Jorge Rivera

Punto de vista

Por Jorge Rivera
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#725, el vuelo de la supervivencia

Estamos en la lista de espera para el abordaje a nuestra triste realidad, en este vuelo de ida del salario mínimo de $7.25. En el ciclo de salir del estancamiento, no se visualiza la luz al final del túnel. Este boleto para el trabajo fomenta una rueda en movimiento donde pasan las maletas de la esperanza, las metas, los deseos y los sacrificios por el cintillo de nuestra vida. En cada parada hacia nuestro abordaje laboral, se detiene cada persona en el camino a revisar las credenciales, experiencias previas, disponibilidad de turnos y la lista de tareas interminables mayores a los beneficios marginales. Al aceptar el reto de abordar en este vuelo de carga pesada, notamos en el camino mucha turbulencia en la travesía. 

Desde tener un bachillerato sin reciprocidad económica y un empleo subvaluado, a tener más exigencias que beneficios, menor calidad de vida y menor tiempo con la familia, la preocupación es constante. Desconocemos si llegaremos seguros a un destino, ni tan siquiera que alcance para pedir un cambio de vida a mitad de camino, porque la permanencia llega cada vez más tarde. El seguro médico tampoco es efectivo para monitorear la salud, aumentar la productividad o cobijar a la familia para asegurarle un bienestar colectivo. 

Lo que pagan no es suficiente para completar para un 401K y tal vez decidir retirarse más temprano y no ser una carga para el gobierno. Los días de vacaciones para compartir en familia cada vez son menos y no concuerdan con el otro trabajo que se debe tener a medio tiempo, para poder completar las obligaciones financieras. El alto pago de la luz alto no ayuda a conciliar el sueño reparador para poder tener una mejor jornada laboral con rendimiento. El enfermarse es un castigo y el ser padre no te permite desarrollar el mayor apego con tu hijo, porque en Puerto Rico no existe, en su mayoría, la licencia por paternidad. 

Las necesidades básicas apenas se pueden cubrir con dignidad, porque entre la agonía y la muerte el salario mínimo es un viacrucis. En vez de dar felicidad, al ver el talonario la melancolía nos arropa, ante el costo de vida, los impuestos retenidos y los beneficios mermados.

Hay que ser un malabarista de la economía. Pagar el agua una quincena y la otra abonar a la luz. Fragmentar los medicamentos para cuadrar la caja. Pagar el carro un mes sí, el otro no. El hacer tiempo extra muchas veces se sustituye por tiempo compensatorio, un ejemplo de esclavitud moderna que margina a la clase trabajadora.

Estas son algunas de las historias de nuestros compueblanos en este vuelo de 725. Muchos no saben si parar en otro destino, porque al mirar por la ventana, les duele dejar atrás su legado y emprender un nuevo camino que les permita liberarse de las cadenas de nuestro lamento borincano. Una vivienda a precios accesibles y unos servicios públicos que no aprieten la cartera nos brindarán esperanza, así como un aumento del salario mínimo, que sería un gran paso en la dirección de la movilidad social y económica de nuestro país. 

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