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Un manifestante sostiene una imagen del expresidente catalán Carles Puigdemont durante una protesta afuera del Parlament de Cataluña, en Barcelona, España (AP / Emilio Morenatti).

A más de un mes de haberse llevado a cabo las elecciones al Parlamento de Cataluña, convocadas por el gobierno español, la investidura del nuevo presidente regional aún sigue siendo un misterio.

La crisis se profundizó este martes cuando el jefe parlamentario catalán, Roger Torrent, aplazó una sesión en la que se pretendía a envestir como presidente a Carles Puigdemont, exmandatario y prófugo de la justicia (tuvo que huir a Bruselas al autoproclamarse presidente de la República Catalana y anunciar la separación de España).

¿Pero, por qué es tan difícil elegir un nuevo presidente de Cataluña?

A continuación cinco claves para entender la polémica elección:

El candidato

La llegada de Carles Puigdemont al poder parece no tener fecha. Hoy se conocieron unos mensajes en los que el líder separatista decía sentirse más cerca del retiro que de volver a manejar los destinos de la región. Sin embargo, horas después aclaró que solo fue un momento de debilidad y que mantiene sus intenciones de volver a ser presidente de Cataluña. Algo que parece cada vez más difícil por su situación procesal y su negativa a correr el riesgo de presentarse en España, en donde sería detenido al instante.

El martes Puigdemont no fue votado por el Parlamento, quien en la figura de su presidente Roger Torrent, decidió aplazar la sesión de investidura. Según la Constitución, se establece que si una sesión fracasa debe haber otra en no más de 48 horas (plazo que se cumplió hoy). Si se repite la negativa de nombrar al mismo candidato propuesto, se abre una nueva etapa de dos meses de duración para encontrar un nuevo candidato. Cumplido ese plazo, se llama nuevamente a elecciones. Esta posible salida no sería del agrado de Junts per Catalunya (JxCat), que quiere forzar la candidatura de Puigdemont. 

La opción del candidato (aún) desconocido 

El Tribunal Constitucional permite que cualquier otro candidato electo en los comicios de diciembre sea investido presidente, excepto Puigdemont. Hoy, el único nombre propio que circula por los pasillos del Parlamento catalán es el del presidente destituido, Carles Puigdemont, quien permanece en Bélgica. Las fuerzas independentistas, con mayoría en las cámaras, ni siquiera hablan o debaten sobre posibles candidatos. Podrían llegar a una alternatita si hay un consenso entre Ciudadanos, Partido Popular (PP) y el socialismo catalán (PSC). 

Todas estas fuerzas políticas no son capaces de imponer un criterio sobre un candidato, por el solo hecho de que carecen de cantidad suficiente de bancas para hacerlo. Esa opción solo podría prosperar con apoyo de sectores independentistas, entre ellos Esquerra Republicana (ERC),  alejados del carácter personalista y autorreferencial Puigdemont.

El nuevo presidente será sí o sí un independentista

Ningún grupo o partido independentista consiguió la mayoría absoluta en las elecciones para convertirse en gobierno en forma solitaria. Sin embargo, si se suman los escaños de todos estos grupos y partidos independentistas, sí alcanzan una mayoría. De esta manera pueden manejar el Parlamento y por consiguiente amalgamar una posición en miras de elegir un candidato común. Por esta razón es que solo ellos pueden proponer un candidato que gane la votación de investidura. Sin embargo, el único nombre que se escucha por estos días es el de Puigdemont.

El papel de la Corona

El Rey Felipe VI, que por estos días cumplió los 50 años, ha jugado un papel fundamental en esta crisis política, institucional y social que tiene a España en vilo desde hace casi 5 meses cuando la separación de Cataluña amenazó seriamente la unidad de España. El Monarca ha defendido el valor y la vigencia de la Constitución, además de haber mantenido con firmeza su posición con respecto a la democracia y al Estado de Derecho. Y, por supuesto, a la unidad de España.

Sólo unas horas después de que se conocieran los mensajes personales enviados por Carles Puigdemont, en  donde da por "terminado" el desafío independentista, Felipe VI se reunió con los embajadores de todos los países acreditados en España para agradecer el apoyo que la Comunidad Internacional ha ofrecido, sobre todo la Unión Europea. 

El propio presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, aseguró que "hay que luchar, contra el renacimiento de los nacionalismos”. Una posible independencia de Cataluña podría inspirar no solo a otras regiones como el País Vasco a buscar el mismo camino sino a otros países de la UE que no están conformes con las políticas del bloque.

Los analistas políticos concuerdan con que Felipe VI actuó con equilibrio y sensatez, además de demostrar que conoce muy bien la situación.

La postura de Mariano Rajoy y el gobierno de España

“En la vida hay mucho más que Puigdemont”, le dijo ayer el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, al jefe parlamentario catalán Roger Torrent, en alusión a una elección que se dilata. Para el gobierno central, lo sensato es que se presente como candidato a un diputado que no tenga cuentas judiciales pendientes como Puigdemont y que diga que va a respetar la ley, porque “todo lo demás es enredar, cansar a la gente, aburrir, hacer daños a la economía”, expresó Rajoy.

El peso del pasado

El nacionalismo catalán y sus ansias de independentismo tienen arraigo hace décadas, incluso siglos.

Aunque en el exterior España pueda verse como un país unificado con una única cultura, lo cierto es que existe una gran cantidad de identidades. La catalana es una de ellas.

Si bien han pasado 42 años de la muerte de Francisco Franco, el dictador aliado de Adolf Hitler, sus acciones –como prohibir el uso de las lenguas minoritarias como el catalán o el vasco- aún tienen consecuencias en el presente de España. Y una de ellas es el separatismo latente de algunas autonomías. Cataluña es una de ellas.

Tras la muerte de Franco, la Constitución española de 1978 y los pactos autonómicos de 1981 y 1992, el país se organizó en 17 autonomías. Cataluña es una de ellas.

Aunque la Carta Magna establece la “indisoluble unidad de España”, lo cierto es que los nacionalismos como el catalán, a los que Franco reprimió con crudeza, siguen a flote.

Puigdemont, que era casi un adolescente cuando terminó el franquismo, lleva en la sangre los recuerdos de esa represión y las ansias del separatismo y la gloria catalana de antaño.

De su mano, el Parlamento catalán aprobó el 27 de octubre una declaración de independencia tras el referéndum del 1 de octubre, declarado ilegal por la justicia española. Lo que desató la fuga de Puigdemont. 

El peso de la economía y los negocios

Por otra parte, Cataluña es uno de los principales motores de la economía de España y una de las autonomías más ricas, incluso por encima de Madrid. La primera representa en 19% del PIB y la segunda, el 18.9%, según los últimos datos oficiales.

Cataluña es uno de los mayores contribuyentes a la economía del país, pero considera que no recibe una compensación acorde al sacrificio económico que hacen sus ciudadanos, los catalanes.

En medio de este marco de pasado doloroso aún fresco, cansancio por los fuertes aportes económicos que hace la región, más ese siempre presente deseo de independencia, la elección de quien guíe el destino de Cataluña no es una decisión sencilla y, aunque todos los partidos separatistas saben que si unen fuerzas podrían dar batalla, lo cierto es que la pelea que dará el gobierno central español no tendrá descanso. 

Y España tiene además fuertes aliados en el Viejo Continente que están dispuestos a ahogar económicamente a Cataluña si intenta una movida que pueda encender otros nacionalismos y reproducirse a lo largo y ancho de la Unión Europea, un bloque que no puede permitirse otro Brexit. Sobre todo, si sus políticos y dirigentes quieren seguir en el poder y haciendo millonarios negocios entre sus Estados.


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