Víctor García San Inocencio

Tribuna Invitada

Por Víctor García San Inocencio
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Abrir los ojos

Llegó la encuesta y después las elecciones. Uno, dos y tres. Ojalá fuese así de sencillo. Que la democracia fuese votar cada cuatro años y ya. Nada de complicaciones, instantáneo como el café y para adelante es que vamos.

Las encuestas deberían ser parte de un poderoso repertorio perteneciente a y al servicio de los ciudadanos que, junto a otras herramientas para pulsar o medir la opinión, se sumasen para hacer carne de realidad la participación ciudadana, la transparencia y la rendición continua de cuentas por parte de los que reciben el consentimiento de los electores para ocupar cargos.

Hay muchas claves. Como la participación de la gente, que no se limita, reitero, al rito de votar cada cuatrienio. Porque hay que subrayar que los electos —hayan sido favorecidos o no en las encuestas— ocupan cargos a nombre de todos. Añado que estos funcionarios tienen que informar, rendir cuentas y exponerse al escrutinio del pueblo, de manera constante y sin jugar al esconder, o peor, jugar a la baboseada continua, o a evadir responsabilidades con el pueblo. Usted lector o seguidor de las encuestas es parte de ese pueblo. A usted, hay que rendir cuentas, sin fantaseos, ni teatros.

Cuando el ciudadano agudiza su inteligencia electoral, participativa, cívica, con las encuestas, las discusiones formativas de altura —no los “infomertials” que llaman análisis, que son simplemente cabildeos para intereses— las lecturas de contenido; entonces tiene mucho sentido encuestar. Pues, a quien se pregunta es a ciudadanos hechos y derechos, conscientes, informados, bien educados y formados, por una buena escuela, por una prensa inquisitiva, y entonces lo que esa muestra dice preferir, lo afirma con fundamentos, no a lo papagayo. Contesta una persona pensante, que utiliza la razón; que no ve las elecciones como una carrera de caballos; ni como una ferretería llena de cuchillos, machetes y hachas que amolar. Contesta un representante de muchos ciudadanos.

Hay muchos ejemplos de situaciones que provocan que las encuestas, y su proliferación en competencias, se tomen con pinzas. De hecho, en muchos países la legislación pre electoral las limita; autoriza a indagar sobre cómo se hacen; y a indagar sobre manos extrañas que intervengan.

Quizás, a pesar de las complicaciones y problemas descritos —que son de la aspiración democrática, y no del examen estadístico de opiniones— el peligro mayor del encuestamiento, aparte del sobre-encuestamiento, es que el ciudadano común se sienta que no puede hacer nada frente a esos números a veces apabullantes, o que, haya incluso candidatos o partidos que se crean el cuento de que los procesos políticos son de casino y garito, y que lo que importa es ganar la apuesta, aunque no se sepa quién y para qué gana, qué gana, ni lo que vaya a hacerse.

Aconsejo a los electores que traten de borrar la pizarra de los prejuicios —todos los tenemos— que se olviden de las musiquitas y los cuentos chinos; y que miren estas encuestas tempranas como una llamada a abrir los ojos, a aguzar los sentidos y la sensibilidad política, para ponerse a evaluar quién es quién; qué ha hecho, a cuáles intereses sirve; qué es lo que busca, qué quiere. Que las encuestas sean como campanazos y recordatorios que votar y el voto solo les pertenece a los electores, para ejercerlo concienzudamente. Sí, para ejercerlos pasando trabajo.

Observando a los tiburones, buitres, rémoras, linces y lobos. A no dejar de pensar en el presente y futuro y en el derecho a decidir informadamente y a elegir a quienes “gobiernan”. De paso, preguntarse si los electos gobernarán o si será la Junta de Supervisión Fiscal o el Congreso. Y si esto es cierto, dedicarse ese elector a buscar quiénes de los que correrán estarán defendiéndote —no de la boca para afuera— frente a quienes te niegan la democracia… se me olvidaba, de frente al colonialismo, al Congreso y la mentada Junta. Movilízate, exige y hazte sentir para que te cuenten y para que no te cuenten.

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