Ana Teresa Toro

Punto de Vista

Por Ana Teresa Toro
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32 de enero

El calendario lo llevamos en el cuerpo, por más que haya un sistema operando que nos dice que los lunes son lunes, que 365 días hacen un año y que en 40 semanas se completa un embarazo. El cuerpo, inevitablemente en sintonía con su entorno, siempre sabe más que eso. Por ello, lamento advertir que el sábado —aunque en la agenda diga que era 1 de febrero de 2020, aunque alrededor de toda la isla hubo eventos para despedir el mes de enero, aunque insistamos en creer que el mes de prueba del año 2020 fue tan terrible que podemos devolverlo y queramos despertarnos en el espíritu de borrón y cuenta nueva ante la llegada de un nuevo mes— la realidad es que, si le hiciéramos caso a la sabiduría ancestral del cuerpo sobre el tiempo, reconoceríamos que vivimos un 32 de enero. 

No es una primicia, ni una gran novedad. El tiempo es elástico. Se expande cuando más queremos que avance y parece durar segundos cuando queremos hacer eterno un goce, un estado de plenitud. En el 2017 tuvimos una Navidad triste, a oscuras, aún en shock tras la devastación que dejó María y el desastre político que comenzaba a manifestarse más allá de lo que imaginamos posible. En el 2018 veníamos arrastrando los pies, con una economía doblemente golpeada por la quiebra y por la lentitud de una recuperación que no recuperaba a nadie. Sacamos fuerzas de algún recoveco dormido de este cuerpo social que somos y vivimos el Verano del 19, expulsando del poder a un gobernante y ocupando las calles masivamente como hace décadas no sucedía. 

Y entonces llegó la Navidad del 2019 y la tierra empezó a temblar y no hicimos otra cosa que aprender un nuevo vocabulario para el miedo y cayó un meteorito del cielo y luego basura espacial y encontramos una vez más evidencia de la negligencia criminal del estado y como locos hicimos mochilas y escuchamos a Molinelli con devoción y bajamos las aplicaciones que documentan terremotos y temblamos cada vez que suenan sus alertas. Fuimos en caravanas a los pueblos del sur a ayudar y regresamos a nuestras casas con el agotamiento del peleador que coge golpes y golpes y ya ni siente el dolor. Y entonces nos peleamos por salir o no a marchar, por celebrar o no las Fiestas de la Calle San Sebastián y cuando queríamos pausar para procesar el miedo que se ha instalado entre nosotros, se inundaron los refugios y nos llegaron noticias nuevas de otros sismos en las Antillas y todos los días escuchamos acerca de la expansión de un nuevo virus mortal. Y todo esto sin contar  las tragedias íntimas, las personas que han perdido la vida trágicamente a consecuencia de estos eventos y las familias que han quedado detrás, los que se han ido, los que se han quedado, los que no podían creer cuando abrían la agenda que a este mes le quedaba una semana más. El tiempo se ha expandido porque ha sido un mes amargo, un preámbulo ante la urgencia del cambio estructural que necesita este país. 

Estamos cansados. Individual y colectivamente exhaustos. En verano se escuchaba el estribillo “Somos más y no tenemos miedo”, y ahora, sí, seguimos siendo más pero hay agotamiento y hay miedo y para cualquier estado esas son dos fuerzas altamente capitalizables. Hay que tener mucho cuidado, hay que poner el oído en tierra, aunque tiemble y nos aterre. 

Si no tuviera una barrigota de ocho meses de embarazo probablemente habría ido a alguno de los eventos de despedida de enero. Es así porque, aunque todo lo anterior esté sucediendo, la capacidad de este país para defender la alegría es una fortaleza que puede servirnos no solo para el bienestar individual y social, sino para la evolución y la salud de nuestra cultura ciudadana y democrática. Podemos cuestionar que en la isla exista tal cosa como una democracia, más ahora que nunca, con la Junta Fiscal. Lo que no podemos decir es que no existe una conciencia democrática ciudadana. Sobre todo porque estos golpes nos han traído también el despertar de conciencia de que el país nos pertenece, y si el gobierno se comporta como si estorbase, bien que nos sabemos gobernar.

Hubo 32 de enero porque los problemas no se acaban, no se esfuman con el cambio de mes y no hay manera de sacarnos sus marcas del cuerpo. Pero el 32 de enero y siempre, defendamos ese “arte de bregar” tan puertorriqueño que ya no es el del cordero dócil que brega porque aguanta, sino el de un cuerpo social que está de pie y se sabe mandar

Además, no hay que tener prisa. Este año febrero tendrá 29 días. 


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