Pedro Ortiz

Tribuna Invitada

Por Pedro Ortiz
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11 de junio: “Ya verás que no pasa nada”

Hace algunos días, Kenneth McClintock, expresidente del Senado y exsecretario de Estado, advirtió que aparte de los resultados de la votación en sí, el próximo plebiscito puede marcar “cambios importantes internos en Puerto Rico”, de la misma forma en que el de 1967 sirvió de antesala para que por décadas dos partidos se alternaran en el poder. Tomo ese comentario para añadirle lo que después he pensado, sin que se entienda que le atribuyo el planteamiento mío.

Ahora bien, el detalle es que una consulta electoral sobre el status político puede tener efectos colaterales en el devenir político y social sin que necesariamente eso se traduzca en un cambio en la situación colonial. Por eso, si bien es importante que cada cual defienda su preferencia —desde votar por una u otra alternativa hasta la propuesta de boicot— y que lo haga con todo el compromiso honesto y firmeza, me parece mucho más importante que todos le prestemos alguna atención a los efectos que la consulta misma tendrá en el País.

Un plebiscito sirve de evento en el que se note a simple vista lo que ha cambiado ya, la ruta que está tomando el pueblo, cosas que de ordinario no aparecen documentadas en los medios de comunicación social.

En mi trabajo de acompañamiento a grupos sociales y de comunidad, lo que he observado es que mucha gente, por no decir “una mayoría”, no tiene el plebiscito en el radar. Tal parece que, realmente, a la gente no le interesa. Eso no quiere decir que no vayan a votar. Esto, independiente de si van a votar o no.

Considero que muchos no parecen interesados en hacerlo. Pero además, en eso que estoy viendo, no se trata de un desinterés tranquilo y sosegado. Lo que se ve es mucho resentimiento, mucha molestia, un silencio que no es el de aquel que no tiene nada que decir, sino el silencio peligroso de quien no quiere decir, del que calla lo que lleva adentro.

En la medida en que el plebiscito es una provocación, es decir, que intenta provocar una manifestación del pueblo, muy bien podemos encontrarnos con una respuesta que la sociedad política no esté en condiciones de manejar.

Por ejemplo, me pregunto cuánta conciencia hay de que, en 1952, la Constitución fue ratificada con apenas el 32 por ciento del voto de los electores inscritos. Por supuesto, en aquella ocasión no había un llamado al boicot de parte de toda la oposición.

De igual forma, si bien la preferencia por la estadidad subió de 39 por ciento en 1967 a 46 por ciento en 1993 y 1998, en el plebiscito de 2012 se notó que había comenzado a bajar. Esto es para pensar. Todo eso es fuente posible de tensiones.

A eso hay que sumarle cuánto alteran el ánimo del pueblo la crisis económica y las medidas de la “Junta de Control Fiscal Dictatorial”.

Eso plantea que hace falta, con apenas días para hacer algo, una disposición de trabajadores sociales, psicólogos, líderes comunitarios y grupos de la sociedad civil, para estar listos a atender lo que bien pudieran ser “manifestaciones de inestabilidad” que salten a la superficie debido al evento electoral. Pero tampoco he visto eso como una preocupación que esté motivando preparativos.

En Puerto Rico, tal parece que la creencia general es que aquí el río de la historia nunca bajará como un torrente crecido, que no ocurrirán eventos en momentos inesperados y que, por lo tanto, no hay por qué perder el tiempo preparándose para atender una emergencia social.

“Ya verás que no pasa nada”, dice la voz de la imprudencia.

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