perdió la casa que poco a poco había ido construyendo con su propio esfuerzo y a la que no había podido siquiera mudarse cuando vinieron los huracanes, primero Irma y después María. “Quedaron solo las columnas”, lamentó. 

Las desgracias no pararon ahí. Su madre sufrió un derrame cerebral y un fallo renal mientras estaba refugiada y hoy está encamada, sin poder valerse por sí misma. La mujer que había sido su pareja sentimental hasta un año y medio antes del huracán, cuenta Iris, reclamó y recibió de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencia (FEMA, en inglés) la ayuda por la casa destrozada, dejándola a ella sin nada.  

Hasta hace apenas un mes, vivió refugiada con una amiga en el residencial Los Mirtos en Carolina, tras pasar casi tres meses en un albergue escolar, con sus hijas de 16 y 17 años. 

Durante el pasado año, cuenta, trató de suicidarse tres veces, tomando pastillas. Vendiendo muchos frapés, dice, logró levantar una pequeña casa de madera en la que vive con sus dos hijas. Ella asegura que la casa está “a mitad”; siendo generoso, puede decirse que le faltan tres cuartos de labor. 

A Iris, basta mencionarle o sentir la posibilidad de lluvia, vientos, inundaciones, para que se le agüen los ojos, se le agite el pulso y se le acelere la respiración. “Ya estoy cansada de perderlo todo. Estoy cansada de escuchar que se pierden vidas. Estoy cansada de que nos tiren para un lado”, dice, cuando logra componerse.

Iris y sus vecinos en Villa Hill son una metáfora adolorida de la imagen que presenta Puerto Rico hoy, 20 de septiembre de 2018, cuando el país recuerda, todavía bajo la sombra de la perplejidad, el primer año del golpe ruin que recibió de María, el huracán más destructivo de los últimos 100 años, con su secuela de meses de horror y de muerte. 

Los puertorriqueños, como Iris y sus vecinos de Villa Hill, encajaron el golpe, perdieron todo o casi todo, y continúan levantándose aun en medio de enormes dificultades, lidiando a la misma vez con el dolor, la pérdida, el miedo, los ecos de lo ocurrido, durante y después del huracán y, en medio de la desolación, imbatible, la esperanza.

Puerto Rico es hoy, 20 de septiembre, una herida todavía sangrante. Es una cicatriz abierta. Una herida que lucha arduamente, todos los días, en medio de los obstáculos que siguen surgiendo uno detrás de otro, por sanar. 

Pero una herida sangrante aun así.

Plan de recuperación emocional

“Creo que en los planes de reconstrucción y de levantar a Puerto Rico no se ha hablado lo suficiente de cómo nos vamos a levantar nosotros sicológicamente, cómo vamos a pensar en lo que hemos vivido y en poder movernos hacia adelante y cómo eso va a impactar cómo imaginamos lo que es posible para esta sociedad”, sostiene la antropóloga Yarimar Bonilla, quien trabaja en un libro sobre el impacto del ciclón María en Puerto Rico más allá de los descomunales daños físicos. 

Puerto Rico recibe el 20 de septiembre de 2018 con el 99.5% de abonados con luz, tras un largo y tortuoso apagón  que fue en gran parte responsable de las casi 3,000 muertes asociadas al huracán, puso a la economía de rodillas y  fue, en pocas palabras, la peor pesadilla del pasado año. 

El 70% de los semáforos funcionan, pero solo el 69% de las averías de carreteras relacionadas con el huracán han sido reparadas. De cerca de $40,000 millones que ya el gobierno de Estados Unidos se comprometió a proveer, unos $7,500 millones han sido distribuidos. 

527,000 residencias recibieron daños, 60,000 de las cuales fueron pérdida total. 462,193 familias recibieron un promedio de $2,632 en ayuda individual de FEMA por el desastre. 62,000 siguen apelando las determinaciones de FEMA y muchos otros miles esperan que les respondan sus seguros privados.  

La inmensa mayoría de los comercios ya abrió otra vez. Las escuelas públicas que no fueron cerradas por causas presupuestarias están funcionando, con las dificultades rutinarias. 

La vida, desde la superficie, parece que ha vuelto a una especie de normalidad. Pero es la normalidad de precariedad y vulnerabilidad que había antes de María, acentuada, ahora, por la fragilidad y, sobre todo, por la resaca de las experiencias vividas por cada residente aquí relacionadas con el huracán. 

“Por un lado, es bien positivo que la gente pueda sentir el impacto de un fenómeno de esta magnitud y poder sobreponerse. Pero también es preocupante hasta qué punto los puertorriqueños podemos aguantar impactos. Impactos políticos, económicos, climáticos”, señaló Bonilla. 

Expertos consideran que Puerto Rico no ha superado el trauma emocional de María. Se nota, sobre todo, en la manera todavía emocionada en que la gente habla de lo ocurrido aquel 20 de septiembre o los meses siguientes, sobre todo el largo apagón. 

Se nota cuando se habla de la posibilidad de que otro fenómeno atmosférico se prenda contra la isla. Se nota en la explosión de sentimientos que hubo cuando se publicó por primera vez un estimado de muertos a raíz de la tormenta. Se nota, incluso, en algo todavía más siniestro: el aumento de 29% en los suicidios registrado por el Departamento de Salud en el 2017.

Levantarse tabla a tabla

El psicoanalista Alfredo Carrasquillo asegura que a un año de María, la sociedad puertorriqueña vive “un cansancio acumulado de todo este proceso”, que hay amplios sectores que no llevan seis meses con luz y gente que “por estar en ese plan de ser solidarios y de ayudar a su familia extendida no han tenido siquiera la posibilidad de sentarse a llorar y botar el golpe”. “A un año del huracán, el país todavía está manejando la melancolía, el dolor, la tristeza, la impotencia”, subraya Carrasquillo.

Patricia Noboa, una doctora en sicología que da clases en la Universidad de Puerto Rico (UPR) en Cayey y ha estado en comunidades en Utuado, Humacao y Caguas, mencionó que, por ejemplo, en Villa Hill, donde da servicios voluntarios, ha notado tristeza y desesperanza. Agregó que la descomunal emigración ha provocado pérdidas de redes de apoyo. “Cuando la organización social se altera, se deteriora la salud mental”, sostuvo Noboa.

Estos problemas se dan en comunidades de todos los niveles sociales a lo largo y ancho de toda la isla. 

Pero en pocos sitios se nota con tanta claridad como en Villa Hill, que perdió aproximadamente la mitad de sus 4,000 habitantes, según la líder comunitaria Jannette “Jossie” Lozada. “Mi comunidad es una comunidad en la que donde quiera tú veías la gente reunida, aquel negocio abierto, la musiquita. Cuando vinieron las Navidades, aquí no había gente”, recordó. 

En esto, como en el poema, se hace camino andando. Se aconseja buscar ayuda sicológica, moverse, vivir, disfrutar del arte, trabajar, todo con tal de sacudirse la pena y continuar adelante. 

Iris no es experta en “resiliencia”. Ha sufrido, durante este año, lo que pocos. Pero asegura que comprendió que le toca avanzar aunque sea saltando vallas. 

Afirmó que ya no querrá atentar contra su vida. Piensa en sus hijas, que no tendrán a nadie si ella no está, pues el padre fue asesinado hace nueve años y la abuela materna no puede siquiera valerse por sí misma, menos cuidar a nietas. 

Ahora, cada vez que tiene un dinerito, o tiempo libre, se va a su casita. Tabla a tabla, clavo a clavo, plancha de zinc a plancha de zinc, su pequeño hogar ha ido cogiendo forma. “Prendo la música alto... Me gusta que la casa esté abierta y yo trabajando”, dice, ahora sonriente. 

Eso es lo que, en mucha medida, está haciendo el resto del país, abriendo las puertas, moviéndose y trabajando, tratando de dejar atrás los ecos de María.  

Otra vez, pues, la metáfora.


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