Mayra Montero
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Mayra Montero: la guerra de los garbanzos

Semanas atrás, a propósito de una visita a la veterinaria que atiende a mis animales hace años, una amiga me imploró que no lo hiciera, ya que por razón de la demanda incoada por ella y otras personas contra la labor de los veterinarios de Estados Unidos, que venían a la Isla a operar mascotas gratuitamente, se había organizado un boicot.

Yo es que oigo la palabra boicot y me da alergia. Me recuerda la palabra bloqueo.

Así que le respondí que no boicoteaba a nadie. Y que, por supuesto, no estaba de acuerdo con la demanda, pero que mi manera de combatir movidas que considero injustas generalmente es hablarlas, discutirlas, incluso exaltarme. A menos que haya un crimen de por medio, como la explotación de menores en países manufactureros de ciertas marcas de ropa, o los experimentos con animales por parte de fabricantes de cosméticos, que en ese caso dejo de comprarlos y punto. Lo que es por comentarios, opiniones, adhesiones políticas, o el ejercicio de la libre expresión en los medios, no hago el ridículo de llamar a los comerciantes para que retiren los anuncios.

Me parece una bajeza. Los anunciantes deben ser libres de tomar sus decisiones sin que los presionen. Que ejerzan su criterio cuando surge una denuncia, pero sin que nadie los tenga que pinchar o intimidar.

Ya sé que eso es muy común en los Estados Unidos. Pero como mencioné en el podcast de esta semana, a medida que los medios de comunicación se arrugan o ceden al chantaje, pueden surgir más y más argumentos para que determinados grupos se “ofendan” con los comentarios o las ideas de los otros.

Esa dictadura, que muchas veces emana del resentimiento o el oportunismo —en fin, todas las dictaduras emanan del resentimiento y el oportunismo— puede aplastar la posibilidad de disentir, de hacer humor, de caricaturizar, de formular planteamientos que son tan válidos como los de cualquiera, y que no deben silenciarse.

Afortunamente, la trivialización del boicot es un campo minado en que se están metiendo los que pretenden utilizarlo ya por cualquier cosa. Llega un momento en que la gente se hastía, deja de hacerles caso, y un fracaso tras otro termina por desinflar esa táctica.

Aparte de que un boicot siempre se presta a los tejemanejes del sistema de “libre mercado”. Como decir: “me boicoteas esta marca, y recomiendas que usen esta otra”. Eso a cambio de auspicios o beneficios innombrables, ¿es o no? Para mí es la patriotería al servicio del capital.

Hace cuatro años, sufrí en carne propia el boicot del muy venerable Senado Académico del recinto de Cayey de la UPR. Después del preámbulo de rigor, en el que gastaron papel, tinta y horas de intenso conciliábulo, redactaron el siguiente documento:

“El Senado Académico, en una reunión ordinaria del jueves 17 de noviembre de 2016, tuvo ante su consideración una moción para enmendar la Certificación número 69, que contiene la lista de nombres en orden prioritario de los candidatos para dictar la Lección Magistral de los años académicos 2016-2017 y 2017-2018. Se explicó que la escritora Mayra Montero, a través de las columnas, ha estado devaluando y menospreciando las voces de aquellos que denuncian las injusticias, el discrimen, el racismo y tantos otros problemas que aquejan nuestra sociedad hoy en día.

Luego de la exposición de rigor, el Senado aprobó por unanimidad… eliminar a Mayra Montero de la lista de candidatos”.

Mi primera reacción fue de sorpresa. Ni siquiera sabía que había estado en una lista de candidatos. Era una sensación como la de haberse ganado la lotería y descubrir que había botado el billete. Mi segunda reacción fue de pesar, ¿de verdad que yo había devaluado y menospreciado tantas cosas?

Como la “fatwa” o sentencia islámica vencía en 2018, el año pasado cursé una carta al Senado Académico del recinto de Cayey, reclamándoles que me reincorporaran a la lista de candidatos prioritarios, ya que según la “Certificación 69”, mi condena había expirado. Me contestaron (nótese que contestaron) asegurando que lo discutirían. Pero he aquí que estamos a mediados de 2020 y sigo sin tener noticias.

La Lección Magistral se las puedo dar yo sobre lo que han denunciado esta semana 150 intelectuales, entre ellos Noam Chomsky, Gloria Steinem, Margaret Atwood, J.K. Rowling, Wynton Marsalis y Salman Rushdie, que en su momento también sufrió una “fatwa”. Puedo elaborar el tema de “la intolerancia hacia las perspectivas opuestas, la moda de la humillación pública y el ostracismo”, que son copiados aquí por la influencia casi hipnótica que ejerce la metrópoli.

Y a propósito de metrópoli, el viernes pasado surgía un boicot de habichuelas, convocado por el excongresista Luis Gutiérrez, boicot que enseguida acogieron unos cuantos iluminados locales. El país cayéndose, la jueza Laura Taylor Swain meditando, el COVID sumando contagiados, la sequía, el lago Carraízo, la temporada de huracanes a punto de entrar en meses fieros… y ellos escogiendo garbanzos.

¿Dónde vive Luis Gutiérrez, en qué lujosos remansos naufragaron sus fallidas promesas?

Vean las guerras con las que se entretienen.

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