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Kim Jong-un (semisquare-x3)
Kim Jong-un (AP)

En el tercer punto de la declaración conjuntafirmada en Singapur este 12 de junio de 2018 por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el hombre fuerte de Pyongyang, Kim Jong-un, el gobierno de Corea del Norte se comprometió a “hacer las diligencias pertinentes para alcanzar la absoluta desnuclearización de la península coreana”. Considerando que en esa península hay sólo dos países y que Corea del Sur ya se había despedido de su arsenal atómico en 1991, cuando Estados Unidos retiró las armas nucleares que había estacionado en su territorio, sólo falta que Corea del Norte se deshaga de las suyas para cumplir su palabra.

Pero la noción de “desnuclearizar la península coreana” entraña más de lo que salta a la vista. Esa idea ya había jugado un papel importante en las negociaciones de 1992 entre Pyongyang y Seúl. En aquel momento, ambas partes suscribieron dos acuerdos: uno, con miras a fomentar la reconciliación de sus cúpulas, y otro para propiciar el desarme atómico. Corea del Norte intentó en vano incluir exigencias como la retirada de las tropas estadounidenses de Corea del Sur y el compromiso de que ninguna potencia nuclear la amenazaría.

Un término con historia

El hecho de que Pyongyang desistiera de hacer esas demandas y firmara los documentos redactados por Seúl se debe a la debilidad que exhibía Corea del Norte hace apenas un cuarto de siglo; su programa nuclear estaba en pañales. Hoy día, el estatus de Corea del Norte como potencia atómica es un hecho irrevocable, a pesar de que el pacto de 1992 lucía “blindado”, a prueba de infracciones. Y a pesar de que ambas Coreas juraron nunca producir o probar armamento de ese tipo. De ahí la desconfianza que genera la nueva promesa de Kim.

Evans J. R. Revere, experto en asuntos asiáticos del Instituto Brookings, recuerda que, en los últimos años, “portavoces del gobierno norcoreano le explicaron a sus interlocutores estadounidenses que Pyongyang podría ‘sopesar’ la posibilidad de una desnuclearización en un lapso de diez a veinte años, si Washington ordenaba el desmontaje de las ‘amenazas’ en su contra; es decir, la alianza de Estados Unidos con Corea del Sur y el escudo antinuclear estadounidense que protege tanto a Corea del Sur como a Japón”. 

Nociones contrastantes

Evidentemente, el término “desnuclearización” no significa lo mismo para las partes en discordia. De hecho, ese concepto no significa lo mismo ni siquiera para los analistas estadounidenses. En entrevista con The Wall Street Journal, Joseph De Trani, mediador estadounidense en las conversaciones del sexteto de 2003-2006, dice celebrar la desnuclearización aludida por Kim, pero sólo si ésta es entendida en Pyongyang como “el desmantelamiento completo, verificable e irreversible de todas las armas y programas nucleares norcoreanos”.

En su artículo para la revista Foreign Affairs, Toby Dalton y Ariel Levite sostienen que la esperanza de De Trani no es realista porque el nivel de desarrollo atómico alcanzado por Corea del Norte tiene un valor existencial para su gobierno. Además, la del “desmantelamiento completo, verificable e irreversible de todas las armas y programas nucleares norcoreanos” es una exigencia anacrónica; Dalton y Levite proponen una “restricción cuantitativa y cualitativa, significativa y comprobable del desarrollo de armamento nuclear en Corea del Norte”.

Ese objetivo les daría la garantía a Corea del Sur y a Japón de que Estados Unidos actuaría sensata y tenazmente de cara a Corea del Norte. Así, tanto Seúl como Tokio podrían hacer más que simplemente confiar en la capacidad de respuesta de Estados Unidos a un ataque nuclear norcoreano o en su disposición a reaccionar ante agresiones de otra naturaleza: convencionales, biológicas o químicas. No obstante, sigue sin estar claro qué rol jugará el escudo antinuclear estadounidense en el marco de la desnuclearización prometida por Kim Jong-un.  


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