Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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¡Abstención!

Una de las primeras lecciones sobre el ejercicio del voto la recibí de mi padre. Para él, hombre inteligente, aquello era un ejercicio de tolerancia táctica y estrategia ideológica.

Mi padre era republicano —de los de Barbosa— y en las elecciones de 1932 votó por Albizu Campos. Aquel joven mulato graduado de Harvard, recién llegado al pantanal de la política puertorriqueña, ¡era anticolonialista! Ya más adelante mi padre cerró filas con la Coalición y se inició en una desconfianza cósmica respecto del Partido Liberal primero y los Populares después.

Mientras tanto, Albizu Campos abandonó su empeño de ir a elecciones coloniales y fundamentó las ejecutorias del Nacionalismo sobre la premisa de que la democracia está negada, “ipso facto”, por la colonia.

En mi juventud el Movimiento Pro Independencia (MPI) siguió este curso político del Nacionalismo para más adelante transformarlo. El MPI dejó de ser movimiento para convertirse en Partido Socialista Puertorriqueño.

Como partido electoral corrió la misma suerte que el Partido Independentista: escasos votantes, el síndrome de los muchos jefes y pocos indios de que hablaba Gordon Lewis. Y la“opiniocracia” colonialista bajo el Estado Libre Asociado —la “gobernanza” de las columnas de opiniones— ha sido tan perfecta que ahora hay cuatro partidos inscritos y dos candidatos independientes a la gobernación.

El bipartidismo inconsecuente se ha convertido en multipartidismo irreflexivo. La Junta de Control Fiscal, que casi nos ha devuelto a la colonia clásica, escamoteándonos el efectivo y real gobierno propio logrado a partir del segundo lustro de los años cuarenta, parece no ser impedimento para que casi todos los puertorriqueños deseen fervorosamente ir a votar el día 8 de noviembre.

¡Menos yo! Y ello así más por razones metafísicas que políticas. Desde que Carlos Romero Barceló puso a votar a los presos, comencé a tener dudas. Si la ejemplaridad en la convivencia ciudadana no es parte del derecho al voto, éste se convierte en manipulación de los partidos políticos.

Castro Font, por ejemplo, seguramente hubiese votado penepé en las pasadas elecciones de no haber estado en chirola federal. Si los presos votan por el mejor postor, según las defectuosas entendederas de Ñetas y Monacillos, entonces hay que ponerlos a decidir elecciones, la solución al tranque político del país. Los presos casi siempre viven en el presente; la calle, que es como un presente en esteroides, los llevó ahí.

¿Por qué no votan los niños? ¿Por qué no votan los adolescentes a los quince años? No es por los barros sino porque no tienen pasado, ¡eso! Los niños y adolescentes no tienen pasado, ergo, no tienen Historia, por lo tanto no saben quienes fueron Barbosa, Albizu o Muñoz, buena razón para negarles el voto. Deben informarse con su clase de Historia de Puerto Rico para entonces poder votar a los dieciocho años.

Ahora, con el clamor de cambiar los libros de Historia porque el Estado Libre Asociado jamás ocurrió —borrar de las fotos a Trotsky y a Camilo fueron obsesiones del revisionismo autoritario de Stalin y Fidel—, tendrán todavía menos pasado, una Historia de Puerto Rico aún más confusa e incapacitante. De hecho, no deben votar a menos que aprueben un examen oral sobre quiénes fueron Muñoz, Albizu y Barbosa.

¿Y los viejos? Ya no tenemos horizonte y somos los primeros en acudir a las urnas, al amanecer. Los viejos tenemos exceso de equipaje. Hemos vivido el pantanal, el Manicomio, el Circo de nuestra política por demasiados años, yo desde que cumplí veintiún años y participé en el Plebiscito de 1967. Son muchos años de la misma gente y la misma M(majadería).

Además, a los viejos nos falta porvenir, futuro. Vamos a decir que en un Plebiscito vote por la Independencia. Sería irresponsable dejarle a los puertorriqueños jóvenes aquello que Don Juan Antonio Corretjer llamaba “el futuro sin falla”.

Soy agnóstico, me irritó que los viejos de Inglaterra votaran por el Brexit y los jóvenes votaran, sabiamente, por permanecer en la Unión Europea. Después de los setenta habría que reconsiderar el voto; los viejos somos sentimentales y fieles a los partidos y esposas porque no nos cuesta otro remedio. Debe votar la gente con porvenir, no la que tiene como futuro un camarote bajo tierra.

Si los niños no deben votar, los viejos somos obstinados y voluntariosos, cascarrabias, en realidad impensables para el diálogo platónico. Los presos solo saben de asegurarse las dos chuletas y defender el supremo derecho a fumar y extorsionar mediante sus celulares.

El resto de la población, gente entre los veinte y uno y setenta, sin planes de mudarse a Orlando, y con libertad extramuros, quedarían aptos para ser padres y llegar a ser abuelos, decidir el futuro de los próximos cuatro años y el porvenir de la patria.

Es la población en edad productiva y reproductiva, en la gestación de un futuro sin falla y sin WIC o el PAN. La paternidad irresponsable a los setenta y cinco como consecuencia de la Viagra también debería invalidar el voto.

En un Plebiscito, ¿coincidirán los jóvenes con los viejos? No sé; la última generación ideológica fue la mía. Los más jóvenes siempre estuvieron más pendientes de las becas Pell y Orlando.

¿Deben votar los puertorriqueños de los Estados Unidos, la mentada “diáspora” en un Plebiscito sobre el Estatus? Esos ya están resueltos con la Estadidad que viven. Pero, entonces, aquellos desearían asegurarse de que la familia no quedaría dividida por pasaportes o ciudadanías diferentes. De nuevo, la ausencia de horizonte; estoy muy viejo, que escojan los que tienen el tiempo, el mío ya casi se ha cumplido.

Cuando pienso así, casi siempre me rectifico, aunque no inmediatamente: A pesar de la Junta de Control Fiscal y el neocolonialismo que ha invalidado nuestro gobierno propio, ello a causa de nuestra irresponsabilidad fiscal, la democracia puertorriqueña es superior a la venezolana, la cubana o la nicaragüense, la rusa, todas ellas transitadas por el autoritarismo o la flagrante dictadura, la del proletariado o la del cacique, el jefe o el benefactor.

Tampoco es la plutocracia descarada USA. Pensándolo bien, o quizás por costumbre, debemos votar, y no por ningún candidato en particular sino por la democracia misma, que nunca supimos muy bien lo que es, pero que intuimos como parte de nuestro libre albedrío, nuestra libertad existencial —o la bien luchada, que cuesta tanto—, la oportunidad de finalmente poder escoger, lo que sea, ¿no?

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