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Inicio del nuevo curso académico. Un salón repleto de estudiantes universitarios. Entra una dama bien vestida con voz de hombre y comienza a dar clases. A muchos se les empieza a desmoronar su estereotipo de un travesti.

El profesor Luis Felipe Díaz -quien parece sacado de un filme, pero es tan real como la búsqueda de la felicidad- les habla del Cantar del Mio Cid, del Libro del Buen Amor, de La Celestina, haciéndoles olvidar que están frente a una persona vestida con ropa socialmente asignada al otro género.

“Los que no me conocían dicen que lo más que les extrañó fue que entró esta señora elegante con voz de hombre que más parecía que venía a hacer una película... Comentan que les resultó bien extraña no solo la voz, sino la erudición frente al estereotipo que ya ellos tienen de lo que es un travesti”, expresa el experto en Literatura Española y autor de siete libros.

Para este catedrático de la Universidad de Puerto Rico (UPR) -quien se define como un transgénero que no desea cambiar su sexualidad, sino su apariencia-, todos los seres humanos nos travestimos. “Por eso no somos de la misma manera con todo el mundo. Todos tenemos performances y nos desdoblamos constantemente. El carácter humano es complejo, es dual, es tridimensional”, afirma.

Cuando está en clase, Díaz hace pertinente su transgresión de género a lo que se esté discutiendo. “Hablamos mucho del travestismo en las ideas, y en eso la literatura está llena de travestis... Hablamos de que la obra creada es una proyección travestida del autor”.

Son esas complejas discusiones con sus estudiantes las que le hacen reafirmar que su travestismo enriquece su forma de pensar, de actuar y hasta de enseñar. “Son viajes interesantes. Ahí yo me olvido de una cosa tan simple como estar vestido de mujer. (Ahí) yo no estoy vestido de mujer; yo estoy vestido”, afirma el exdirector del Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR en Río Piedras.

Aunque cambió su apariencia en clase hace solo dos años, la primera ocasión en que se vistió “de algo que parecía una mujer” fue para la parada gay de Chicago en verano de 1976. Y al final de ese año -en una fiesta en la que todos los asistentes tenían que travestirse y hacer algún tipo de espectáculo- encarnó por primera vez al personaje que hoy llama Lizza Fernanda, una diva que lo ha llevado a presentarse en clubes de Chicago, Nueva York y Puerto Rico, y que le permitió ir al encuentro de la parte más femenina de su ser.

Para los espectáculos, tiene alrededor de 500 trajes de gala, 300 pares de zapatos y 200 pelucas. Se maquilla como una estrella de cine incluso para estar por ahí, pero no le gusta que lo llamen Lizza Fernanda fuera de los escenarios. Hace hincapié en que su nombre es Luis Felipe Díaz.

“Siempre exagero un poquito el maquillaje porque yo no soy ni quiero ser una mujer. Este es mi lado artístico, mi lado performativo que está en función todo el día”, señala. Añade que desea tener caderas, senos y labios de mujer sin perder la personalidad de Luis Felipe.

Le pregunto si esa performatividad significa que está en personaje todo el tiempo y ni él mismo lo tiene muy claro. “Esto es algo que he empezado a articular ahora. Creo que Lizza Fernanda era una expresión artística de Luis Felipe, pero ahora Luis Felipe ha dejado que esa expresión artística entre en él y se convierta en parte de él”.

Antes -destaca- “había un juego de doble personalidad”, pero poco a poco las ha ido fusionando al punto de que cuando se pone ropa de varón en su casa, se siente igual que si estuviera vestido de mujer. También ha visto en sí mismo y en su escritura “una construcción de sensibilidad femenina que es mucho más que travestismo”.

¿Que si se ha sentido rechazado por la comunidad universitaria? Dice que no por los estudiantes, pero sí por profesores que no lo tragan por diversas razones, incluyendo el decir públicamente que está interviniendo en su cuerpo y que pronto verán en él a una mujer que no necesitara ni maquillarse. “Siento las miradas y las actitudes de su mala vibra, pero éste soy yo en la búsqueda añadida de mi ser, de mi destino más pleno… Estoy mostrando que somos construcciones sociales, culturales, y también que se puede ser feliz. Esta no es la felicidad, pero es parte del proceso de la felicidad. Yo tengo una fuerza indetenible y no hay quien detenga este deseo de continuar mi devenir. Porque este es mi destino, y bienvenido”.


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