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Poggi, en el malecón de Lima. (La Nación / GDA)

"Sí, lo maté yo, con mis propias manos", dice el hombre de 71 años, la piel curtida como el cuero, camisa blanca gastada con un chaleco de piel marrón y su bicicleta a un lado.

Lo cuenta mientras come frutas en un carrito estacionado en la vereda del malecón limeño, barrio peruano de Miraflores, mirando al océano Pacífico. Pocos de los que pasan a su alrededor saben de quién se trata: un psicólogo convocado para hacer confesar a un supuesto asesino serial, y que pasaría a la fama por ahorcar al detenido hasta matarlo.

Formado en Europa como criminólogo, a Mario Augusto Poggi Estremadoyro lo había llamado la Policía de Investigaciones Peruana para trazar el perfil psicológico de un presunto descuartizador de mujeres.

En verdad, la misión era otra: hacerlo confesar. El psicólogo debía obtener una declaración en la que el sospechoso, Ángel Antonio Díaz Balbín, admitiera sus crímenes. Si era necesario, empleando "métodos científicos" de la Segunda Guerra Mundial.

A Mario Poggi le bastaron solo cuatro jornadas de interrogatorio para confirmar que Díaz Balbín había descuartizado al menos a una mujer, y que luego había diseminado sus partes en bolsas negras por los basurales de Lima.

Pero no se quedó ahí. Enceguecido porque el paciente no había confesado como él quería, y ante la posibilidad de que saliera en libertad, ya que la principal testigo que lo acusaba se había echado atrás, Poggi resolvió hacer justicia por mano propia.

Aprovechó la soledad del interrogatorio y arrojó al piso a Díaz Balbín, quien tenía las manos atadas, le rodeó el cuello con un cinturón como si fuera el collar de ahorque de un perro, le puso un pie en la nuca y con las dos manos ajustó con fuerza el cinto durante varios minutos.

"He liberado a la sociedad de un asesino", confesó Poggi minutos después de que el detenido expirara.

Encuentro con un homicida ilustrado

Al verlo devorar fruta con tanta pasión y velocidad, el cronista se acerca para entablar un diálogo gastronómico sin saber de quién se trata.

El viejo escupe al aire unas semillas. Conversa alternativamente con el vendedor de fruta y con el cronista. Le imprime pasión enciclopédica a su descripción sobre frutos peruanos de la sierra, la selva y la costa. Parece un científico loco.

"¿Sabes con quién estás hablando?", dice al oído un discreto guía de turismo, como para alertar sobre la importancia del testimonio.

Mario Poggi escucha la infidencia. Se pone serio, actúa como si estuviera enojado, deja de masticar y clava la mirada al reportero, como esperando la pregunta que le han hecho una y otra vez desde el 9 de febrero de 1986.

Dice, antes de que nadie le pregunte nada: "No pude soportar que volviera a matar y lo maté, me sobrepasó". La mirada perdida en dirección al Pacífico. Los ojos brillantes se le salen de la cara.

"Fue un acto heroico y también un sacrificio", asume el criminólogo formado en Bélgica, artista plástico, performer, humorista y hasta candidato vitalicio a la presidencia del Perú.

El estrangulamiento de un psicópata perverso

Pese a parecer un loco acicalado, su traje gastado pero limpio, la bicicleta con un canasto lleno de libros, Poggi se muestra perfectamente conectado con la realidad. Habla de sus esposas y recuerda a una de sus hijas, que bautizó "Neurona H2O".

Por momentos se le nota melancólico. Como siempre. Igual que durante los primeros y calurosos días de 1986, cuando una serie de hallazgos macabros estremeció a los peruanos.

Partes humanas de cuerpos descuartizados aparecían en las avenidas y los basurales de Lima. Pertenecían a mujeres por la que nadie había reclamado. Luego se supo su nombre de la primera víctima: Mirtha García Flores. Tenía 26 años y era prostituta.

Los hallazgos comenzaron en diciembre de 1985, revelaban un mismo patrón y todas las hipótesis de la Policía Nacional del Perú (PNP) apuntaban a un asesino serial.

El 4 de febrero de 1986, la policía detuvo a un hombre que había sido señalado por una mujer tras dejar una bolsa en la basura con partes humanas.

El sospechoso, Ángel Antonio Díaz Balbín, tenía 30 años y había estado preso en el penal de Lurigancho, una de las cárceles más grandes y peligrosas del Perú, condenado por matar a una tía y a dos de sus primos hermanos, a quienes había ultimado a cuchillazos. También lo habían incriminado por el asesinato de una italiana, Nina Barzotti, pero nunca se le pudo condenar por no reunir suficientes pruebas.

Los estudios psiquiátricos describían a Díaz Balbín como un psicópata perverso. Había sido condenado a 15 años de prisión en 1976, hasta que en 1985 empezó a gozar del privilegio de un régimen de semilibertad.

Apenas obtuvo las salidas transitorias, comenzaron a aparecer partes de mujeres descuartizadas en avenidas y basurales de la capital peruana.

Última entrevista antes del fin

Mario Poggi está ahora en la rambla de Lima. Milagrosamente hay un poco de sol, el clima es templado y se presta para la conversación. Nadie sabe que esta será su última foto pública y que poco después de esta conversación, el 26 de febrero de 2016, el entrevistado morirá de un infarto agudo de miocardio, a los 73 años.

Poggi se ocupó de no llevarse la verdad a la tumba. Al menos su verdad pública. Escribió tres libros y fue a todos los programas televisivos donde lo invitaron.

Con los años se convirtió en un personaje pintoresco de la farándula vernácula que deambulaba en su bicicleta de los malecones a la plaza Kennedy, vendía libros, animaba eventos y realizaba test psicológicos callejeros.

Si bien su look siempre resultó llamativo, parecía incapaz de estrangular a una persona con un cinturón.

"Maté para evitar un mal mayor", repite Poggi sin dejar de comer fruta.

La otra teoría

Sin embargo, las investigaciones posteriores pusieron en duda que Díaz Balbín haya sido el asesino serial que todos buscaban.

En realidad, hay quienes afirman que Poggi y un cabo de la policía peruana se habrían excedido con la tortura ("métodos científicos" como los llamaba Poggi) y el psicólogo resolvió matar a su paciente para que no contara luego los apremios ilegales a los que había sido sometido.

Cuenta el periodista peruano Enrique Sol, que entrevistó al "psicólogo justiciero" en la cárcel a finales de 1987, que Poggi había empleado con Díaz Balbín torturas diseñadas por las SS nazis para obtener una confesión.

Durante un reportaje, Poggi confesó que el agente PIP, llamado Villar Almonacid, fue quien lo incitó a estrangular al detenido. Y que él estaba tan turbado que en un primer momento dijo que estaba solo, que se le había nublado la conciencia y que después se desdijo para no recibir los 25 años de condena que pendían sobre su humanidad.

Poggi estuvo preso solo 5 años.

Una primicia para la revista Caretas

Cuando Díaz Balbín fue detenido, los hallazgos de mujeres descuartizadas cesaron. Pero no por mucho tiempo.

El sospechoso fue sometido a diferentes test psiquiátricos realizados por cinco criminólogos distintos y ninguno había podido lograr que confesara.

En aquellos tiempos Poggi venía de Europa y se jactaba de realizar evaluaciones psicológicas que eran desconocidas en América Latina. Según afirmaba, por eso lo habían convocado.

El profesional aceptó el trabajo porque estaba en una situación económica angustiante. Tanto que, al tercer día de interrogatorios, Poggi convocó a dos periodistas de la revista Caretas para que registrasen la confesión del asesino serial, a cambio de una importante suma de dinero. El dramático show estaba por comenzar.

Un 7 de febrero de 1986, el fotógrafo de la revista Caretas Víctor Vargas fue testigo del interrogatorio a Díaz Balbín. Registró todo cuanto pudo, pero nunca escuchó la confesión del detenido. Y fotografió al psicólogo junto al sospechoso. La foto que trágicamente sería portada de la revista.

Poggi recibió un cheque con la mitad del pago a cuenta. No habría segunda cuota.

Al día siguiente, fecha en la que se cumplían 105 años de la muerte del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, autor de "Crimen y castigo", Poggi estranguló al sospechoso con una correa. Hasta su últimodía Poggi sostuvo lo mismo. Como el personaje de la novela rusa. "Le hice un favor a la humanidad".

Nunca se comprobó que en verdad Díaz Balbín haya sido el asesino serial que aterrorizaba a los peruanos. Incluso después de muerto, seguían apareciendo pedazos de mujeres descuartizadas por los basurales de Lima.


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