Nota de archivo: Este contenido fue publicado hace más de 90 días

 (horizontal-x3)
Seongmin Lee, durante una conferencia en la Sociedad Coreana de los Estados Unidos (Captura / Twitter Seongmin Lee).

Seongmin Lee creció en la ciudad  Hyesan (Corea del Norte), justo en la frontera con China. Sin saberlo, aquello que inició como un juego de niños llevaría a transformarlo en un desertor.

De pequeño, mientras jugaba en el río, conoció a otro niño del país vecino, que le regalaba chocolates. Entonces, sin que nadie se diera cuenta inició una rutina de escapes hacia China.

Lee recuerda que para él esos "paseos" eran como ir a un parque de atracciones. Finalmente, en 2009 desertó junto a su madre, aunque echa de menos su país, y reconoce que sueña con volver algún día. 

En una entrevista publicada hace algunos días por el diario español El Mundo, Seongmin relató que su viaje antes de instalarse definitivamente en Estados Unidos fue muy largo. Tras su salida de Corea del Norte, vivió en China, Corea del Sur y Laos.

Ahora, a sus 30 años,  Seongmin Lee recuerda la hambruna de los 90, las sanciones a su país, las insistencias del líder Kim Jong-il en que comieran patatas y los problemas con la posible unificación con Corea del Sur, que tiene sus propios desafíos económicos. 

En su charla con El Mundo Seongmin Lee reconoce que "el intercambio de tuits entre el presidente Donald Trump Kim Jong-un no son más que gesto políticos. El problema es que un error puede llevar a una acción militar", indicó.

El joven desertor cree que tarde o temprano su país tendrá que abrir la mesa de negociaciones y llegar a un acuerdo sobre su programa y pruebas nucleares. 

Los años en Corea del Norte

Durante su relato con El Mundo destacó que a finales de los 90, en la época de la hambruna, "el gran líder Kim Jong-il visitó nuestra provincia, y nos dijo que la gente en Europa comía papas, y que teníamos que comer papa. Hacer todo con papas. No lo entendí, porque las papas son papas", explica. Ahora admite que las detesta. 

"La gente rica comía arroz". Hay cierto orgullo entre los norcoreanos que pueden permitirse este lujo, donde se vive con entre tres y cuatro dólares al mes. 

A pesar de ser un hombre joven, han quedado muy lejos en su memoria los años de la infancia. "De pequeño, para mí, algo no encajaba. En el colegio me enseñaban que en mi país la gente era la más feliz del mundo, y que nuestros líderes eran los mejores. Pero, entonces, pensaba por qué la gente es mi país se muere de hambre, y en el resto no", recuerda al compararlo con China. 

"Al vivir en un pueblo en la frontera, iba al río de pequeño a jugar, y conocí a un chino que medio chocolate. El sabor me pareció fantástico. Lo había visto en el supermercado. Quería darle algo a cambio, y no tenía nada. Le di un pin de nuestro gran líder, y no le gustó nada. Me impresionó. Le expliqué que nuestro líder era grande. Pero, me dijo que no era así", recuerda de su primer intercambio con un extranjero. 

Ya de mayor, Lee comenzó a contrabandear con chocolate o cigarrillos que traía desde China. En sus declaraciones asegura que sobornaba a los guardias norcoreanos. Sin embargo, a veces lo golpeban y lo llevaban a centros de detenciones. "Me pegaban tanto que ya no sentía el dolor. Pero, valía la pena", recuerda.  

En esa época de su vida destaca que solo hacerse fuerte y confiar en uno mismo eran las clave para sobrevivir.  "Vi a gente caerse desfallecida porque no tenían comida, y no era una película", apunta. Para él, China fue la libertad.


💬Ver 0 comentarios