Javier Jesús Miranda salvó a doce vecinos de un golpe de agua en Toa Baja. Murió a los 18 años al contraer leptospirosis. "Las sabandijas eran demasiadas", cuenta su madre, un año después.

Cuando un hijo nace, el amor es el más sublime e incondicional. Cuando muere, el dolor es el más punzante e insoportable.

Son las 12:15 a.m del 6 de octubre de 2017. Es viernes. Jeannette Matos Ruiz entra a la sala de hospital donde la vida de su hijo se apaga poco a poco.

Javier Jesús Miranda Matos es muy joven, solo tiene 18 años. Yace en una camilla y el monitor al que está conectado registra leves pulsaciones.

Su corazón está por dar el latido final.

La madre se acerca a su hijo. Se incorpora frente a él. Llora. Su alma está destrozada. No se resigna. Saca fuerzas desde lo más profundo de sus entrañas y le ordena a su primogénito que regrese a la vida. Le grita: “No, no, no. Lucha, Javi, lucha”.

Javier la oye y el monitor se activa. Pero en breve, vuelve a irse.

“Lucha, hijo, lucha”, sigue clamándole a viva voz Jeannette al que encabeza su descendencia.

La frecuencia cardiaca retorna en grande. Pero, otra vez, se vuelve casi imperceptible.

“Quédate, Javi, estoy aquí”, le sigue reclamando.

Javier va y viene, reaccionando a la voz de Jeannette. El hilo que lo conecta a la vida no se puede romper por el quebranto emocional de su madre.

De momento, Jeannette cuenta que vio en la misma sala de hospital la aparición de su madre, Nancy, y su abuela paterna, Ana, ambas fallecidas. Desde el mundo espiritual, le ordenan que se despida.

Eso bastó para que dejara que su hijo abandonara el plano terrenal.

“Cuando las vi, entendí. Le di permiso a mi hijo de morir”, dijo Jeannette a El Nuevo Día.

Javier fue declarado muerto a la 1:10 a.m. Sus cenizas están junto a las de su guardiana, su abuela Nancy, en el nicho #506 del cementerio de Cataño.

Él fue una de las primeras víctimas de leptospirosis tras el paso del huracán María, reconocida oficialmente. Apenas semanas antes de su muerte, había salvado la vida de 12 vecinos en medio de un fuerte golpe de agua y ayudado a limpiar escombros y fango de las casas en su barrio.

Ese acto heroico, bondadoso y desprendido, irónicamente, le costó la vida.

Todavía no le han entregado el resultado de la autopsia en el Negociado de Ciencias Forenses (NCF), y en el hospital Hermanos Meléndez, donde su hijo murió, ella dice que el récord médico no aparece.

Jeannette se siente impotente, pero tiene otros tres hijos por los que vivir.

Ese 20 de septiembre de 2017, a las 2:00 a.m., ya estaban en tinieblas en el barrio Campanillasen Toa Baja. La familia se guarecióen la casa. Subieron la mayoría de sus pertenencias unos tres pies. Donde viven, si no se limpian las alcantarillas, es normal que se inunde con dos pies de agua.

Al día siguiente, a las 12:45 p.m., Javier grababa los destrozos dejados por el ciclón.

“El nene dice: ‘Mira cómo viene el chorro de agua de allá para acá’. Era como si al final de la calle, hubiera una piscina de seis pies y la hubieran inclinado hacia abajo”, recordó Jeannette.

¿Qué hizo?

—Al ver eso, pensé: “Hay que ir al techo”... vemos a la primera familia de ocho, que el golpe de agua los sacó y venían como hormigas. El vecino venía aguantando a sus tres hijos, sus dos sobrinos, su hermana, su mamá y su mujer. Nos paramos al frente y logramos cogerlos.

Aterrador...

—Sí, yo gritaba: “¡Salgan, salgan!”, pero no me oían... Tenía el agua en la cintura y el golpe me llevó. Logré levantarme y no tenía los tenis. Me los arrancó... Ahí se oyen los gritos de los vecinos del frente, personas de más de 70 años. Mi esposo y Javier los salvaron.

Poco a poco, lograron llegar a la casa de una vecina, en la calle de atrás, donde el agua no llegó.

Lo perdieron todo con la gran inundación.

El agua comenzó a bajar a las 5:00 a.m. del día siguiente. A las 8:00 a.m., ya se veían los escalones, y una hora más tarde, la carretera. “Lo que había era babote. Caminar era difícil”, dijo.

No pudieron retornar al hogar y se quedaron con sus vecinos Ana y Joe.

Su hijo Javier decidió ayudar a sacar los escombros, a limpiar. Estuvo mano a mano con los de su comunidad. Incluso, se quedó con una vecina mayor que estaba sola.

Ella tenía un presentimiento de que algo podía pasar y hasta le dijo que lo llevaría a hacerse un CBC. Pero el joven le decía que estaba bien.

“Mi hijo salvó 12 vecinos... Yo le decía que tuviera cuidado, pero él me respondía que hacía lo que le había enseñado”, resaltó.

¿Qué veía que le preocupaba tanto?

—Se veían muchas ratas, serpientes, arañas de las grandes que nunca habíamos visto, escorpiones grandes.

¿Como una premonición?

—Sí, yo soñaba con gritos. El día antes de su muerte me dijo que tenía dolor de cabeza, que le diera unas pastillas. Si no se le pasaba, lo iba a llevar al hospital.

¿Mejoró con las pastillas?

—Sí, y se pusieron a jugar UNO. Él ganó. Preparé la comida, hice galletitas. Buscaba mucho a su papá y se le pegaba. De madrugada, me dijo que le diera otras pastillas, que el dolor de cabeza volvió. Yo iba a llenar los papeles de FEMA y le dije al papá que si no mejoraba, me llamara, que dejaba la fila y lo llevaba al hospital. Pero mejoró y mi esposo se fue a trabajar.

¿Cuándo inicia la cuenta regresiva?

—Cuando llego, a las 8:00 a.m., lo veo extraño. Le pregunto si se siente bien y me dice: “Me siento cansado y me duele el cuerpo”. Le dije a Ana (vecina donde se quedaban) que iba a buscar a alguien que tuviera carro y ella me grita: “No me gusta, está cambiando de color”. Como pude, me lo eché encima.

¿No podía caminar?

—No, me decía que el dolor en las piernas era fuerte. Llegamos al hospital a las 11:00 a.m.

¿Cómo estaba cuando llegaron?

—Se sentía débil, tenía la boca reseca. Estaba notando ya el color amarillo.

Una enfermera le tomó los signos vitales y aunque, según Jeannette, intentó en tres ocasiones que lo atendieran antes por la emergencia, una doctora ordenó que esperara su turno.

A la desesperación de ver a su hijo empeorar, se sumaba la impotencia de que no podía comunicarse con nadie porque no había señal. A las 4:00 p.m., seguían si atenderlo. Ella decidió que era suficiente y comenzó a presionar.

“Me meto adentro, empiezo a pelear y me ponen como una madre neurótica”, dijo.

¿Cuándo lo atendieron?

—A las 8:15 p.m. fue que le pusieron el primer pinchazo al nene. Se pudo acomodar en la camilla.

Cuando el padre de Javier llegó de trabajar fue que supo que Jeannette estaba con él en el hospital. De inmediato se movió hacia allá. No imaginaba la gravedad de la situación.

“Les estoy pidiendo que le hagan los estudios para ver qué es lo que tiene... Cuando el nene vomitó sangre, fui a buscar a la doctora y la traje por el pelo... y solo cuando vomitó sangre es que ella autorizó los exámenes”, narró, llena de rabia y frustración.

¿Javier luchaba por su vida?

—Sí, pero había pasado mucho tiempo. A las 12:15 de la medianoche me dijeron que pasara, porque como él me oía, no se quería ir. Empecé a decirle que luchara, que no se me fuera por el túnel, que luchara, que yo estaba ahí. “Lucha, hijo, lucha”. Iba y volvía.

¿El monitor de los latidos se activaba cuando la oía?

—Sí, le decía: “Dale, Javi, lucha, levántante”. Ellos decían: “¿Qué es esto? Él no quiere irse, no se puede ir”.

¿Usted no quería?

—No, les dije: “Él sale de esta. Si él me está escuchando y está aquí, haz tu trabajo, porque ese es un hilito que cuando se rompe no se vuelve a unir. No lo permitan”. Ahí su papá entró y rezó el Padre Nuestro... Entonces, vi a mi mamá y a mi abuela. Se lo tuve que entregar.

¿Cómo las vio?

—Su imagen. Fue... “entrégamelo”. Y le di permiso para morir.

Jeannette llora mientras rememora esos últimos momentos de vida de su hijo. El padre de ella, don Lemuel Matos, también está afectado.

¿La aparición de su madre allí le dio tranquilidad?

—Sí, sí. Desde ahí no permití que nadie más lo tocara y nadie más lo tocó. Fui la que llené su boleta, lo limpié.Yolo preparé.

Mientras lo hacía, ¿estaba en silencio?

—Le decía: “Fuiste un héroe... me esperarás allá arriba”.

¿Le dijo algo al personal del hospital cuando su hijo murió?

—Cuando murió, les dije: “¿Qué hicieron con un héroe que salvó 12 personas? ¿Qué hicieron con la persona que me enseñó a ser madre?” Perder la casa no me importaba. Era mi héroe. No hay que tener un diploma para tener moral, decencia y respeto.

Le entregaron el cuerpo de su hijo dos semanas después y el 15 de octubre lo velaron. Sus restos fueron cremados.

Jeannette, que como secuela del huracán María perdió su trabajo y aún hasta mediados de agosto no la habían visitado del seguro de inundaciones, asegura que otros dos vecinos suyos murieron por la misma bacteria. Ambos eran ancianos.


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