Cuando se cumplen 25 años de la muerte de Pablo Escobar, la ciudad de Medellín busca librarse del estigma del narcotráfico y la violencia que dejó una sociedad dividida entre el repudio y la admiración hacia la mítica figura del criminal colombiano.

Incluso después de su muerte en un tejado de Medellín, hace 25 años, Pablo Escobar y su imperio del narcotráfico siguieron y siguen proyectando su sombra de violencia y corrupción sobre los colombianos.

Los colombianos que están en el exterior y, a fuerza de repetición, ya ni se indignan cuando les hablan del capo apenas mencionan su nacionalidad saben bien lo que es cargar el estigma del narcotráfico más allá de las fronteras.

“Llevo tres años en España, y siempre pasaba lo mismo cuando la gente sabía que era colombiana. Me decían que si podía conseguir cocaína, me hablaban de Pablo Escobar. Siempre les digo que él no es Colombia y que yo, personalmente, sufrí la muerte de tres familiares por la violencia del cartel”, dijo Gloria, una paisa (de Medellín) que se fue al otro lado del Atlántico buscando mejores oportunidades.

La caída de Escobar (precedida de la de su socio del crimen, el Mexicano, en diciembre de 1989) marcó el declive del cartel de Medellín pero poco afectó el negocio del narcotráfico, que apenas el año pasado produjo más de 900 toneladas de cocaína en el país y afectó casi 200,000 hectáreas de bosques tropicales con los cultivos de coca.

Hoy no existen los grandes carteles, y la vigencia de los capos se cuenta por meses, pero son tantas las organizaciones narcos y hay tantos lugartenientes haciendo la fila que regiones enteras, como el Catatumbo (centro-norte) y Nariño (sur), siguen sin saber lo que es la plena vigencia del Estado a pesar de la firma de la paz con las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia).

El capo, que, incluso, llegó a sentarse en el Congreso, fue uno de los pioneros en la compra de senadores y representantes para protegerse la espalda. El caso más conocido es el de Alberto Santofimio -condenado por el crimen emblemático de Escobar: el magnicidio de Galán (candidato a la presidencia de Colombia)-, pero la modalidad de cooptar la política fue replicada y refinada después por el cartel de Cali y los grupos paramilitares, como lo demostrarían los famosos escándalos del proceso 8000 y la ‘parapolítica’.

De hecho, la infiltración de los ‘paras’ (paramilitares) en todo el Estado y en los organismos de seguridad tuvo relación directa con Escobar: no por él mismo, sino porque uno de los jefes de ‘los Pepes’ (Perseguidos por Pablo Escobar), Carlos Castaño, logró, gracias a la guerra contra el capo, enquistarse en lo más profundo del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad de Colombia), como lo han revelado las investigaciones por el caso Galán.

Esos contactos y otros en el Estado le permitieron en la década de los 90 convertir su banda paramilitar, que nació como ‘los Tangueros’ (por su finca Las Tangas) en una fuerza irregular que dejó miles de muertes, casi siempre de civiles, bajo las banderas de las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá (ACCU) y, después, de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

Un nombre respetado por años representa de cuerpo entero esas alianzas oscuras a las que accedieron las autoridades colombianas en la cacería de Escobar: el coronel de la Policía Hugo Aguilar.

Aguilar pidió la baja un año después de la muerte de Escobar, y por muchos años brilló como el hombre que dio de baja al criminal más peligroso de la historia de Colombia. Ese reconocimiento le facilitó su camino en la política.

En 2001 llegó a la asamblea de Santander (centro-norte), y de allí saltó a la gobernación del departamento. La justicia habría de comprobar después que fueron los votos presionados por los paramilitares del Bloque Central Bolívar los que permitieron su triunfo en el 2003, cuando además fue candidato único.

Fue condenado a nueve años de prisión, de los que pagó poco menos de cinco, y a pesar del escándalo logró constituir un clan político que sigue mandando en la política de Santander.

En el mundo de la delincuencia, el legado de Escobar también sigue vigente. Diego Fernando Murillo, un sicario del cartel, se independizó y consolidó la estructura criminal que se conocería como la ‘oficina de Envigado’, la primera ‘oficina de cobro’ de la que se tenga memoria en el país.

Esa estructura criminal es responsable de miles de muertes a lo largo de 30 años y hoy va en su quinta generación de capos. Pasa algo similar con ‘los Triana’, otra tenebrosa banda de Medellín que genera hoy violencia a través de hijos y hasta nietos de antiguos sicarios del cartel.

En 2014, ‘don Berna’ (Diego Fernando Murillo) publicó un libro: Así matamos al patrón. La cacería de Pablo Escobar, en el que describe cómo se alió con la Policía para ‘cazar’ a Escobar, y cómo, el día que lo ubicaron, según él, fue su hermano Rodolfo Murillo Bejarano, alias Semilla, quien le disparó al ‘capo de capos’.

Los dividendos que genera el nombre de Escobar

Cada historia y cada personaje que narran su cercanía al hombre que cobró la vida de más de 5,000 personas tienen un sello de ganancia.

Sobre ‘el patrón’ se han escrito ocho libros; el último lo lanzó hace un mes su esposa, María Victoria Henao. Pablo Escobar: mi vida y mi cárcel, que promocionó contando que fue víctima de abuso sexual de Escobar siendo una niña y abortó en difíciles condiciones.

Su hijo Juan Pablo, en su libro Pablo Escobar, mi padre, o Virginia Vallejo en Amando a Pablo, odiando a Escobar, narran desde diferentes perspectivas su convivencia con el narcotraficante. Y siempre con millonarias ganancias.

Sebastián Marroquín, nombre ficticio que adoptó Juan Pablo Escobar, el hijo del narcotraficante para sobrevivir. (EFE)

El libro de Vallejo fue llevado este año al cine, en una cinta protagonizada por los españoles Javier Bardem y Penélope Cruz, para un total de 9 películas sobre la vida del capo, además de decenas de documentales.

Camisetas con su imagen que se venden a la par con las del ‘Che’ Guevara, suvenires y los famosos narcotours en Medellín y sus alrededores siguen fomentando la imagen de uno de los peores criminales de la historia, como si se tratara de una suerte de Robin Hood caído.

Así, por lo menos, lo vendía Roberto Escobar, hermano del narco, quien tenía un museo con su polémica versión de la historia. Hace mes y medio, ese sitio se cerró, pero la alternativa de volver a sacar provecho de su antiguo jefe sigue seduciendo a muchos que pasaron por el mundo de la mafia.

Eso estaba haciendo, entre otras actividades, Popeye, el sicario más temido de Pablo Escobar y quien hasta su captura, el año pasado, solía aparecerse casi una vez a la semana por La Catedral, la cárcel personal del narco, con decenas de turistas extranjeros.


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