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Residentes evacuando tras una nueva erupción en el Volcán de Fuego en Escuintla, Guatemala (horizontal-x3)
Residentes evacuando tras una nueva erupción en el Volcán de Fuego en Escuintla, Guatemala. (AP)

Escuintla, Guatemala - Recelosos de las autoridades que les dieron poco tiempo de evacuar antes de que nuevas coladas volcánicas descendieran hacia sus poblaciones, residentes cercanos al Volcán de Fuego en Guatemala no se la jugaron cuando se anunciaron nuevas erupciones.

El tráfico quedó paralizado en carreteras colapsadas y los que no tenían vehículos caminaban incluso desde el centro de Escuintla, que no recibió orden de evacuar. Los negocios cerraron ante la marcha de sus propietarios, que aún tenían fresca en la memoria la explosión del domingo, que dejó al menos 75 muertos y 192 desaparecidos y convirtió lo que era un vergel en un paisaje lunar cubierto de ceniza. 

Minra Priz, que vende tamales y chiles rellenos, lloraba sentada en una piedra en un cruce, con una maleta delante y acompañada por su hijo de 11 años, Allen, y su perro Cara Sucia, una mezcla de terrier. 

“Se siente impotencia. No sé a dónde voy a ir. Dejar mis cosas, todo lo que tengo”, dijo. 

Pero tras ver lo que había pasado el domingo, tenía miedo de quedarse. 

Una columna de humo se alzaba el martes por la tarde de la montaña y material volcánico caliente empezó a descender por su ladera sur, provocando órdenes de evacuación para media docena de poblaciones y el cierre de una autopista nacional. El instituto nacional de sismología y vulcanología indicó que el humo que se alzaba del cráter podría producir una “cortina” de ceniza que alcanzara los 20,000 pies de altura sobre el nivel del mar, planteando un peligro para el tráfico aéreo. 

Rescatistas, policías y periodistas se apresuraron a abandonar la zona mientras una sirena sonaba de fondo y los altavoces repetían “¡Evacúe!”. 

Entre los que huían estaba Pantaleón García, jubilado y que pudo cargar a sus nietos en la parte trasera de una camioneta descubierta con un bidón de agua y algo de comida. Viajaban a casas de parientes en otra localidad. 

“Hay que estar prevenidos, por los niños”, comentó. 

Cuando quedó claro el pánico que habían desatado las nuevas órdenes de dasalojo, los responsables de emergencias hicieron una llamada a la calma. 

En la población de Magnolia, incluida en la nueva orden de desalojo, los residentes huían cargando bultos, bolsas de ropa e incluso perros pequeños en los brazos. 

Muchos caminaban a un lado de la autopista porque el tránsito de vehículos se había quedado parado en la única carretera para salir. 

Para el martes, todo el mundo estaba familiarizado con las imágenes de la destrucción del domingo. Lo que era una serie de cañones, colinas y campos verdes se transformó en algo más parecido a una playa color beige con rocas y escombros que dejó una avalancha de material ardiente y nubes tóxicas que descendieron del cráter de uno de los volcanes más activos de Centroamérica.

Dos días después de la erupción, en muchos puntos el terreno seguía demasiado caliente para que los equipos de rescate buscaran cuerpos o sobrevivientes, algo más improbable cada día que pasa. 

Lilian Hernández no dejaba de llorar mientras nombra a cada uno de sus tíos, tías, primos, su abuela y dos nietos _36 familiares en total_ desaparecidos y dados por muertos en la erupción. 

Un portavoz de los bomberos de Guatemala dijo que una vez pasen 72 horas desde la erupción habrá escasas posibilidades de encontrar a alguien con vida. 

En un control de carretera, Joel González se quejaba de que la policía no le dejaba pasar para ver la casa familiar en el pueblo de San Juan Alotenango, donde su padre, de 76 años, quedó sepultado por la ceniza junto con otros cuatro parientes. 

“Dicen que los van a dejar enterrados allí, ni vamos a saber si realmente son ellos... nos están quitando la oportunidad de despedirnos”.



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