Al borde del llanto, Wilfredo Cruz aguarda por la repatriación de los restos su hijo Oscar, de 17 años, quien murió arrollado por un vehículo en México cuando huía de la miseria en las caravanas de hondureños que marchan a Estados Unidos.

"Ni en Honduras, ni en Estados Unidos. En ningún lado me siento segura", cuenta Lucrecia (no quiere dar su verdadero nombre por seguridad), una hondureña que iba a sumarse a la caravana de migrantes pero que desistió de hacerlo a último momento cuando vio la violencia que se vivió en la frontera entre Guatemala y México, durante los primeros días del periplo.

En Honduras se vive un ambiente enrarecido en donde algunos ya no quieren protestar contra las “injusticias” del gobierno de Juan Orlando Hernández, cuya reelección es ampliamente cuestionada por la opinión pública. La pobreza, producto de la mala gestión política y la incursión del narcotráfico, ha empujado a muchos de sus ciudadanos a salir del país.

Pero más que la pobreza y la cuestión política, son las maras (pandillas) las que han hecho de Honduras uno de los países más peligrosos del mundo, en donde ya nadie puede denunciar ni ser testigo de las atrocidades de la Mara Salvatrucha o del Barrio 18, que extienden sus tentáculos a lo largo de Centroamérica, truncando sueños de una juventud arrastrada por la frustración.

"Si eres testigo de un crimen o si no colaboras, te matan", dice Lucrecia, que a sus 24 años quiso irse de Honduras porque la violencia de la Mara Salvatrucha la ha marcado. Sobre ese tema, ella prefiere no ahondar en detalles y solo le dice al diario El Comercio de Perú que es un "oscuro y doloroso recuerdo".

No quiere hablar de ello por temor a represalias que la pongan en peligro y a su familia. Hay un antes y un después desde que los pandilleros la contactaron para obligarla a cumplir una orden -tampoco quiere revelarla- que la condenó de por vidaal aislamiento. Todo salió mal y ella tuvo que dejar atrás su vida, absolutamente todo, hasta los últimos años de su carrera universitaria, todo por salvar a sus seres queridos. Hace un par de meses escuchó que un grupo de hondureños -cansados también de la situación en su país- se alistaba para migrar a Estados Unidos.

No lo dudó y esperó a que la segunda caravana se organizara para ir junto con ellos. Pero lo sucedido en el puente Rodolfo Robles, que une a México con Guatemala, la hizo desistir. El 20 de octubre, miles de migrantes rebasaron la resistencia de la policía guatemalteca y corrieron hacia el lado mexicano. Pero la entrada al país azteca estaba blindada.

Muchos saltaron al río Suchiate para cruzar al otro lado. Otros trataron de derrumbar las rejas, pero fueron reprimidos con gases lacrimógenos. "Vi cómo un bebe sufría producto de los gases lacrimógenos, cómo la policía de otro país trataba con violencia a las mujeres y a los ancianos y ya no quise viajar", cuenta Lucrecia desde alguna parte de Honduras.

Camino a Estados Unidos

"Hay muchos casos en la caravana de gente que está huyendo de barrios y colonias conflictivas debido a las pandillas", explica Gerson Suazo, un hondureño que sí viajó con la caravana que llegó hasta la frontera con Estados Unidos en busca de un nuevo futuro debido a que, según explica, en su país "se vive una dictadura". "Salí de mi país hace algunas semanas. Si Estados Unidos no nos deja pasar nosotros seguiremos teniendo fe de ingresar, pero de la forma más organizada, pidiendo asilo político debido a que Honduras vive una dictadura.

Nuestro pueblo está huyendo de la miseria en la que se encuentra sumergido y de los asesinatos que está perpetrando contra el pueblo las Fuerzas Armadas", afirma.

Gerson tuvo que abandonar Santa Bárbara, la ciudad en la que vivía con su madre, para encaminarse hacia las áridas tierras de Tijuana, la ciudad mexicana desde donde piensa ingresar a Estados Unidos en busca de un mejor futuro para su familia. "Lo más duro que me ha tocado vivir en el viaje ha sido atravesar México. Fue muy duro.

Nos tomó cuatro semanas atravesarlo", explica. ¿Alguien le espera en Estados Unidos? le preguntamos, a lo que responde: "Nadie me está esperando en Estados Unidos". Como Gerson, casi nadie tiene un futuro cierto en el país del "sueño americano". "No tengo amigos ni familiares allá (en Estados Unidos), si decido pasar, voy a la mano de Dios, lo que él decida hacer con mi vida está bien, espero tenga planes positivos, yo soy polifacético así que puedo dedicarme a lo que sea", dice. 

Los migrantes han viajado en grandes grupos hacia la frontera de Estados Unidos. Unos 7,400 migrantes se han congregado en el estado mexicano de Baja California, en las ciudades de Tijuana y Mexicali, lo que ha provocado tensiones en días recientes que han ido en aumento. En Guatemala, a finales del mes de octubre, la caravana rompió la valla metálica que separa al país de México para seguir con su paso.

Las imágenes de decenas de ellos cayendo al río Suchiate dieron la vuelta al mundo. Tomar riesgos funcionó y pudieron pasar. Pero más al norte no corrieron la misma suerte. El domingo pasado, un grupo de integrantes de la caravana de migrantes trató sin éxito saltar la valla fronteriza para entrar a Estados Unidos.

El hecho dejó a 42 inmigrantes detenidos y horribles recuerdos que involucran disparos con balas de goma, bombas lacrimógenas y hasta helicópteros sobrevolando sobre sus cabezas.

"He visto morir a varias personas. He visto morir niños, jóvenes, amigos que hice en el camino. Algunos se caían de rastras, se caían de automóviles, se deshidrataban y morían de insolación, incluso una guagua colisionó con al menos 60 inmigrantes", contó Gerson vía Whatsapp cuando se encontraba camino a Tijuana. "No tengo miedo. Más miedo tendría si me hubiese quedado en Honduras", culmina.


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