Jackson Blatch empieza a reparar el tejado de su casa en Marsh Harbor, en la Isla Ábaco, Bahamas. (AP/Fernando Llano)

Marsh Harbour, Bahamas — Las calles estaban llenas de coches aplastados, cables eléctricos cortados, árboles desgajados y sumidas bajo un profundo silencio.

En el aeropuerto y el muelle, cientos de personas tratan de hacerse con pasajes para aviones y huecos en barcos, que llegan con ayuda y se marchan con gente que perdió sus hogares cuando el letal huracán Dorian golpeó las Bahamas.

El gobierno de las Bahamas informó el domingo que más de 900 miembros de la policía y fuerzas militares del archipiélago se encontraban en la Isla de Ábaco y la isla de la Gran Bahama para ayudar con las labores de recuperación.

Las autoridades añadieron que 120 miembros de las fuerzas de seguridad de Jamaica llegaron a las Bahamas el sábado por la tarde y se prevé que 100 elementos de Trinidad y Tobago arriben el domingo como parte de la labor de ayuda luego del paso de Dorian.

Las Bahamas dijeron que “grandes números de fuerzas de seguridad” de Gran Bretaña y Estados Unidos ya estaban involucrados en los operativos de búsqueda, rescate y recuperación.

El gobierno señaló que por lo menos 43 personas fallecieron en la tormenta, pero las autoridades siguen tratando de buscar en algunas zonas que quedaron aisladas por las inundaciones y escombros. Ocho personas murieron en las Isla Gran Bahama y 35 en Ábaco, según el primer ministro, Hubert Minnis.

Casi una semana después de que el desastre llegara desde el mar, el resto de la ciudad de Marsh Harbour, en la Isla Ábaco, parecía desierto el sábado. Un viento cálido soplaba entre los pinos decapitados y viviendas derrumbadas por el huracán más potente jamás registrado en el noroeste de Bahamas.

La Guardia Costera estadounidense dijo haber rescatado a un total de 290 personas en el norte del archipiélago tras el huracán. Seis helicópteros MH-60 Jayhawk y nueve lanchas ayudaban en las tareas de auxilio, según los guardacostas.

Naciones Unidas dijo haber enviado ocho toneladas de suministros. El cargamento enviado por mar incluye unas 14,700 comidas listas para consumir, así como equipamiento logístico y de telecomunicaciones, indicó Herve Verhoosel, portavoz del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas.

“Las necesidades siguen siendo enormes”, dijo Verhoosel.

No había cifras oficiales disponibles, pero buena parte de la población de Marsh Harbour, donde vivían la mayoría de los aproximadamente 20,000 habitantes de Ábaco, parecía haberse marchado ya. Muchos se alojaban con familiares en la capital, Nassau, otros con parientes en Florida y otras partes de Estados Unidos.

En una colina con vistas al mar azul en el vecindario de Murphy Town, en Marsh Harbour, Jackson Blatch y su yerno ya estaban trabajando en la reconstrucción. Bajo el abrasador sol del mediodía, retiraban tejas dañadas del tejado de Blatch y las lanzaban a su camioneta, estacionada bajo el alero de una casa que construyó con sus propias manos.

Como otros pocos vecinos de Ábaco, Blatch se ha quedado en una isla arrasada por la naturaleza.

“Todo el mundo dice, ‘Vete’. ¿Irme a dónde?”, preguntó Blatch. “Mi plan es reconstruir esta isla. Tengo mucho que ofrecer”.

A diferencia de casi todas las casas de Ábaco, la de Blatch sufrió pocos daños. Es un constructor que se enorgullece de hacer un trabajo de calidad. Cuando llegó el huracán, solo pudo arrancar las contraventanas que no había podido reforzar y llevarse algunas tejas, dejando las posesiones de la familia húmedas pero con la estructura y los muebles de la casa intactos.

De modo que Blatch tenía electricidad de un generador, agua potable, comida y la ayuda de su yerno, Moses Monestine, de 25 años.

“No tengo una hipoteca. No quiero ir a Nassau”, dijo. “No quiero ir a Estados Unidos. No quiero depender de nadie”.

Los residentes de la isla se describen como gente autosuficiente y con recursos, acostumbrada a ganarse la vida en el mar. Las familias extendidas abarcan cuadras e incluso barrios enteros, formando redes de apoyo que entraron en funcionamiento antes de la tormenta.

Muchos vecinos trabajan en barcos o muelles, otros en segundas residencias construidas por estadounidenses adinerados en la isla.

Brian Russell, de 55 años, es un ingeniero naval que ha pasado tres huracanes en alta mar y muchos otros en tierra.

En su casa en el vecindario de Dundas Town tiene agua potable para seis meses y cuatro meses de agua para bañarse. Tiene un generador y comida para varios meses.

La destrucción no le arredra.

“Llevo mucho tiempo por aquí”, dijo. “No me preocupa. Vayas donde vayas, la vida es lo que hagas con ella”.

Cuando el agua contaminada por la tormenta se haya limpiado, dijo Russell, puede vivir de la pesca y su huerto. Su pequeño jardín de cebollas, tomates y bananeros quedó destruido, pero tiene previsto replantarlo y añadir otros frutales.

Otras personas estaban más varadas que decididas.

Sterling McKenzie, un operador de maquinaria retirado de 67 años, vive en la casa de su hermana con otros familiares que perdieron sus casas. Sobreviven con la comida y el agua donadas por autoridades de Bahamas y trabajadores humanitarios que pasan a diario.

“Supongo que podemos quedarnos y capearlo”, dijo. “No tengo otra opción”.


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